Las responsabilidades de la historia

 

Fernand Braudel

 

Señor administrador,

Queridos colegas,

Señoras y señores:

 

La historia se encuentra, hoy, ante responsabilidades temibles, pero al mismo tiempo exaltantes. Sin duda, porque siempre ha dependido, en su ser y en sus transformaciones, de condiciones sociales concretas. «La historia es hija de su tiempo.» Su preocupación es, pues, la misma que pesa sobre nuestros corazones y nuestros espíritus. Y si sus métodos, sus programas, sus respuestas ayer más rigurosas y más seguras, y sus conceptos fallan todos a la vez, es bajo el peso de nuestras reflexiones, de nuestro trabajo, y, más aún, de nuestras experiencias vividas. Ahora bien, estas, en el curso de los últimos cuarenta años, han sido particularmente crueles para todos los hombres; nos han lanzado con violencia hacia lo más profundo de nosotros mismos y, allende, hacia el destino del conjunto de los hombres, es decir, hacia los problemas cruciales de la historia. Ocasión esta para apiadarnos, sufrir, pensar, volver a poner todo forzosamente, en tela de juicio. Además, ¿por qué habría de escapar el arte frágil de escribir historia a la crisis general de nuestra época? Abandonamos un mundo —¿cabe decir el mundo del primer siglo XX?— sin haber tenido siempre tiempo de conocer y hasta de apreciar sus ventajas y su errores, sus certidumbres y sus sueños. Le dejamos o, mejor dicho, se evade inexorablemente ante nuestros ojos.

 

1

Las grandes catástrofes no son necesariamente los artífices, pero sí, con toda seguridad, los pregoneros infalibles de revoluciones reales; en todo caso, constituyen siempre una incitación a pensar, o más bien a replantearse, el universo. De la tormenta de la gran Revolución francesa, que, durante años, ha constituido toda la historia dramática del mundo, nace la meditación del conde de Saint-Simon, y, más tarde, las de sus discípulos enemigos, Augusto Comte, Proudhon y Karl Marx, que no han cesado, desde entonces, de atormentar a los espíritus y a los razonamientos de los hombres. Pequeño ejemplo más cercano a nosotros, los franceses: durante el invierno que siguió a la guerra franco-alemana de 1870-1871, no hubo testigo más al amparo que Jacobo Burckhardt en su querida Universidad de Basilea. Y, no obstante, la inquietud le visita, una gran exigencia de gran historia le acosa. Dedica sus clases de aquel semestre a la Revolución francesa. Esta no constituye —declara en una profecía demasiado exacta— más que un primer acto, un alzar el telón, el instante inicial de un ciclo, de un siglo de revoluciones, llamado a tener larga vida. Siglo interminable, en verdad, y que marcará a la estrecha Europa y al mundo entero con trazos rojos. No obstante, Occidente iba a conocer una larga tregua entre 1871 y 1914. Pero es difícil calcular hasta qué punto estos años, relativamente apacibles, casi felices, iban progresivamente a restringir la ambición de la historia, como si nuestro oficio necesitara, sin fin, para mantenerse alerta, el sufrimiento y la inseguridad flagrante de los hombres.

     ¿Se me permitirá evocar la emoción con la que leí, en 1943, la última obra de Gastón Roupnel, Histoire et Destin, libro profético, alucinado, medio sumido en el sueño, pero alentando por una gran piedad hacia el «dolor de los humanos»? Más tarde, el gran autor me escribía: «Comencé [este libro] en los primeros días de julio de 1940. Acababa de presenciar en mi pueblo de Gevrey-Chambertin el paso por la carretera nacional de las oleadas del éxodo, del doloroso éxodo; las pobres gentes, los coches, las carretas, gente a pie, una lastimosa humanidad, la miseria de las carreteras, todo mezclado con tropas, con soldados sin armas… Ese inmenso pánico ¡eso era Francia!… En mi vejez, a los irremediables infortunios de la vida privada, venía a añadirse el sentimiento del infortunio público, nacional…». Pero, empujada por la desgracia, por las últimas meditaciones de Gastón Roupnel, la historia —la gran, la intrépida historia— reemprendía su marcha a toda vela, con Michelet de nuevo como dios: «me parece —escribía también Roupnel— el genio que llena la historia».

     Nuestra época es demasiado rica en catástrofes, en revoluciones, en imprevistos, en sorpresas. La realidad de lo social, la realidad fundamental del hombre, nos parece nueva; y, se quiera o no el viejo oficio de historiador no cesa de retoñar y de reflorecer en nuestras manos. Sí ¡qué de cambios! Todos o casi todos los símbolos sociales —y por algunos de ellos hubiéramos dado la vida antaño sin discutir demasiado— se han vaciado de contenido. Se trata de saber si nos será posible, no ya tan sólo vivir, sino vivir y pensar apaciblemente sin sus puntos de referencia, sin la luz de sus faros. Todos los conceptos intelectuales se han encorvado o roto. La ciencia sobre la que nosotros, profanos, nos apoyábamos, incluso sin ser conscientes de ello, la ciencia, refugio y nueva razón de vivir del siglo XIX, se ha transformado, de un día para otro, brutalmente para renacer en una vida diferente, prestigiosa pero inestable, siempre en movimiento pero inaccesible; y sin duda nunca más tendremos ya ni tiempo ni posibilidad de restablecer con ella un diálogo conveniente. Todas las ciencias sociales, incluida la historia, han evolucionado de manera análoga, menos espectacular pero no menos decisiva. Si estamos en un nuevo mundo, ¿por qué no una nueva historia?

