La historia y el historiador en tiempos de incertidumbre

 

VÍCTOR HUGO ACUÑA ORTEGA

Universidad de Costa Rica

 

El tiempo geológico, el del Antropoceno, y el tiempo social evanescente de nuestros días, el del presentismo, interpelan hoy a la historia como saber y a quienes la practican profesionalmente tanto en su condición de oficiantes como también, y quizás principalmente, en su condición ciudadana; sea como testigos, si sus documentos (sus veneradas fuentes históricas no les han producido una especie de ceguera de lo que acontece a su alrededor; sea como protagonistas cuando han sido involucradas/involucrados o se han   comprometido en cuestiones que trascienden sus aulas y sus investigaciones especializadas. Efectivamente, vivimos en tiempos de incertidumbre tanto porque el presente produce mareos continuos como porque el futuro se anuncia como Armagedón climático y más recientemente como Armagedón nuclear.

Frente a la dictadura del presente, el desafío consiste en poner en contexto la ilusión verdadera de la simultaneidad universal y de la realización casi instantánea de cualquier deseo gracias a Uber, para los más elementales, y a WhatsApp y similares, para todos los demás. Desafiar esa dictadura implica inscribir el presente en una historia y por esa vía volverlo relativo; reconocer que no hay presente que no tenga un pasado, poco importa que sea olvidado, negado o no reconocido, como hoy nos lo recuerda brutalmente Putin con su guerra contra Ucrania, no sólo manipulando pasados recientes y otros muy antiguos para justificarla; sino sobre todo porque la larga, muy larga, historia de los imperios, con sus continuas rivalidades y disputas ha vuelto a ocupar su lugar protagónico; lugar que el espejismo de la “pax americana” había ocultado desde 1989. El presente es hoy ominoso y solo se puede entender si nos ponemos a estudiar la historia de los imperios en una perspectiva de más largo plazo para trazar la del imperio ruso, y también la del imperio chino, hoy en ascenso, según aseguró este fin de semana Xi Jinping, en el contexto de sus relaciones con los otros imperios de Asia y Europa; y la historia más reciente para aprehender el ascenso y aparente declive del imperio estadounidense.

Pero el tiempo largo del Antropoceno también nos interpela no tanto porque esa nueva era definida por el impacto de la acción humana sobre el destino del planeta no es tan antigua como que su prolongación sí lo será. Así, este tiempo más largo que cualquiera otro incluido en la noción braudeliana de la larga duración es una llamada de atención sobre las consecuencias duraderas de las acciones humanas, aunque en términos estrictos no todas las personas que habitan el planeta tienen las mismas responsabilidades sobre su crisis actual, razón por la cual para algunas personas es más riguroso hablar de “capitaloceno”, ya que es efectivamente la acumulación de capital sin freno quien ha producido el desastre ambiental actual. Pero la época del Antropoceno, en especial, nos interroga sobre nuestro porvenir porque el problema no es la sobrevivencia de la vida en el planeta, ya que ha conocido extinciones masivas previas, sino la de la humanidad que podría ser que tenga un pasado, pero ya no más un futuro.

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Entre este presente que fagocita las otras dimensiones del tiempo tan familiares para la mayoría de los grupos humanos y, en especial, para quienes hemos vivido bajo el imperio de las ideologías del progreso, y el tiempo de una tierra saqueada y destrozada por -se supone-sus habitantes más inteligentes, es legítimo preguntarse historia para qué, interrogante que como sabemos recurrentemente vuelve en el seno de las personas practicantes de la disciplina. Conviene empezar precisando de cuál historia como saber estamos hablando porque en esta época su valor ha sido relativizado tanto por quienes en forma consciente y sistemática difunden mentiras y falsedades desde posiciones de extrema derecha como por quienes militan en las disputas de las memorias y de la política de las identidades, sea aduciendo que no hay punto de vista en la perspectiva histórica que no sea interesado y, en consecuencia, que no tenga un valor totalmente relativo; sea afirmando una prerrogativa de la memoria frente a la historia.  Sin olvidar quienes desde los estudios literarios y culturales reniegan de lo que llaman la “razón occidental”, razón irremediablemente colonial.

