¿Qué debe hacerse para salvar al país de la bancarrota económica? Con Dios o con el Diablo

ALFONSO ROCHAC, MAX. P BRANNON, RAÚL GAMERO

 

La situación política del país tiende cada día a complicarse en razón de que el Gobierno no observa una conducta ordenada y circunspecta. Como que hubiera el empeño deliberado de llevar al país al más absoluto desorden.

     Gastados los últimos recursos proporcionados por los bancos, es hora de preguntar, ¿qué hará el Gobierno para cumplir sus obligaciones? Es casi imposible que los bancos puedan y quieran seguir prestando sin comprometer su sanidad. Habrá, es cierto, un banquero que tenga impudor de ofrecer más dinero, pero ya se ha visto que esta es una industria para enmendar una situación personal muy quebrantada. Los otros banqueros se oponen a nuevas operaciones de préstamo y con muy justa razón. 

     En New York es imposible obtener ayuda. Wall Street no ofrece dinero sin antes tener garantía de un presupuesto nivelado y de una Hacienda Pública ordenada, donde haya una cabeza que dirija técnicamente las finanzas. Cuba ha podido lograr una ayuda en Estados Unidos de casi 100 millones de dólares a pesar de la guerra civil, únicamente porque logró NIVELAR el presupuesto de gastos. 

     Seguramente los banqueros de nuestro empréstito de 1922 no están en posibilidad de hacer ningún arreglo con el Gobierno sino es a base de palpar la disciplina que falta. En esta condición ¿Que hará el Gobierno del señor Araujo? Frente a este embarazo hay caminos de sacrificio o locas soluciones que por el momento aliviarán la situación, pero que sin duda alguna vendrán a empeorar el caso; es decir, quedan dos caminos: entregarse a Dios o decidirse con el Diablo.

     Entregarse a Dios sería reorganizar la Hacienda Pública: a) cambiando el alto comando de la Secretaría de Hacienda, llevando allí a una persona de luces, de experiencia y capaz de implantar la disciplina; b) nivelando el presupuesto; c) reclutando el nuevo Congreso entre personas de responsabilidad, buen juicio y patriotismo, aunque no estén fichadas en la política laborista.

     Entregarse al Diablo sería tomar un camino contrario a cualquiera de estas soluciones: a) sacar por la fuerza el dinero a los bancos a costa de disminuir el respaldo de los billetes, cayendo fatalmente en la inflación, vale decir, en el papel moneda; b) suprimiendo el servicio de la deuda externa.

     Estas dos opciones ya han sido insinuadas al Gobierno por el grupo de deshonestos en que se han agrupado los peores hijos de El Salvador. Hace poco decía uno de ellos que el empeño de los señores Duke y Guirola, especialmente el primero, era no dar dinero, el empeño del Gobierno debía ser, SACARLE LOS BILLETES A LOS BANQUEROS, por medio de préstamos, aún con la rebaja del respaldo metálico, porque en última instancia el valor de la moneda fiduciaria estaba en la confianza que inspira la institución emisora particular o el Gobierno.

     El otro procedimiento de suspender el servicio del Empréstito ha sido propuesto cínicamente en el semanario Defensa Nacional. Los efectos perniciosos de la adopción de esta solución a la otra no se escapan al criterio del más lerdo para entrar a detallarlos. Si como estamos ahora la postura económica de El Salvador es difícil, adoptando el billete sin respaldo o la moratoria en el servicio de la deuda, resultaría imposible. 

     Las inflaciones y las moratorias son los recursos finales antes de morir; son como los paroxismos del individuo que ha entrado en agonía. Y nuestro pobre país está en agonía.

     En este caso, ¿qué debe hacer la gente de honor? ¿Debe quedarse esperando que la Divina Providencia nos salve? ¿Debe declararse en derrota? Lo justo será organizarse en un frente defensivo. Si antes se pensaba hacer invasiones por las fronteras, en los cuartelazos y las medidas violentas, lo mejor será establecer un entendimiento entre todos los que se dan cuenta de estas dificultades para llamar al orden al Gobierno y exigirle una rectificación.

     Si no se toma un paso de estos, la responsabilidad más tarde será, no solo del gobernante y los colaboradores ineptos sino también de los que dejaron de hacer, de exigir y de reclamar. Esta es la cuestión. Pensemos ya en lograr ese entendimiento.

     Tenemos esperanza de que aún queda en el corazón del gobernante un poquito de amor para nuestro país para atender un consejo, para oír una legítima existencia. Y aún es tiempo de hacerlo. Si tardamos un poco, acaso ocurramos tarde.

Nota de la redacción. La publicación de este artículo fue prohibida por la Censura de Prensa del gobierno caído. En los originales hay una razón que dice: «No se publique» y la rúbrica del censor. Aparece también un sello que dice Censor de Prensa-San Salvador. 

Patria, Año IV, No. 1078. jueves 10 de diciembre, San Salvador, 1931, pp. 10-11. [‘Vivir’, revista diaria, Año I, No. 168]

 

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