     Por ello, evocaremos con ternura, y al mismo tiempo con algo de irreverencia, a nuestros maestros de ayer y de antes de ayer. ¡Qué nos sea perdonado! He aquí, el libro menudo de Charles Victor Langlois y de Charles Seignobos, esa Introduction aux études historiques, aparecida en 1897, sin alcance hoy pero hasta no hace mucho y durante largos años obra decisiva. Curioso punto de referencia. De este libro lejano, henchido de principios y de pequeñas recomendaciones, se puede inferir, sin demasiado esfuerzo, un retrato del historiador de principios de siglo. Imagínese un pintor, un paisajista. Ante él, árboles, casas, colinas, caminos, todo un paisaje apacible. De la misma manera se presentaba ante el historiador la realidad del pasado: una realidad verificada, desempolvada, reconstruida. De ese paisaje, nada debía escapar al pintor: ni esos matorrales, ni ese humo. No omitir nada; pero sí, algo: el pintor olvidará su propia persona porque el ideal sería suprimir al observador, como si hubiera que sorprender a la realidad sin asustarla, como si la historia tuviera que ser captada, fuera de nuestras reconstrucciones, en su estado naciente, por tanto, en bruto, como hechos puros. El observador es fuente de errores; contra él la crítica debe permanecer vigilante. «El instinto natural de un hombre en el agua —escribía muy en serio Charles Víctor Langlois— es hacer todo lo posible por ahogarse; aprender a nadar es adquirir el hábito de reprimir los movimientos espontáneos y de ejecutar otros. De la misma manera, el hábito de la crítica no es natural; exige ser inculcado y sólo se convierte en orgánico tras repetidos ejercicios. El trabajo histórico es un trabajo crítico por excelencia; cuando alguien se dedica a él sin haberse protegido previamente contra el instinto, se ahoga».

     No tenemos nada que oponer a la crítica de los documentos y materiales históricos. El espíritu histórico es básicamente crítico. Pero, más allá de prudencias evidentes, es también reconstrucción, como ha sabido decir con su aguda inteligencia Charles Seignobos en varias ocasiones. Pero ¿era suficiente, tras tantas precauciones, para preservar el impulso necesario de la historia?

     Cierto es que si nos remontáramos más en esta vuelta atrás, si nos dirigiéramos a muy grandes espíritus —como Cournot o Paul Lacombe, ambos precursores— o a muy grandes historiadores —un Michelet sobre todo, un Ranke, un Burckhardt o un Fustel de Coulanges— su genio impediría la ironía. No obstante, no es menos cierto que —a excepción quizá de Michelet, una vez más, el más grande de todos, en el que hay tantos relámpagos y premoniciones— sus respuestas no concordarían en absoluto con nuestras preguntas: historiadores de hoy, tenemos la sensación de pertenecer a otra edad, a otra aventura del espíritu. Nuestro oficio no nos parece ya esa empresa sosegada, firme, coronada en justicia, con primas concedidas únicamente al trabajo y a la paciencia. No nos deja la certidumbre de haber aprehendido el total de la materia histórica que, para rendirse ante nosotros, sólo esperaría ya nuestra escrupulosa valentía. Con toda seguridad, nada nos es más ajeno que la constatación del joven Ranke cuando, apostrofando con entusiasmo a Goethe, hablaba fervorosamente del «sólido terreno de la historia».

 

2

Difícil tarea —condenada de antemano— la de explicar en unas cuantas palabras lo que realmente ha cambiado en el campo de la historia y, sobre todo, cómo y por qué se ha operado este cambio. Multitud de detalles reclaman nuestra atención. Albert Thibaudet pretendía que las verdaderas conmociones son siempre sencillas en el plano de la inteligencia. ¿Dónde se sitúa, entonces, ese algo, esa eficaz innovación? Con certeza, no en la quiebra de la filosofía de la historia, preparada con mucha antelación y cuyas ambiciones y precipitadas conclusiones no aceptaba ya nadie incluso antes de principios de siglo. Tampoco en la bancarrota de una historia-ciencia, por lo demás apenas esbozada. En el pasado, se consideraba que no había más ciencia que aquella capaz de prever: tenía que ser profética o no ser. Hoy nos inclinaríamos a pensar que ninguna ciencia social, incluida la historia, es profética; por vía de consecuencia, de acuerdo con las antiguas reglas del juego, ninguna de ellas tendría derecho al hermoso título de ciencia. Además, sólo habría profecía —repárese bien en ello— en el caso de que se diera la continuidad de la historia, lo que los sociólogos, que no todos los historiadores, ponen violentamente en duda. Pero ¿para qué entablar discusión sobre el confuso nombre de ciencia y sobre todos los falsos problemas que de él derivan? Tanto vale sumirse en la controversia, más clásica pero más estéril aún, de la objetividad y de la subjetividad en la historia, de la que no nos libraremos mientras algunos filósofos, quizá por costumbre, se sigan complaciendo en la, mientras no se resuelvan a preguntarse si las ciencias más gloriosas de lo real no son, ellas también, objetivas y subjetivas a un tiempo. Nosotros, que nos resignaríamos sin esfuerzo a no creer en la obligación de la antítesis, aliviaríamos de buena gana nuestras habituales discusiones de método prescindiendo de este debate. El problema de la historia no se sitúa entre pintor y cuadro, ni siquiera —audacia que hubiera sido considerada excesiva— entre cuadro y paisaje, sino más bien en el paisaje mismo, en el corazón de la vida.

     La historia se nos presenta, al igual que la vida misma, como un espectáculo fugaz, móvil, formado por la trama de problemas intrincadamente mezclados y que puede revestir, sucesivamente, multitud de aspectos diversos y contradictorios. Esta vida compleja, ¿cómo abordarla y cómo fragmentarla a fin de aprehender algo? Numerosas tentativas podrían desalentarnos de antemano.

     No creemos ya, por tanto, en la explicación de la historia por éste u otro factor dominante. No hay historia unilateral. No la dominan en exclusiva ni el conflicto de las razas, cuyos choques y avenencias determinarían el pasado de los hombres; ni los poderosos ritmos económicos, factores de progreso o de caos; ni las constantes tensiones sociales; ni ese espiritualismo difuso de un Ranke por el que son sublimados, a su modo de ver, el individuo y la amplia historia general; ni el reino de la técnica; ni la presión demográfica, ese empuje vegetativo de consecuencias retardadas sobre la vida de las colectividades. El hombre es mucho más complejo.