Por mi parte, concibo la historia como un saber científicamente orientado, una narrativa veritativa ensamblada con “objetos encontrados”, vestigios de experiencias humanas y eventos naturales; un saber que, como otras ciencias sociales, puede establecer las causas necesarias, pero nunca las suficientes de los procesos que investiga. En efecto, toda historia es un punto de vista y no puede ser más que eso, ni tampoco menos que eso; no es un panóptico omnisciente, sino un punto de vista empíricamente fundado y consistentemente razonado, construido con esos objetos encontrados. La historia, y es posible que no solamente ella, tanto en el mundo de las ciencias sociales como en el de las propias ciencias llamadas duras, es un saber relativo a sus interrogantes, a sus instrumentos de análisis y a sus materiales de construcción; un saber relativo a su época que transporta sus específicas herencias y se confronta con sus interrogantes actuales; en consecuencia, este saber inevitablemente va caducando por la propia experiencia humana y por los resultados de sus investigaciones. Admitido todo eso, la historia es siempre una aproximación a la verdad, no un mero artificio del lenguaje.

 Conviene insistir en que, si la historia como saber no es discernible de otras formas de aprehender el pasado, sin duda legítimas casi todas, su utilidad es totalmente nula y quienes la practican podrían ser consideradas como personas prescindibles en las planillas universitarias. Si dudamos de los protocolos de esta disciplina; si pensamos que en el fondo sus procedimientos son disfrazados recursos retóricos; si consideramos que los indicios con que se construye no son traducibles al lenguaje de nuestro presente; si estamos convencidos de que nadie es capaz de hacer comunicable la experiencia pretérita de otras personas, es decir, si creemos en la inconmensurabilidad de las culturas; si, por ejemplo, creemos que solo las mujeres pueden hacer la historia de las mujeres y, otro ejemplo, solo los afrodescendientes la propia, la comunidad de competencia dedicada  a esta profesión sale sobrando.

 Tal concepción de la historia como saber se opone, obviamente, a la historia de bronce, a la vieja historia patria; se sale de la historia autocontenida en la nación; declara caduca la historia eurocéntrica; pone en guardia contra la historia en migajas; rechaza que la historia sea mera ficción y mira con preocupación y a veces con horror los usos del pasado como altar, mausoleo o trinchera. En fin, lamenta la utilización tan frecuente del lugar común según el cual la historia la escriben los vencedores porque ignora que la disciplina es una comunidad de competencia en la que se enfrentan y siempre se han enfrentado corrientes y tendencias. Por cierto, uno de los fundadores de la disciplina en la tradición occidental, Tucídides, fue un perdedor, no un vencedor, el derrotado de las guerras del Peloponeso. También se podría agregar que Lorenzo Montúfar, pontífice de la historiografía liberal centroamericana, fue la mayor parte de su vida un perdedor como hombre político, aunque efectivamente se consideraba integrante del pelotón de punta de los vencedores de la historia, es decir, de los abanderados del progreso. Posiblemente, tampoco habría que olvidar que la historia es un saber siempre cotejado por la opinión y el sentido común. No es casual que al lado del historiador profesional existen diversos tipos de historiadores aficionados, unos muy oportunos eruditos y otros temibles y nocivos propagandistas.

La historia es siempre un relato que se construye con determinadas intenciones o pretensiones. En la actualidad lo concebimos como la búsqueda de interconexiones siempre localizadas y siempre prolongables en el espacio y en el tiempo; como reconocimiento de los presentes anteriores entendidos como cadenas de resultados contingentes; una historia indeterminada por eventos y actores concretos que se acontecen en lugares y momentos específicos, elaborando lecturas abiertas e inciertas de la determinación e identificando borrosamente posibles al alcance. Hay que insistir en el carácter incierto de los procesos históricos: ¿quién hubiera dicho que tras los procesos de paz y las transiciones democráticas Centroamérica retornaría a una nueva época de despotismos, como la que hoy sufre Nicaragua y como la que se anuncia en El Salvador? Y, sin embargo, ante los hechos consumados, este saber se inclina a escudriñar los pasados para conocer las razones del triunfo de determinado resultado. Profetizamos el pasado, pero decimos que lo que terminó por imponerse en el presente no era inevitable. Por eso, concebimos la historia como lectura crítica del presente, como desalojo del presente de su residencia en lo ineluctable con el fin de instalarlo en la incertitud del desenlace precario y provisional; el presente descolocado por la rememoración de posibles que lo precedieron y por la invocación de otros posibles alcanzables en presentes próximos. Efectivamente, el desafío actual de la región centroamericana es encontrar los caminos para deshacerse de los despotismos renacidos.

