Injusticias, reclamos y represión (La espiral de la violencia)

 

CARLOS P. LECAROS ZAVALA*

 

Este artículo pretende contribuir a la reflexión sobre los acontecimientos que se viven en el Perú, específicamente en lo que concierne a la violencia. Es decir, poder contar con una explicación, no una justificación, de la reacción de las poblaciones frente a lo que de esencial les afecta: su vida misma, la personal y la comunitaria. No voy a aludir a personajes concretos involucrados, ya conocidos; tampoco referirme a hechos que, definitivamente, no son aislados.

Las reflexiones que siguen giran en torno a textos que provienen de dos momentos distintos de la historia de nuestro continente. El primero está situado en la historia peruana anterior a la formación de la República, esto es, de hace más de 200 años; mientras que el otro, pertenece a la historia latinoamericana de hace 50 a 60 años (años ’60 – ’70 del siglo pasado). Sus autores son, respectivamente, José Baquíjano y Carrillo, Precursor de la Independencia del Perú, y Dom Hélder Câmara, Obispo de Recife (Brasil).

La invitación a pensar sobre el contenido de ambos textos, responde a que, pese a la distancia en el tiempo en que fueron escritos, hay un evidente punto de encuentro, un origen común, de las causas de las protestas populares. O, si se quiere, de la necesidad de entender dichos reclamos no como una señal de alerta de violencia, sino como señal de ausencia de justicia.

José Baquíjano y Carrillo y el pueblo como un resorte

En el caso de José Baquíjano y Carrillo, precursor[1] de la independencia, hago memoria de lo que un profesor de Historia del Perú en la secundaria[2] nos narró de él con respecto

a enojos contenidos y frustraciones de promesas no cumplidas que pueden soportar los pueblos, al punto que en cualquier momento pueden estallar. Se trata de esos relatos históricos que quedan grabados en la memoria y que con el transcurrir del tiempo se van actualizando cada vez que surgen, como actualmente en el país, escenarios de violencia a raíz de demandas de las poblaciones y, obviamente, de las inmediatas respuestas (léase represiones) de los gobiernos de turno.

Baquíjano y Carrillo escribió Elogio a Jáuregui, un discurso de bienvenida que leyó en la Universidad de San Marcos (27 de agosto de 1781) cuando el Virrey Agustín de Jáuregui[3] llegaba para hacerse cargo del virreinato del Perú (1780-1784). En el mencionado discurso, nuestro precursor hace un balance sobre la manera de actuar que había tenido la corona española con sus colonias, en este caso en nuestro territorio. Incluso, no faltan en el texto elogios a la vida del personaje. Lo concreto es que con gran retórica y cierta sutileza, Baquíjano y Carrillo invita al virrey a realizar un gobierno distinto, diríase menos “injusto”, para hacer frente a la realidad de opresión largamente padecida por nuestros pueblos[4]:

“Por ellos no extenderá V. E. bajo su apacible y suave gobierno las lágrimas el disgusto, y desconsuelo. Su grande alma contempla que el bien mismo deja de serlo, si se establece y funda contra el voto y opinión del público;33 que cada siglo tiene sus quimeras y sus ilusiones, desdeñadas por la posteridad, disipadas por el tiempo, y que esta luz brillante ha convencido que mejorar al hombre contra su voluntad ha sido siempre el engaño pretexto de la tiranía;34 que el pueblo es un resorte, que forzado más de lo que sufre su elasticidad, revienta destrozando la mano imprudente que lo oprime y sujeta.35”[sic]

Hay en este solo párrafo, tres mensajes que permiten hacer una analogía con las voces que se levantan, hoy, en demanda de derechos. En un primer momento el mensaje muestra una invitación al virrey para que actúe escuchando a la población, habida cuenta que lo que ella expresa es una voluntad de cambio por el camino del derecho del gobernado; dicho de otro modo, pide no actuar “contra el voto y opinión del público”. El segundo momento, casi insistiendo en lo mismo, el mensaje invoca a no ir contra la voluntad del pueblo con medidas (hoy se diría, con políticas) que sólo en apariencia lo favorecen, porque, según se lee, ésta forma de actuar del poder “ha sido siempre el engaño pretexto de la tiranía”; y, finalmente, el momento culminante que lleva como mensaje la intención de alertarlo de cualquier ejercicio de poder totalitario (dictatorial, en lenguaje actual) de su parte, porque puede rebotar como un resorte en “la mano imprudente que lo oprime y sujeta”. Este último momento es el que muestra a Baquíjano y Carrillo haciéndole ver al virrey una situación que debe evitar por la vía de la justicia; vale decir, de la señal de alarma para prevenir un “desborde popular”, en palabras de José Matos Mar.[5]

Sin lugar a dudas, esas frases encierran la evidencia de una realidad que poco o nada ha cambiado para nuestros pueblos; no sólo de aquéllos olvidados, sino también de los intencionalmente excluidos. Contienen, además, una invocación a detener tanta injusticia.