     No obstante, estas tentativas de reducir lo múltiple a lo simple, o a lo prácticamente simple, han significado un enriquecimiento sin precedentes, desde hace más de un siglo, de nuestros estudios históricos. Nos han ido colocando progresivamente en la vía de la superación del individuo y del acontecimiento; superación prevista con mucha antelación, presentida, barruntada, pero que, en su plenitud, apenas si acaba de realizarse ante nosotros. Quizá radique ahí el paso decisivo que implica y resume todas las transformaciones. No quiere esto decir —sería pueril— que neguemos la realidad de los acontecimientos y la función desempeñada por los individuos. Habría, no obstante, que poner de relieve que el individuo constituye en la historia, demasiado a menudo, una abstracción. Jamás se da en la realidad viva un individuo encerrado en sí mismo; todas las aventuras individuales se basan en una realidad más compleja: una realidad «entrecruzada», como dice la sociología. El problema no reside en negar lo individual bajo pretexto de que es objeto de contingencias, sino de sobrepasarlo, en distinguirlo de las fuerzas diferentes de él, en reaccionar contra una historia arbitrariamente reducida a la función de los héroes quintaesenciados: no creemos en el culto de todos esos semidioses, o, dicho con mayor sencillez, nos oponemos a la orgullosa frase unilateral de Treitschke: «Los hombres hacen la historia.» No, la historia también hace a los hombres y modela su destino: la historia anónima, profunda y con frecuencia silenciosa, cuyo incierto pero inmenso campo se impone ahora abordar.

     La vida, la historia del mundo, todas las historias particulares se nos presentan bajo la forma de una serie de acontecimientos: entiéndase, de actos siempre dramáticos y breves. Una batalla, un encuentro de hombres de Estado, un importante discurso, una carta fundamental, son instantáneas de la historia. Conservo el recuerdo de una noche, cerca de Bahía, en que me encontré envuelto por un fuego de artificio de luciérnagas fosforescentes; sus pálidas luces resplandecían, se apagaban, refulgían de nuevo, sin por ello horadar la noche con verdaderas claridades. Igual ocurre con los acontecimientos: más allá de su resplandor, la oscuridad permanece victoriosa. Otro recuerdo me permitirá abreviar más aún mi razonamiento. Hace unos veinte años, en América, una película, anunciada con gran antelación, producía sensación sin igual. Se trataba nada menos —se anunciaba entonces—, que de la primera película auténtica sobre la Gran Guerra, convertida desde entonces, para nuestra desgracia, en Primera Guerra Mundial. Durante más de una hora pudimos revivir las horas oficiales del conflicto y asistir a cincuenta revistas militares, pasadas las unas por el rey Jorge V de Inglaterra, las otras por el rey de los belgas o por el rey de Italia, por el emperador de Alemania o por el presidente francés Raymond Poincaré. Se nos hizo asistir a la salida de las grandes conferencias diplomáticas y militares, a todo un desfile de personas ilustres pero olvidadas, que el ritmo entrecortado del cine de aquellos lejanos años convertía en todavía más fantasmagóricas e irreales. En cuanto a la verdadera guerra, estaba representada por tres o cuatro trucos y explosiones ficticias: un decorado.

     El ejemplo es sin duda abusivo, como todos los ejemplos a los que se confiere un poder de enseñanza. Confiésese, sin embargo, que, a menudo, la crónica, la historia tradicional, la historia-relato a la que tan aficionado era Ranke no nos ofrece del pasado y del sudor de los hombres más que imágenes tan frágiles como éstas. Fulgores, pero no claridad; hechos, pero sin humanidad. Adviértase que esta historia-relato pretende siempre contar «las cosas tal y como realmente acaecieron». Ranke creía profundamente en esta frase cuando la pronunció. En realidad, se presenta como una interpretación en cierta manera solapada, como una auténtica filosofía de la historia. Según ella, la vida de los hombres está determinada por accidentes dramáticos; por el juego de seres excepcionales que surgen en ella, dueños muchas veces de su destino y con más razón del nuestro. Y cuando se digna hablar de «historia general», piensa en definitiva en el entrecruzamiento de estos destinos excepcionales, puesto que es necesario que un héroe tenga en cuenta a otro héroe. Falaz ilusión, como todos sabemos. O digamos, para ser más justos, visión de un mundo demasiado limitado, familiar a fuerza de haber sido rastreado e inquirido, en el que el historiador se complace en medrar; un mundo, para colmo, arrancado de su contexto, en el que con la mejor intención cabría pensar que la historia es un juego monótono, siempre diferente pero siempre semejante, al igual que las mil combinaciones de las piezas de ajedrez: un juego que encausa situaciones siempre análogas, sentimientos eternamente iguales, bajo el imperativo de un eterno e implacable retorno de las cosas.

     Nuestra labor consiste precisamente en sobrepasar este primer margen de la historia. Hay que abordar, en sí mismas y para sí mismas, las realidades sociales. Entiendo por realidades sociales todas las formas amplias de la vida colectiva: las economías, las instituciones, las arquitecturas sociales y, por último (y sobre todo), las civilizaciones; realidades todas ellas que los historiadores de ayer no han, ciertamente, ignorado, pero que, salvo excepcionales precursores, han considerado con excesiva frecuencia como tela de fondo, dispuesta tan sólo para explicar —o como si se quisiera explicar— las obras de individuos excepcionales, en torno a quienes se mueve el historiador con soltura.