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Pero cuando hablamos de historia no solo nos referimos a un saber, sino a la experiencia humana de la cual ese saber pretende dar cuenta. La historia como proceso histórico natural parcialmente conducido por los seres humanos, que tiene diversos caminos y que carece de telos alguno; un proceso indeterminado, aunque encuadrado en marcos de determinación, una serie de desenlaces contingentes que quedan siempre relativamente estabilizados; en otras palabras, la acción humana practicada como opciones decididas siempre bajo presión, ya que nunca es posible escoger el terreno en el cual acontece la lucha.

Como sabemos, esta experiencia humana en el presente se encuentra asediada por la destrucción ambiental, por la migración desesperada de millones de seres humanos, y por un sentimiento de impotencia ante el regreso de los imperios, antidemocráticos por definición, como grandes actores de los procesos históricos; acorralada por la acumulación de capital a escala global que multiplica vertiginosamente las desigualdades y promueve imaginarios de consumo en perpetua invención. Experiencia humana de millones de vidas sin pasado y sin futuro, sin tiempo para la esperanza y tampoco sin tiempo para la desesperación; en un mundo dominado por el exhibicionismo de la riqueza y por la devaluación de la democracia y los derechos humanos. Experiencia humana no menos marcada en nuestro tiempo por la emancipación de la condición femenina, por la diversificación de los sujetos, es decir por la pluralización de las maneras de afirmar “yo soy” o “así soy yo”, y por la multiplicación de las pequeñas resistencias.

Un proceso histórico cuyo presente es el del agotamiento de la pretensión de ser modernos, como diría el recién desaparecido Bruno Latour, porque el planeta ya no aguanta nuestro afán continuo de modernizarnos. Vivimos un presente dominado por del fin del régimen moderno de historicidad que articulaba las temporalidades en función del futuro, cuyo dios era el progreso. Vivimos el presentismo de un tiempo amnésico y desconectado del futuro. Ese tiempo presentista de quien labora para la obsolescencia tecnológica y la simultaneidad de los flujos financieros en call centers y teletrabajos o el de quien sobrevive cada día montado  en una moto o en una bici al servicio de Ubereats, es decir, en el presente del “precariado”. También se podría pensar en ese presentismo que se experimenta en un rave, extasiado con música electrónica. El presente de una cierta idea de la eficacidad como lo dice la expresión “just in time”, que se perpetúa entre la urgencia y la anticipación.

Para salir del presente hay que someter a crítica la aceleración, reconocer el futuro como amenaza potencial y poner a un presente historizado en vigilancia continua del futuro como obsolescencia continua. Se puede salir del presente si se acepta no tener la garantía de las llamadas “leyes de la historia”; carecer de la la certeza del éxito y apenas apostar con decisión por otro presente tan inmediato como sea posible, renunciando a la idea de futuro como garantía de la apuesta, y asumiéndola como espacio de posibles, con la aceptación de que la derrota puede ser el desenlace provisional. Si se quiere salir del presente habría que hacerlo diciendo queremos estar juntos en nuestra diversidad, diferencia y contradicción y no sólo afirmando enfáticamente “así soy yo”.

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La historia como saber puede contribuir a salir de este presente acelerado continuamente y que da vueltas en el mismo lugar mientras alimenta cada día más la sensación de incertidumbre, de vértigo sin amarras ni con el pasado ni tampoco con el futuro. Este saber puede ser útil porque relativiza o contextualiza las determinaciones materiales, la dominación y la necesidad como estructuras de larga duración, y las llamadas epistemes supuestamente transhistóricas. Una historia que rescata los posibles del pasado, es decir las resistencias ocultas en el halo del presentismo y también olvidadas con el paso de los años, y que muestra los posibles del presente para otros presentes por alcanzar, es decir como futuro no garantizado, como futuro condicional, aunque futuro al fin. Los zapatistas hablan de hacer un desvío por el pasado para seguir hacia el futuro o de mirar hacia atrás para avanzar hacia adelante. El pasado como plataforma ética y práctica como resorte de la acción presente.

