Ellacuría, el enemigo

 

JAIME BARBA

REGIÓN Centro de Investigaciones

 

El asesinato de Ignacio Ellacuría, en 1989, mostró el tipo de análisis político que hacían los militares salvadoreños de aquel momento. Porque es a partir de un examen del ‘personaje’ Ellacuría que este se convirtió en el enemigo. ¿Cómo se llegó a eso?

     En realidad, es sencillo de explicar: desde mediados de la década de 1960 toda posición disidente a la oficial fue signada como el ‘enemigo comunista’. Basta hojear la Revista de la Escuela de Comando y Estado Mayor Manuel Enrique Araujo, entre otras publicaciones, para darse cuenta cómo se fue construyendo ese pensamiento contrainsurgente.

     Ignacio Ellacuría, a quien siempre hay que situar en el escenario particular de la comunidad jesuita centroamericana, no es que fuese, como se ha hecho creer, un opositor, por ejemplo, a los gobiernos militares de la década de 1970. Tan no lo era, que cuando se habló, en 1973, desde Casa Presidencial, del Programa de Transformación Agraria, Ellacuría y su equipo de trabajo vieron una oportunidad para que el país no derrapara por el sangriento camino de la confrontación político-militar, que ya estaba en sus inicios. Ahí se encuentran en su archivo personal los papeles del Seminario de Reforma Agraria que coordinó en 1973 y los números de la emblemática revista Estudios Centroamericanos (o ECA), uno de los instrumentos clave de Ellacuría, y de la universidad jesuita de San Salvador, para incidir sobre la realidad nacional.

     Su decepción frente a la incapacidad o a la falsa voluntad política del gobierno militar, encabezado por Arturo Armando Molina, para llevar a cabo el tímido intento de transformación agraria, la decantó en un memorable editorial de ECA que tituló «A sus órdenes, mi capital».

      El año 1979 tiene un significado especial para el país y también para Ignacio Ellacuría. Al seguir sus artículos, ese año, en ECA, sus exposiciones en las clases universitarias, sus textos para la radio YSAX (de la Iglesia), y sus intervenciones en otros espacios era claro que Ellacuría constituía ya un interlocutor relevante para los problemas nacionales.

     Entonces llegó el golpe de Estado del 15 de octubre de 1979, e Ignacio Ellacuría se encontró en medio de esa trama. No como el promotor y el activador del golpe, como ha sugerido de forma mal intencionada Inocente Montano, el ex militar que en este momento es juzgado en España. No, su papel es claro que fue de consejero en los temas urgentes del país. Los implicados en el golpe de Estado que lo buscaron sabían que la discusión con Ellacuría y el conocer las dudas que el hecho le provocaban constituían elementos importantes para discernir.

      La tentativa golpista, casi en el arranque fue cooptada por intereses espurios, y abortada a finales de diciembre de 1979. Ellacuría, en artículos esclarecedores, da cuenta de esto.

     Pero Ellacuría-el enemigo adquiere fuerza para los aparatos de la inteligencia militar cuando la guerra se generalizó a partir de enero de 1981.

     De nuevo, Ellacuría intentó buscar un camino propio de intervención en los asuntos del país y desde ese corredor intelectual beligerante en el que convirtió a la universidad jesuita, pudo tender puentes, formular hipótesis y enarbolar razones para la paz de El Salvador. Y eso implicaba moverse en muchas direcciones y escuchar muchas voces e intervenir en discusiones de diverso tipo.

     Lo seguían, lo monitoreaban, y pululaban dentro del campus la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, de la que era rector, personajes-topo recabando información, con la intención, según ellos, de atar cabos; aunque, en realidad, inventándolos. Por supuesto, no lo leían, porque de hacerlo, jamás se les hubiera ocurrido creer que Ellacuría era el enemigo.

     Y si acaso leyeron —con el fin de ‘atraparlo con las manos en la masa’— ‘Fmln, el límite insuperable’ (1985) o ‘Filosofía, ¿para qué?’ (1976) o ‘Utopía y profetismo desde América Latina. Un ensayo concreto de soteriología histórica’ (1989) o ‘Ideología e inteligencia (1982) o ‘Biología e inteligencia’ (1979) o ‘Conversión de la Iglesia al Reino de Dios para anunciarlo y realizarlo en la historia’ (1985) o ‘Principalidad de la esencia en Xavier Zubiri’ (1965), de verdad, ¿habrán captado algo? Porque ya se sabe que los organismos de inteligencia, de antes y de ahora, son especialistas en integrar para sus filas a muchas obtusas nulidades impresentables.

     Han pasado 31 años desde los asesinatos de Ignacio Ellacuría y de sus compañeros y colaboradoras, y con el juicio a Inocente Montano, integrante de la máxima cadena de mando militar en aquel entonces en el país, se abre la oportunidad de desmontar el silencio de ultratumba y la complicidad que ha protegido, hasta ahora, a los autores intelectuales de estos asesinatos.

    

10 julio 2020

    

 

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