     Inmensos errores de perspectiva y de razonamiento, porque lo que se intenta concordar mediante este procedimiento e inscribir en un mismo marco son movimientos que no tienen ni la misma duración ni la misma dirección, integrándose los unos en el tiempo de los hombres, el de nuestra vida breve y fugaz, los otros en ese tiempo de las sociedades, para el que un día, un año no significan gran cosa, para el que a veces un siglo entero no representa más que un instante de la duración. Entendámonos: no existe un tiempo social de una sola y simple colada, sino un tiempo social susceptible de mil velocidades, de mil lentitudes, tiempo que no tiene prácticamente nada que ver con el tiempo periodístico de la crónica y de la historia tradicional. Creo, por tanto, en la realidad de una historia particularmente lenta de las civilizaciones, entendida en sus profundidades abismales, en sus rasgos estructurales y geográficos. Cierto, las civilizaciones son mortales en sus floreceres más exquisitos; cierto, resplandecen y después se apagan para volver a florecer bajo otras formas. Pero estas rupturas son más escasas, más espaciadas, de lo que se suele creer. Y, sobre todo, no lo destruyen todo por igual. Quiero decir que en un área determinada de civilización el contenido social puede renovarse por entero dos o tres veces sin por ello alcanzar ciertos rasgos profundos de estructura que permanecerán como poderosos distintivos de las otras civilizaciones vecinas. Existe también, por así decirlo, más lenta aún que la historia de las civilizaciones, casi inmóvil, una historia de los hombres en sus íntimas relaciones con la tierra que les soporta y les alimenta; es un diálogo que no cesa de repetirse, que se repite para durar, susceptible de cambiar —como en efecto cambia— en superficie, pero que prosigue, tenaz, como si se encontrara fuera del alcance y de las tarascadas del tiempo.

    

3

    Si no me equivoco, los historiadores empiezan a tomar conciencia, hoy, de una historia nueva, de una historia que pesa y cuyo tiempo no concuerda ya con nuestras antiguas medidas. Esta historia no se les ofrece como un fácil descubrimiento. Cada forma de historia implica, en efecto, una erudición que le corresponde. ¿Me será lícito decir que todos aquellos que se ocupan de destinos económicos, de estructuras sociales y de múltiples problemas —muchas veces de poco interés— de civilizaciones se encuentran frente a investigaciones en comparación con las cuales los trabajos de los eruditos más conocidos del siglo XVIII y hasta del XIX nos parecen de una asombrosa facilidad? No es posible una historia nueva sin la enorme puesta al día de una documentación que responda a estos problemas. Dudo incluso que el habitual trabajo artesanal del historiador esté a la medida de nuestras ambiciones actuales. A pesar del peligro que esto pueda representar y de las dificultades que la solución implica, no hay salvación fuera de los métodos de trabajo en equipo.

     Por tanto, hay todo un pasado a reconstruir. Interminables tareas se nos proponen y se nos imponen, incluso para las realidades más simples de estas vidas colectivas: me refiero a los ritmos económicos de corta duración de la coyuntura. Consideremos el caso de Florencia, objeto de una crisis bastante aguda de retroceso entre 1580 y 1585, crisis llamada a ahuecarse de prisa para después colmarse de una sola vez. Una serie de investigaciones realizadas en Florencia y sus alrededores lo pone de manifiesto a través de síntomas tan expresivos como las repatriaciones de comerciantes florentinos que dejaron entonces Francia y la Alta Alemania, abandonando a veces sus tiendas —hecho todavía más significativo— para comprarse tierras en Toscana. Esta crisis, tan clara en una primera auscultación, habría que diagnosticarla mejor, establecerla científicamente gracias a unas series coherentes de precios, lo que es aún trabajo local; pero se plantea inmediatamente la cuestión de saber si la crisis es toscana o general. Pronto la encontramos en Venecia, y en Ferrara es fácilmente detectable. Pero, ¿hasta dónde se hizo sentir su repentina herida? Es imposible precisar su naturaleza si no se conoce su área exacta. ¿Se impone, entonces, que el historiador emprenda un viaje hacia todos los depósitos de archivos de Europa para tratar de encontrar series ignoradas, por lo general, por la erudición?¡Interminable viaje!: pues todo le queda por hacer. Para colmo, si este historiador se preocupa por la India y China y considera que fue el Extremo Oriente quien determinó la circulación de los metales preciosos en el siglo XVI y, por consiguiente, el ritmo del total de la vida económica del mundo, advertirá que a estos años florentinos de dificultad corresponden, apenas desplazados en el tiempo, años de perturbaciones en Extremo Oriente en lo que al comercio de las especias y de la pimienta se refiere. Este cornercito pasa de las débiles manos portuguesas a las de los hábiles mercaderes moros, y, más allá de estos viejos habituados del Océano Indico y de la Sonda, a las de los caravaneros de la India, quedando, al final, absorbido el conjunto por el Alta Asia y China. La investigación acaba por su propio impulso, en este terreno tan simple, de dar la vuelta al mundo.

     Me dedico, precisamente, con algunos jóvenes historiadores, a estudiar la coyuntura general de siglo XVI y confío poder hablaros de ello un día no muy lejano. ¿Es necesario señalar, a este respecto, que también en este caso es el mundo en tero quien reclama nuestra atención? La coyuntura del siglo XVI no es solamente Venecia, Lisboa, Amberes o Sevilla, Lyon o Milán; es también la compleja economía del Báltico, los viejo ritmos del Mediterráneo, las importantes corrientes del Atlántico y las del Pacífico, las Ibéricas, los juncos chinos (y prescindo adrede de muchos otros elementos). Pero hay que insistí también en que la coyuntura del siglo xvi está igualmente constituida por el siglo XV y por el XVII; la determinan no sólo el movimiento de conjunto de los precios sino también el haz variado de estos precios y su comparación, acelerándose unos más que otros. Sin duda es verosímil que los precios del vino y de los bienes inmuebles precedieron en aquel entonces a todos los demás en su carrera regular. Se explicaría, así, a mi entender, de qué manera la tierra absorbió, atrajo e inmovilizó la fortuna de los nuevos ricos. Todo un drama social. Por este mismo motivo se explicaría también esa civilización invasora y obstinada de la vid y del vino: al exigir lo los precios aumentan las flotas de barcos cargados de barriles de vino, en dirección del Norte, a partir de Sevilla, de las costas portuguesas o de la Gironda; crecen de manera análoga esos ríos de carretas, los carretoni, que, a través del Breñero, trasladan cada año a Alemania los vinos nuevos del Friul o de las Venecias, vinos turbios que el propio Montaigne paladeó en su lugar de origen.