Pero la historia como saber no puede ser útil a la historia como experiencia humana sin que reafirme su voluntad de acercarse siempre en forma asintótica a la realidad, al conocimiento de la verdad, todo lo relativa que esta sea como ya se ha dicho. En este sentido, no tendría que hacer nada nuevo sino simplemente lo que siempre ha hecho: indagar en sus queridas fuentes primarias y construir relatos de interés para sus conciudadanos y sus conciudadanas. Frente a las incertidumbres de la época no puede ofrecer certezas ni máximas como esas con las que se elaboran los manuales de autoayuda. Pero la historia siempre servirá para reconocer las posibilidades pretéritas y las potencialidades actuales; la historia siempre será una apuesta necesaria frente a quienes pretenden imponer postverdades y siempre será un recurso frente a los despotismos manipuladores del pasado. Este saber siempre tiene abierta la posibilidad de ponerse al servicio de proyectos emancipadores, no mediante la elaboración de relatos heroicos y al final pretendidamente felices como los de la historia de bronce, sino por su exigencia siempre renovada de ser fiel a sus testimonios, a sus vestigios, es decir, de ser fiel, a la búsqueda de la verdad. Una forma de rendir homenaje a quienes en el pasado murieron injustamente o vivieron tristemente y también a quienes buscaron los posibles delante de su tiempo.  

Sin embargo, quizás no sea exacto sostener que la disciplina debe seguir haciendo lo que siempre ha hecho. En efecto, en esta época de tan fácil circulación de falsedades y falacias, gracias a las nuevas tecnologías de comunicación, quienes trabajamos profesionalmente en el campo de la historia tenemos que asumir el desafío de encontrar nuevas formas de entrar en contacto con el conjunto de la ciudadanía. En todas partes la historia se trasmite a la población mediante los sistemas de educación formal, trasmisión que deja mucho que desear y trasmisión mediada por la manera en que los gobiernos se ocupan de la llamada historia patria. No tengo claridad sobre esta cuestión de la enseñanza de la historia en la educación formal; pero reconozco que debe ser abordada. Sin embargo, estimo que es muy importante que la comunidad de profesionales de la historia se plantee el problema de ir al encuentro de la población en su conjunto. Hay colegas que hacen un trabajo laudable al respecto como el amigo Félix Chirú quien publica regularmente en la prensa panameña. Pero es claro que la historia debe comprometerse en la esfera pública en el combate contra tanto oscurantismo hoy presente en las redes sociales.

En fin, la historia, un saber especializado, enfrenta hoy el desafío de entrar en sintonía con las preocupaciones del tiempo presente. No se trata de que la actualidad le imponga la agenda de investigación, pero es claro que tiene que buscar la manera de integrar en sus programas de investigación las cuestiones que preocupan a la ciudadanía. Esto significa que tiene asumir una posición crítica frente a la historia en migajas dominada por temas ultraespecializados y ultradelimitados. Por el contrario, en la agenda de investigación de la historia tiene que haber cabida a preguntas que amplíen perspectivas y permitan establecer conexiones entre los mundos inmediatos temporales y espaciales de las personas contemporáneas y con otros mundos más distantes en el tiempo y en el espacio. Es necesario encontrar formas de diálogo entre la legítima investigación especializada y las preguntas más relevantes del presente.

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En conclusión, en estos tiempos de incertidumbre la historia como saber tiene el desafío en lo que le corresponde de mantener abiertos los horizontes de la historia como experiencia humana participando en la lucha contra la dictadura del presente y en la búsqueda de futuros posibles hoy aparentemente invisibles precisamente por el dominio de esa dictadura. Una historia que reconoce agónicamente que nunca es posible identificar todo lo que antes estuvo en juego, ni lo que en el presente se está jugando. Un saber para la acción asumida como saber de los posibles pretéritos y de los posibles actuales, pero sin garantía alguna de su realización. La historia entendida como un saber humanista que promueve un humanismo al servicio de humanos encarnados y no de las masas genéricamente consideradas, un humanismo de la diversidad, de la diferencia, de la divergencia, cosmopolita y acunado en el regazo de la naturaleza.

 

Burdeos, 10.2022

 

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