Hélder Câmara y la espiral de la violencia

Lo leído de Baquíjano y Carrillo permite aproximarse a un libro de Dom Hélder Câmara, publicado en los años ’70 –Espiral de violencia-, en el sentido de encontrar coincidencias históricas de las continuas protestas de nuestros puebles y la forma como han sido silenciadas.

En Espiral de violencia, el que fuera Obispo de Recife (Brasil) orienta sus reflexiones sobre el origen y posibilidades de que un país ingrese a un círculo vicioso –espiral, precisa él- de violencia, que tiende a reproducirse por las condiciones de injusticia estructural:

“En los países subdesarrollados las injusticias -que quizá en algunas partes se ignoren- alcanzan a millones de criaturas humanas, de hijos de Dios, reduciéndoles a una condición infra-humana (…).”

“(…) Con frecuencia existe una herencia de miseria. Porque ¿quién no sabe que la miseria mata como las guerras más sangrientas?”[6]

Esta “herencia de miseria”, se entiende, es producto de la acumulación de riqueza de una clase dominante que no está dispuesta a dejar el manejo de la economía como mecanismo de poder para (re)tener el control absoluto del gobierno. Evidentemente, en las antípodas está la mayoría de la población, que sólo logra acumular pobreza y frustraciones.

Lo particular en la obra, radica en que su propuesta de paz, de una paz duradera, sólo es posible si se resuelven las causas estructurales que dan origen a la violencia: la ausencia de justicia:

“Nadie ha nacido para ser esclavo. A nadie le gusta padecer injusticias, humillaciones, represiones”[7].

“Y se puede decir, debemos decir, que las injusticias es la primera de todas las violencias, la violencia número uno”.

Las injusticias son la “violencia número uno”, afirma sin titubeos Hélder Câmara. Y por esta razón, cuando las injusticias se han arraigado, se han convertido en un medio ‘natural’, van a ir gestando una segunda violencia, la “violencia número dos”:

“Esta violencia instalada, institucionalizada, esta violencia número uno atrae a la violencia número dos: la revolución, o de los oprimidos, o de la juventud decidida a luchar por un mundo más justo y más humano”[8].

La “violencia número dos”, precisa Monseñor Câmara, adquiere “variantes, diferencias, grados, matices”, dependiendo del lugar donde se pone de manifiesto. Quienes expresan el rechazo a esa “violencia instalada, institucionalizada” son, obviamente, los sectores pobres de la población, cansados de esperar y de ser engañados.

A esas protestas, sostiene, no era de extrañar que se unieran “personas comprometidas con ideologías de extrema izquierda”[9] que buscaban la liberación de sus pueblos;  y, también, creyentes que aspiraban a “que la religión se ponga al servicio de la promoción humana de aquéllos que yacen en condiciones infrahumanas”[10]. En este punto, Monseñor Câmara destaca algo que hoy resulta familiar al escuchar a voceros del gobierno y de los medios afines a él sobre la presencia de estas personas acompañando a sus pueblos. Tanto ayer como hoy, para “las autoridades y los privilegiados” dicha presencia se reduce a ver “«elementos subversivos», «agitadores», «comunistas»”[11], lo que, obviamente, conduce al gobierno a actuar; es decir, reprimir. Bajo estas circunstancias, precisa, se manifiesta la tercera de las violencias, la “violencia número tres”:

“Cuando la «contestación» contra las injusticias llega a la calle, cuando la violencia número dos trata de hacer frente a la violencia número uno, las autoridades se creen en la obligación de salvar el orden público o de restablecerle, aunque haya que emplear medios fuertes: de esta forma entra en escena la violencia número tres”[12].

Sobre estos tres escenarios, Monseñor Cámara concluye advirtiendo que en ellos “hay una amenaza real de que el mundo entre en una escalada de violencia, de que caiga en una espiral de violencia”[13]. Son tres escenarios, enlazados entre sí, que sacan a luz una presión social que emerge desde una situación de injusticia estructural que se va reproduciendo, bajo diferentes expresiones, a lo largo del tiempo. Al respecto, escribe: “los ricos aceptan que se hable de ayudas (…) Pero que no se hable demasiado de justicia, de derecho, de cambios estructurales…”[14], anota Dom Hélder Câmara.