     La historia de las técnicas, la simple historia de las técnicas, por encima de investigaciones inciertas, minuciosas, continuamente interrumpidas —ya que el hilo se rompe demasiadas veces entre los dedos o, dicho de otra manera, ya que bruscamente faltan los documentos a interrogar— también descubre paisajes amplios en exceso y plantea problemas demasiado vastos. En el siglo XVI, el Mediterráneo, el Mediterráneo considerado en bloque, fue objeto de toda una serie de dramas técnicos. Es entonces cuando la artillería se instala en el estrecho puente de los barcos; y, por cierto, ¡con qué lentitud! Es entonces cuando sus secretos son transmitidos hacia los altos países del Nilo o el interior del. Oriente Medio, con duras consecuencias siempre. Se produce, entonces, un nuevo drama más silencioso, una lenta y curiosa disminución de los tonelajes marítimos. Los cascos se vuelven cada vez más ligeros. Venecia y Ragusa son las patrias de los gruesos cargos: sus veleros de carga desplazan hasta mil toneladas e incluso más. Son los grandes cuerpos flotantes del mar. Pero semejante lujo pronto excede los medios de los que Venecia puede disponer. Contra los gigantes del mar prueban por doquier fortuna los pequeños veleros griegos, provenzales, marselleses o nórdicos. En Marsella, es la época en que triunfan las tartanas, las saetas y las naves minúsculas. Esquifes que cabrían en el hueco de la mano; rara vez rebasan las cien toneladas. Pera a la hora de la verdad estos barcos de bolsillo dan pruebas de sus posibilidades. El mínimo soplo de viento les empuja; entran en todos los puertos; cargan en unos cuantos días, en unas cuantas horas, mientras que los barcos de Ragusa tardan semanas y meses en engullir sus cargas.

     Uno de estos grandes cargos ragusianos puede apresar a uno de los buques ligeros marselleses, apoderarse de su carga y, tras tirar al agua a la tripulación, hacer desaparecer en un minuto al barco rival: el hecho constituiría un suceso que ilustra, por un instante, la lucha de los grandes contra los pequeños esquifes del mar. Pero incurriríamos en falta si pensáramos que el conflicto se circunscribe al mar interior. Grandes y pequeños pugnan y se devoran sobre los siete mares del mundo. En el Atlántico, su lucha es la más importante del siglo. ¿Invadirán los ibéricos Inglaterra? Problema planteado antes, con y después de la Armada Invencible. En cuanto a los nórdicos ¿le meterán el diente a la Península —y estamos ante la expedición de Cádiz— o se contentarán con atacar al Imperio de los ibéricos —y henos ante Drake, Cavendish y muchos otros? Los ingleses poseen la Mancha; los ibéricos, Gibraltar. ¿Cuál de estas dos supremacías es más ventajosa? Pero sobre todo ¿quién será el vencedor?: ¿las pesadas carracas portuguesas y los grandes galeones españoles o los finos veleros del Norte (1000 toneladas de un lado contra 200, 100 y hasta a veces 50 del otro)? Contienda a menudo desigual, ilustrada por uno de esos grabados de época que muestran a uno de los gigantes ibéricos cercado por una nube de cascos liliputienses. Los pequeños hostigan a los grandes, los acribillan. Cuando logran apoderarse de ellos, cogen el oro, las piedras preciosas y algunos paquetes de especias para después prender fuego al enorme e inútil casco. ¿Pero se encuentra la razón oculta de la historia únicamente en este resumen excesivamente claro? Si la resistencia ibérica continúa, se debe a que, a pesar de todo, los convoyes de galeones consiguen pasar prácticamente indemnes, llevados de la mano de Dios —dicen los genoveses— camino de las Antillas, de las que vuelven henchidos de plata; las minas del Nuevo Mundo permanecen al servicio de los dueños ibéricos. La historia de las embarcaciones no constituye una historia en sí. Hay que volver a situarla entre las otras historias que la rodean y la sostienen. De esta forma, la verdad, sin negarse de plano, nos elude una vez más. Todo problema, cercano a la temática central, no cesa —insisto en ello— de complicarse, de extenderse en superficie y en espesor, de abrir sin término nuevos horizontes de trabajo. Tendré ocasión de decirlo a propósito de la vocación imperial del siglo XVI de la que voy -a tratar este curso y que no se puede —como es de sospechar— adjudicar tan sólo al siglo XVI. Ningún problema se ha dejado nunca encerrar en un sólo marco.

     Si abandonamos el terreno de lo económico y de la técnica, si nos aventuramos por el de las civilizaciones, si pensamos en esas insidiosas y casi imperceptibles fisuras que, en el curso de un siglo o dos, se convierten en profundas grietas más allá de las cuales todo cambia en la vida y en la moral de los hombres, si pensamos en esas prestigiosas revoluciones interiores, entonces el horizonte, lento en abrirse paso, se amplía y se complica con más intensidad aún. Un joven historiador italiano, después de pacientes prospecciones, lanza la hipótesis de que la idea y la representación de la muerte cambian totalmente hacia la mitad del siglo XVI. Se abre entonces un profundo foso: una muerte celeste, vuelta hacia el más allá —y apacible—, puerta- ampliamente abierta por la que todo hombre (con alma y cuerpo casi por entero) pasa sin crisparse en exceso, esta muerte serena es sustituida por una muerte humana, colocada ya bajo el primer signo de la razón. Resumo con torpeza un debate apasionante. Pero el hecho de que esta nueva muerte, morosa en mostrar su verdadero rostro, nazca o parezca nacer con mucha antelación en los países romanos, orienta la encuesta y nos pone en contacto con esta historia silenciosa, pero imperiosa, de las civilizaciones. Navegaremos entonces más allá del habitual decorado de la Reforma, no sin vacilaciones y mediante cautelosas, y pacientes investigaciones. Habrá que leer los; devocionarios y los testamentos, coleccionar los; documentos iconográficos, o consultar en las ciudades, celosas guardianas de sus cartularios, como Venecia, los papeles de los Inquisitori contra Bestemmie, esos «archivos negros» del control de las costumbres de inapreciable valor.

