1932: personajes y procesos

JAIME BARBA

REGIÓN Centro de Investigaciones

 

El 1 de febrero de 1932 fue fusilado, en San Salvador, Agustín Farabundo Martí, el principal dirigente del levantamiento insurreccional del 22 de enero de 1932. A esas alturas, el grueso de la feroz y fulminante represión desatada contra el campesinado y la población indígena de la zona occidental, sobre todo de Sonsonate y de Ahuachapán, había sido descargada, y reinaba la paz… de los cementerios.

     Salvo el trabajo pionero, de Jorge Arias Gómez, ‘Farabundo Martí: esbozo biográfico, publicado en 1972, el personaje Martí no parece haber merecido serios esfuerzos de reconstrucción histórica, aunque su densidad en los acontecimientos reales de su época fue impresionante. Dadas la descalificación oficial o la hagiografía militante contraria, imperante durante mucho tiempo, lo que ahora se tiene de Agustín Farabundo Martí, podría decirse, es una suerte de caricatura. Se le denosta o se le alaba, y eso está muy lejos de la interpretación socio-histórica.

     Por muchas décadas, los acontecimientos en torno a 1932 estuvieron envueltos en una pesada neblina de la que solo asomaban fragmentos imprecisos, pero siempre marcados por la negación.

     Hasta que salieron a la luz los trabajos de Thomas Anderson (‘El Salvador 1932: los sucesos políticos’) en 1976, aunque la edición en inglés data de 1971; el ineludible fresco de época elaborado por Roque Dalton, publicado en 1972, (‘Miguel Mármol: los sucesos de 1932 en El Salvador’) y la aproximación de Rodolfo Cerdas, que se tituló ‘Farabundo Martí, la Internacional Comunista y la insurrección salvadoreña de 1932’, que se publicó en 1982, comenzó a aclararse la compleja situación en torno a los hechos de 1932, sus antecedentes y sus consecuencias, y el rol de Martí en todo esto.   

     Agustín Farabundo Martí nació en Teotepeque, en 1893. Estudió con los salesianos y después ingresó a la universidad estatal. Es decir, para la revolución bolchevique de 1917 contaba con 24 años de edad y fue, como centenares de jóvenes de América Latina, un adherente incondicional de la corriente política mundial que emergió y que tendría significativa influencia sobre la acción política en todo el continente americano.

     No fue, como se ha querido mostrar, un ofuscado militante sin brújula, de hecho, primero fue un luchador social. Al parecer, sus características de ágrafo (solo un par de cartas se han localizado) y su temperamento impetuoso han aportado a su ‘leyenda’.

     Estuvo en Guatemala a mediados de la década de 1920 y contribuyó a fundar el poco viable Partido Comunista de Centroamérica. Para 1928 partió, junto a un contingente de salvadoreños voluntarios, patrocinados por la Liga Antiimperialista de las Américas, capítulo El Salvador, a integrarse a la lucha en las montañas segovianas donde se encontraban las tropas campesinas encabezadas por Augusto C. Sandino. A esas alturas, ya es Agustín Farabundo Martí un cuadro político radicalizado que ha sido asimilado al Buró del Caribe de la Internacional Comunista, con sede en Nueva York. Su actividad más intensa en El Salvador se produce entre 1930 y 1931, donde es hecho preso varias veces, protagoniza huelgas de hambre, es expulsado del país, regresa y ya no saldrá desde marzo de 1931, y se sumergirá a fondo en el torrente acelerado que ha tomado la crisis política salvadoreña.

      La ‘leyenda’ ha querido hacer aparecer a Martí como el organizador del campesinado salvadoreño, pero esto es un grave error, porque se deposita en una persona tan vasto quehacer. Sin duda que tuvo un papel importante en todo el entramado organizativo, pero no se reduce a él ni mucho menos. Hay suficientes evidencias que muestran a la sociedad salvadoreña de aquellos años como una intrincada armazón de corrientes político-ideológicas que intentan disputarse el poder político y que con dispositivos organizativos están en las calles y campos de El Salvador.

     Incluso, el Partido Comunista de El Salvador (PCS), fundado en marzo de 1930, es consecuencia, no origen, de una intensa lucha laboral que arranca en 1927, y que tiene como pivote la Federación Regional de Trabajadores (FRT). Pero a su vez, hay otras instancias que se han activado, desde la liberalización política que propicia el gobierno encabezado por Pío Romero Bosque, en febrero de 1927. Por ejemplo, que se funde Patria, en 1928, y que en su entorno gire un grupo de artistas e intelectuales independientes (Alberto Masferrer, Miguel Ángel Espino, Salarrué, Alberto Guerra Trigueros, Alfonso Rochac, Jacinto Castellanos Rivas…) habla de las dinámicas que están planteadas. Patria no inaugura el periodismo en el país, ya están Diario del Salvador, La Prensa, Diario Latino, El Día, pero sí le introduce un carácter revulsivo y polémico que no tenía.