A manera de conclusión

Termino refiriéndome a la brutal reacción del gobierno, en consonancia con la “violencia número tres”, que precisa el obispo Câmara. Una vez más convoca a dialogar poniendo por delante a las ‘fuerzas del orden’ con armas disparando al cuerpo. Después de 30 años nuevamente el Perú se ve envuelto en la misma figura de recurrir a la ‘tutela militar’; el retorno a esa idea que se materializa cada cierto tiempo, de considerar a los militares como ‘guardianes’ de la Constitución. Que unas veces lo hagan abiertamente, y que otras se presenten con envoltura “democrática”, en nada cambia, salvo rarísimas excepciones, el hecho de que esa casta uniformada está formada para proteger los intereses de las clases dominantes. Se hace evidente que recurrir a la represión como estrategia de terror ante la protesta por tanta injusticia acumulada, tiene como razón de fondo que “el poder siempre tiene miedo”[15].

Esta espiral de violencia sólo terminará en paz duradera cuando la pobreza, la mayor de las injusticias, la “violencia número uno”, sea erradicada, y cuando reconozcamos al otro y otra sin mirada racista ni de clase. Cuando se haga realidad la liberación de toda dependencia ‘tutelar’ (militar o de otro tipo) que haga posible poder construir un país en donde los problemas los resolvamos entre ciudadanos y ciudadanas. Asimismo, liberándose de toda forma de ‘neutralidad’ y de ‘centrismo’ disimulados. Este es el desafío para las organizaciones e instituciones de la sociedad civil, incluidas las iglesias, y en general para el conjunto de la población. Es inmoral recurrir a la retórica de pedir diálogo y pacificación, o hablar del bien común, si no se opta en momentos cruciales de la historia.

Para finalizar, cualquier intento de encontrar una explicación de los hechos recientes en el país, o entenderlos desde la mirada de quienes su “blancura” y posición de clase -económica, social, e incluso intelectual- los enceguece, busquen respuestas en quiénes son, en realidad, las personas que están hoy en las calles de todo el país exigiendo ser escuchados y reconocidos como ciudadanos y ciudadanas, en igualdad de derechos. Son personas que no vienen de sus comunidades y poblados, recién ayer, u hoy. Son personas que llegan “¡desde el fondo de la historia peruana!”; vienen en una marcha que no dura “cuatro días sino cuatrocientos años”[16].

– – – q – – –

12 de enero de 2023.

* Economista y Doctor en Filosofía. Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM. Lima, Perú)

[1] El precursor es el equivalente al profeta; alguien que se adelanta en señalar acontecimientos como corolario de tener una lectura y reflexión adecuada de la realidad que se vive en una época. Se diferencia del prócer, que es quien actúa frente a los sucesos.

[2] En el Colegio Nacional de “Nuestra Señora de Guadalupe”, de Lima, allá por los años ´60 del pasado siglo.

[3] El 33º virrey de los 40 que tuvo el Virreinato del Perú.

[4] Un punto que sirve de aclaración es que, según los historiadores, Baquíjano y Carrillo (Lima, 1751 – Sevila, 1817), no era partidario de la ruptura absoluta con España, lo que explica que en Elogio a Jáuregui su demanda al virrey era que haga un mejor gobierno, respecto a los que le precedieron. 

[5] “La Lima Metropolitana y el Perú, persisten en su marginalidad urbana, económica, social y cultural (…) Se enfrenta, en estas condiciones, al desborde multitudinario de las masas, que se organizan y rebasan toda capacidad de control por parte de los mecanismos oficiales, creando las bases de una emergente estructura paralela”. Cf. Matos Mar, José (1986). Crisis del Estado y desborde popular. Lima: IEP ediciones, 3ra. Edición; p. 105.

[6] Câmara, Helder (1970). Espiral de violencia. Barcelona. Ediciones Sígueme; p. 13.

[7] Câmara, Helder (1970). Espiral de violencia. Op. cit., p. 18.

[8] Ibid., p. 19.

[9] Ibid., pp. 19-20. Nota: no hay que perder de vista que las reflexiones de Câmara se sitúan en la década de los ‘70s, con proyección a las de los ‘80s y ’90s, por lo que involucra a personas que optaron por la lucha armada como vía de liberación de sus pueblos.

[10] Ibid., p. 20.

[11] Ibid., p. 19.

[12] Ibid., p. 22.

[13] Ibid., p. 30.

[14] Ibid., p. 28.

[15] Zanella, Bernardino. #Su Estrella. A propósito de Mateo 2, 1-12. En: ecleSALia informativo, 06 de enero de 2023.

[16] Scorza, Manuel (1987). La tumba del relámpago. Lima: PEISA; p. 161.

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