     Pero no basta, como es sabido, con refugiarse en esta interminable y necesaria prospección de materiales nuevos. Es imprescindible someter estos materiales a métodos. Estos, sin duda, varían —algunos al menos— de un día para otro. Dentro de diez o veinte años, nuestros métodos en economía y en estadística habrán perdido su valor, al mismo tiempo que nuestros resultados, que serán impugnados y rechazados: sírvanos de ejemplo la suerte que hoy corren estudios relativamente recientes. Es necesario que estas informaciones y estos materiales sean vueltos a pensar a la medida del hombre y por debajo de las precisiones que puedan aportar; se trata, en la medida de lo posible, de reencontrar la vida: de mostrar cómo están unidas estas fuerzas, si se codean o chocan brutalmente, cómo con frecuencia mezclan sus aguas furiosas. Hay que recogerlo todo para reinstalarlo en el marco general de la historia, para que, a pesar de las dificultades, de las antinomias y de las contradicciones fundamentales, la unidad de la historia, que es unidad de la vida, sea respetada.   

     Labor demasiado pesada, se me replicará. Siempre se piensa en las dificultades de nuestro oficio; sin pretender negarlas, ¿puedo permitirme, una vez más y sin que sirva de precedente, poner el acento sobre las insustituibles comodidades que ofrece? Un primer examen nos permite, en efecto, desentrañar lo esencial de una situación en lo que a su «devenir» se refiere. Entre las fuerzas en pugna, somos capaces de distinguir aquellas que triunfarán; discernimos de antemano los acontecimientos importantes, «los que tendrán consecuencias», aquellos a quienes pertenecerá en definitiva el futuro. ¡Inmenso privilegio! ¿Quién se considera capaz de diferenciar en la compleja trama de la vida actual lo duradero de lo efímero? Ahora bien, esta distinción se sitúa en el corazón mismo de la investigación de las ciencias sociales, en el corazón mismo del conocimiento, de los destinos del hombre, en la zona de sus problemas capitales. Como historiadores, nos encontramos, sin esfuerzo, dentro de este debate. ¿Quién puede negar, por ejemplo, que la inmensa cuestión de la continuidad y de la discontinuidad del destino social, que los sociólogos discuten, constituye, en primer lugar, un problema de historia? Si grandes cortes trocean los destinos de la humanidad, si, tras su desgarro, todo encuentra fundamento en nuevos términos y ninguna de nuestras antiguas herramientas de trabajo o de nuestros pensamientos sirve ya para nada, entonces la realidad de estos cortes pertenece a la historia. ¿Existe o no una excepcional y efímera coincidencia entre todos los diversos tiempos de la vida de los hombres? Enorme pregunta, que nos pertenece. Toda progresión lenta se termina un buen día; el tiempo de las verdaderas revoluciones es también el tiempo en que florecen las rosas.    

    

4

Señoras y señores: La historia ha sido arrastrada a estas orillas quizá peligrosas por la propia vida. Ya lo he dicho: la vida es nuestra escuela. Pero sus lecciones no sólo las ha escuchado la historia; y, tras comprenderlas, no sólo la historia ha sacado sus consecuencias. En realidad, la historia se ha beneficiado, ante todo, del empuje victorioso de las jóvenes ciencias humanas, más sensibles aun que ella a las coyunturas del presente. Hemos asistido, desde hace unos cincuenta años, al nacimiento, renacimiento o florecimiento de una serie de ciencias humanas, imperialistas; y, a cada vez, su desarrollo ha significado para nosotros, los historiadores, tropiezos, complicaciones y, más tarde, inapreciables enriquecimientos. Quizá sea la historia la mayor beneficiaría de estos recientes progresos.

     ¿Es necesario insistir en su deuda hacia la geografía o la economía política, o también la sociología? Una de las obras más fecundas para la historia, quizá incluso la más fecunda de todas, ha sido la de Vidal de la Blache, historiador de origen, geógrafo por vocación. Me atrevería a decir que el Tableau de la géographie de la France, aparecido en 1903, en el umbral de la gran historia de Francia de Ernest Lavisse, constituye una de las obras más importantes de la escuela histórica francesa. Bastarán también unas palabras para subrayar todo lo que la historia debe a la obra capital de Francois Simiand, filósofo convertido en economista y cuyo magisterio en este mismo College de France fue ejercido, por desgracia, demasiados pocos años. Lo que Simiand descubrió sobre las crisis y los ritmos de la vida material de los hombres ha hecho posible la magnífica obra de Ernest Labrousse, la contribución más renovadora para la historia de estos últimos veinte años. Repárese también en todo lo que la historia ha podido retener de la prestigiosa enseñanza de Marcel Mauss, que ha sido una de las auténticas glorias del College de France. Nadie nos ha enseñado a los historiadores mejor que él el arte de estudiar las civilizaciones en sus intercambios y en sus aspectos friables, el arte de seguirlas en sus realidades rudimentarias, fuera de la zona de excelencia o de calidad en la que la historia de antaño, al servicio de todas las estrellas del momento, se ha complacido morosa y exclusivamente. Por último, me siento obligado a recordar todo lo que la sociología de Georges Gurvitch, sus libros y más aún sus deslumbrantes conversaciones, me han aportado personalmente en sugerencias y en nuevas orientaciones.

     No es necesario multiplicar los ejemplos para explicar hasta qué punto se ha enriquecido la historia en los últimos años gracias a las adquisiciones de las ciencias vecinas. De hecho, puede decirse que se ha construido de nuevo.