     La situación política de El Salvador, con la victoria electoral que llevó a la presidencia de la república a Arturo Araujo, en febrero de 1931, experimentó un momento de calma chicha, si se contrasta con las intensas jornadas de lucha social de 1930 y el cierre de espacios políticos por parte del Gobierno. La alianza electoral que aupó a Araujo era un tanto extraña y precaria, pero efectiva, y la constituyeron el Partido Laborista (de Araujo), el Partido Nacional Republicano (del que Maximiliano Hernández Martínez era candidato presidencial, antes de pasar a ser el vicepresidente de Araujo) y el Partido del Proletariado Salvadoreño (encabezado por Luis Felipe Recinos, quien había sido expulsado de la FRT, por ‘reformista’). A este agrupamiento se le sumó, por los costados, la red político-social de la que Alberto Masferrer era figura inspiradora. De hecho, Masferrer pasó a ocupar una curul en el Congreso y también fungió como asesor del nuevo presidente.

     Los efectos de la crisis económica internacional de 1929 conjuntados con los graves desequilibrios estructurales de El Salvador, crearon una trampa mortal para aquel gobierno de tinte progresista, que se empantanó casi desde el arranque.  Entre marzo y abril comenzaron las desavenencias internas y las nuevas movilizaciones en las calles. En mayo de 1931, la represión escaló, al producirse una masacre contra campesinos en Sonsonate. En junio el asunto de las finanzas públicas era ya un problema político urgente.

     En las calles la movilización popular era variada. No solo se trataba de la FRT y de la militancia comunista. Estaba la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños, que además contaba con el semanario Opinión Estudiantil y donde se expresaban posiciones mucho más desenfadadas que en los periódicos tradicionales (incluido Patria). También el tambaleante Partido Laborista salió a defender a su gobierno.

      Pero a diferencia, de otros, el PCS y su tejido organizativo se encontraba trabajando en las profundidades de la zona rural, sobre todo del occidente del país. Y es que habían dado con dos hallazgos clave: por un lado, el activismo de la militancia comunista se aproximó con relativo éxito a los trabajadores asalariados del campo que estaban vinculados al café y a la caña y, por otro lado, lograron abrirse camino hacia las comunidades indígenas existentes. Todo eso, en el departamento de Sonsonate, fue mucho más claro y, por eso, mucho más explosivo.

     La forma simplista como se ha tratado de estigmatizar los acontecimientos de 1932 ha pasado de largo por la finísima e imbricada trama social que había en el país, y en el occidente, donde la complejidad era mayor. Las lecturas de la realidad que solo ven blanco y negro, oscurecen las interpretaciones.

     La carta abierta de Salarrué titulada ‘Mi respuesta a los patriotas’, calzada el 21 de enero de 1932, es una toma de postura intelectual frente al paroxismo que se vivía. El recuento que hace de artistas e intelectuales, del momento, es una curiosa manera de situar los alineamientos existentes y las disputas ideológicas imperantes.

      La sociedad salvadoreña de los alrededores de 1932, a contrapelo incluso de lo que señalan algunas investigaciones recientes, se hallaba movilizada y activa, en sus diversos sectores y territorios, como quizá nunca antes. La Iglesia, el Ejército, la Universidad y el movimiento estudiantil, el magisterio, los sectores laborales, la prensa, los banqueros, los cafetaleros de diverso rango, los inversionistas extranjeros, la legación norteamericana, los sectores campesinos y las comunidades indígenas, todos, estaban dentro del torbellino social que se había formado y que se clausuró con el levantamiento insurreccional y el subsiguiente aniquilamiento indiscriminado de la población campesina. El Salvador ya no fue el mismo.

     El fusilamiento de Agustín Farabundo Martí, el 1 de febrero de 1932, junto a Alfonso Luna y Mario Zapata, fue un acto simbólico y admonitorio que lanzaron, los militares que se hicieron con el poder político en esa coyuntura crítica, al conjunto social para mostrar qué pasaba cuando la insubordinación social se exacerba. De hecho, todo el año de 1932 la ‘cacería’ opositora fue constante, hasta que ya no quedó resistencia posible, y comenzaron los realineamientos políticos.

     El autoritarismo, la intolerancia y la noción del aniquilamiento ‘del enemigo’, como asunto de Estado, logró echar raíces poderosas desde esa fecha. Y ha sido, hasta 1992, cuando cesó la guerra, que el país ha podido transitar, no sin tropiezos, por otros senderos de vida institucional.

     Esto que parece una obviedad, las fuerzas políticas actuales (las viejas y las nuevas) no lo logran encajar y se imaginan que el proceso histórico es algo así como la serie ‘Game of Thrones’. ■

 

 

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