     Pero era necesario que los propios historiadores, molestos en función de su formación y —a veces— de sus admiraciones se convencieran de ello. Ocurre con frecuencia que, sometida a la influencia de poderosas y ricas tradiciones, una generación entera atraviese, sin participar en él, el tiempo útil de una revolución intelectual. Pero, por fortuna, existen casi siempre algunos hombres más sensibles y más capacitados que los demás para percibir las orientaciones del pensamiento de su época. No cabe duda que la fundación, en 1929, en Estrasburgo, por Lucien Febvre y Marc Bloch, de los Annales d’histoire économique et sociale representó un momento decisivo para la historia francesa. Permítaseme que hable de ellos con admiración y gratitud, puesto que se trata de una obra enriquecida por más de veinte años de esfuerzos y de éxito, de la que no soy más que un artífice de segunda hora.

     Nada más fácil hoy que subrayar y hacer comprender la originalidad vigorosa del movimiento en sus orígenes. Lucien Febvre escribía en el encabezamiento de su joven revista: «Mientras que los historiadores aplican a los documentos del pasado sus viejos métodos consagrados, hombres cada vez más numerosos dedican con entusiasmo su actividad al estudio de las sociedades y de las economías contemporáneas… Esto sería inmejorable, claro está, si cada cual, en la práctica de una especialización legítima, en el cultivo laborioso de su jardín, se esforzara, no obstante, en mantenerse al corriente de la labor del vecino. Pero los muros son tan altos que muy a menudo impiden ver. Y, sin embargo, ¡cuántas sugestiones inapreciables respecto del método y de la interpretación de los hechos, qué enriquecimientos culturales, qué progresos en la intuición surgirían entre los diferentes grupos gracias a intercambios intelectuales más frecuentes! El porvenir de la historia… depende de estos intercambios, como también de la correcta intelección de los hechos que mañana serán historia. Contra estos temibles cismas pretendemos levantarnos…».

     Repetiríamos hoy sin ningún reparo estas palabras, que aún no han convencido a todos los historiadores individualmente, pero que, no obstante, han marcado —lo admita o no— a toda la joven generación. Lo admita o no, ya que los Annales han sido acogidos, al igual que todo lo que tiene fuerza, al mismo tiempo con vigorosos entusiasmos y con hostilidades obstinadas, mas han tenido y continúan teniendo a su favor la lógica de nuestro oficio, la evidencia de los hechos y el incomparable privilegio de encontrarse en la vanguardia de la investigación, incluso cuando esta investigación resulta aventurada.

     No es necesario que hable aquí ante un público de historiadores, de este largo y múltiple combate. Tampoco tengo que insistir sobre la amplitud y la diversidad y la riqueza de la obra de mi ilustre predecesor: todo el mundo conoce los trabajos de Lucien Febvre sobre Philippe II et la Franche-Comté, La terre et l’évolution humaine, Le Rhin, Luther, su magnífico libro sobre Rabelais et l’incroyance religieuse au XVIeme siécle, y el tan fino estudio, último en aparecer, sobre Marguerite de Navarre. Insistiré, por el contrario, sobre los innumerables artículos y las innumerables cartas que constituyen —lo digo sin vacilar— su más amplia contribución intelectual y humana al pensamiento y a las controversias de su época. En ellos abordó con libertad todos los temas, todas las tesis, todos los puntos de vista, con esta alegría de descubrir y de hacer descubrir a la que nadie que haya estado verdaderamente en contacto con él ha podido permanecer insensible. No creo que nadie sea capaz de establecer la cuenta exacta de todas las ideas que Febvre ha prodigado y difundido de esta forma; y no siempre le hemos alcanzado en sus ágiles viajes.

     Sólo él hubiera sido capaz, sin duda, de fijar nuestro camino en medio de los conflictos y de los acuerdos de la historia con las ciencias sociales vecinas. Nadie mejor que él ha estado en disposición de devolvernos la confianza en nuestro oficio, en su eficacia. «Vivir la historia»: éste es el título de uno de sus artículos, un hermoso título y al mismo tiempo todo un programa. La historia nunca supuso para él un juego de erudición estéril, una especie de arte por el arte, de erudición que se bastaría a sí misma. Siempre la consideró como una explicación del hombre y de lo social a partir de esa coordenada inapreciable, sutil y compleja —el tiempo— que sólo los historiadores sabemos manejar y sin la cual ni las sociedades ni los individuos del pasado o del presente pueden recuperar el ritmo y el calor de la vida.

     Ha sido, sin duda, providencial para la historia francesa que Lucien Febvre, al mismo tiempo que demostraba una rara sensibilidad para los conjuntos, para la historia total del hombre, considerada bajo todos sus aspectos, al mismo tiempo que comprendía con lucidez las nuevas posibilidades de la historia, permaneciera sensible, con la cultura refinada de un humanista, y fuera capaz de expresarlo con vigor, todo lo que hay de particular y de único en cada aventura individual del espíritu.

     Todos somos conscientes del peligro que entraña una historia social: olvidar, en beneficio de la contemplación de los movimientos profundos de la vida de los hombres, a cada hombre bregando con su propia vida, con su propio destino; olvidar, negar quizá, lo que en cada individuo hay de irreemplazable. Porque impugnar el papel considerable que se ha querido atribuir a algunos hombres abusivos en la génesis de la historia no equivale ciertamente a negar la grandeza del individuo considerado como tal, ni el interés que en un hombre pueda despertar el destino de otro hombre.

     Como decía hace un momento, los hombres, incluso los más grandes, no nos aparecen ya tan libres e indeterminados como a nuestros predecesores en el oficio histórico; mas no por ello disminuye el interés que su vida despierta: más bien al contrario. Y la dificultad no radica en conciliar, en el plano de los principios, la necesidad de la historia individual y de la historia social; la dificultad reside en ser capaz de tener sensibilidad para ambas al mismo tiempo y en conseguir apasionarse por una de ellas sin por ello olvidar a la otra. Es un hecho que la historiografía francesa, introducida por Lucien Febvre por el camino de los destinos colectivos, no se ha desinteresado jamás, ni por un momento, de las cumbres del espíritu. El propio Lucien Febvre ha vivido con pasión y obstinación junto a Lutero, Rabelais, Michelet, Proudhon y Stendhal; una de sus originalidades consiste precisamente en no haber renunciado jamás a la compañía de estos auténticos príncipes. Pienso, en particular, en el más brillante de sus libros, en Luther, en el que sospecho que por un instante aspiró a ofrecer el espectáculo de un hombre verdaderamente libre, dueño de su propio destino y del destino de la historia. Por este motivo siguió sus pasos tan sólo durante los primeros años de su vida rebelde y creadora, hasta el día en que se cierran sobre él, de manera implacable, el destino de Alemania y el de su siglo.

     No creo que esta ardiente pasión por el espíritu haya dado lugar en Lucien Febvre a una contradicción. A sus ojos, la historia continúa siendo una empresa prodigiosamente abierta. Resistió siempre al deseo, no obstante natural, de atar el haz de sus nuevas riquezas. ¿Acaso construir no supone siempre restringir? Por esta razón, si no me equivoco, todos los grandes historiadores de nuestra generación, los más grandes y por consiguiente los más poderosamente individualizados, se han sentido a sus anchas a la luz y en el impulso de su pensamiento. No es necesario que insista sobre las oposiciones que existen entre las obras capitales, cada una a su manera, de Marc Bloch, de Georges Lefebvre, de Marcel Bataillon, de Ernest Labrousse, de André Piganiol, de Augustin Renaudet. Y, no obstante, todas ellas se concilian sin esfuerzo con esa historia vislumbrada, y más tarde conscientemente propuesta, hace más de veinte años.    

     Quizá sea ese haz de posibilidades el que confiere su fuerza a la escuela histórica francesa de hoy. ¿Escuela francesa? Un francés apenas se atreve a pronunciar esta palabra; y, si la pronuncia, se percata en el acto de tantas divergencias internas que vacila en repetirla. Y, sin embargo, vista desde el extranjero, nuestra situación no parece tan compleja. Un joven profesor inglés escribía hace poco: «En el caso de que una nueva inspiración deba penetrar en nuestro trabajo histórico, lo más probable es que nos venga de Francia: parece como si Francia estuviera llamada a desempeñar en este siglo el papel que Alemania desempeñó en el precedente…». No es necesario insistir en que juicios de este tipo sólo pueden aportarnos aliento y orgullo. Nos confieren también la sensación de una excepcional responsabilidad, la inquietud de no mostrarnos dignos de la confianza que se nos concede.

     Señor administrador, queridos colegas, saben ustedes muy bien que este desasosiego que parece sobrecogerme en los últimos instantes de mi conferencia me acompañaba ya incluso desde antes de haber pronunciado la primera palabra. ¿A quién no le causaría, en efecto, ansiedad el entrar a formar parte del College de France? Menos mal que la tradición es una buena consejera; ofrece, por lo menos, tres refugios. Leer la conferencia; y es la primera vez en mi vida, lo confieso, que me resigno a ello. ¡Buena prueba de mi confusión! Eludir el compromiso tras la presentación de un programa, al amparo de sus ideas más apreciadas: ciertamente, pero la pantalla no todo lo tapa. Por último, hacer alusión a las amistades y a las simpatías, a fin de sentirse menos solo. Esas simpatías y esas amistades están todas ellas presentes en mi recuerdo agradecido: simpatías activas de mis colegas de la École Pratique des Hautes Études, a donde fui llamado hace ya casi diez años; simpatías activas de mis colegas historiadores, mayores que yo y contemporáneos míos, sobre todo en la Sorbona, en donde he tenido tanto placer en conocer, bajo su amparo, la juventud de nuestros estudiantes. Por último, otras, muy queridas, velan aquí por mí.

     He sido conducido a esta casa por la excesiva benevolencia de Augustin Renaudet y de Marcel Bataillon. Sin duda porque, a pesar de mis defectos, pertenezco a la estrecha patria del siglo XVI y he querido mucho y sigo queriendo a la Italia de Augustin Renaudet y a la España de Marcel Bataillon. No han reparado en el hecho de que fuera, con relación a ellos, un visitante del atardecer: la España de Felipe II no es ya la de Erasmo, la Italia de Tiziano o del Caravaggio no se ilumina ya con las antorchas de la Florencia de Lorenzo el Magnífico y de Miguel Ángel. ¡El crepúsculo del siglo XVI! Lucien Febvre acostumbraba a hablar de los tristes hombres de después de 1560. Hombres tristes, sin duda, aquellos hombres, expuestos a todos los golpes, a todas las sorpresas, a todas las traiciones de los otros hombres y de la suerte, a todas las amarguras, a todas las rebeldías inútiles. A su alrededor, y en ellos mismos, tantas guerras inexpiables… Pero, por desgracia, esos hombres tristes se parecen a nosotros como hermanos.

     Gracias a ustedes, queridos colegas, ha sido preservada la cátedra de historia de la civilización moderna y me incumbe el honor de asegurar su continuidad. Amistades, simpatías, buena voluntad, interés por una labor que se siente en el fondo de uno mismo no pueden impedir que se tema, con toda conciencia y sin falsa humildad, el suceder a un hombre sobre quien reposa todavía hoy la inmensa tarea que he definido, al margen de sus libros, en los derroteros mismos de su pensamiento incansable: a nuestro gran y querido Lucien Febvre, gracias a quien, durante años, se hizo oír de nuevo, para mayor gloria de esta casa, la voz de Jules Michelet, a la que se hubiera podido creer callada para siempre.

 

 

Lección Inaugural leída el viernes 1 de diciembre de 1950 en el College de France, Cátedra de historia de la civilización moderna.

 

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