Los vientos que soplan

 

 

Los vientos que soplan por el mundo son extraños. A ratos pareciera que la racionalidad humana busca mejores cauces, pero poco tiempo después resulta que es falsa alarma.

     La guerra desencadenada por Rusia contra Ucrania no es el anuncio de una próxima primavera para nadie. Ni para Rusia y sus ‘almas rusas guerreristas’ que se han empeñado en meterse hasta el cuello en un escenario pantanoso que no tiene pronóstico favorable para sus intereses de gran potencia. ¿Qué lectura hicieron sus dirigentes antes de aventurarse? ¿Qué lectura hacen hoy que no van para ningún lado?

     Que Ucrania resista las embestidas rusas no es un éxito en ningún sentido, porque a ojos vistas está claro que las potencias occidentales son sus proveedores de armas.

     Esa guerra y las otras que puedan estallar o reactivarse en ese entorno no harán otra cosa que aumentar los inútiles sacrificios de miles y miles de seres humanos.

     Todo esto parece de locos.

      Como loca e irresponsable fue la jornada reciente en Brasil, donde la sede del poder federal en Brasilia se vio asaltada por seguidores del expresidente Jairo Bolsonaro, con la pretensión de poner en jaque al recién inaugurado gobierno encabezado por Lula da Silva. ¿Y qué pedían? Pues la intervención de las Fuerzas Armadas.

     Esos no son buenos vientos.

     Y lo que ocurre en Perú parece sacado de una película de terror. Es cierto que el derrocado Pedro Castillo no daba pie en bola, pero lo que ha sobrevenido, con la nueva presidenta Boluarte, es una orgía de muertes en diferentes puntos de la geografía peruana. La población se ha insubordinado (un poco como ocurrió en Nicaragua en abril de 2018) y se ha lanzado a las calles.

     En Centroamérica tampoco pareciera que los vientos son benignos. Basta ver la deriva autoritaria en Nicaragua, donde ya los resquicios para expresar las disensiones no existen. Todo es prohibido y todo es perseguido. Allí solo es cuestión de tiempo para que esa caldera estalle. Y en Guatemala no es menos grave el desastre institucional que se vive. La deslegitimación de los órganos del Estado es un hecho escandaloso. En Honduras, aunque el expresidente Hernández, acusado de narcotráfico, fue extraditado a Estados Unidos, esto no quiere decir que las estructuras gestadas bajo su amparo hayan desaparecido.   

     Las noticias que se registran en México, por ejemplo, con cerca de 1000 homicidios en los primeros 10 días de 2023 es un dato duro que deja al descubierto la dinámica de una sociedad que no para de ahogarse en sangre.

     Ese es el tipo de vientos que soplan y son nauseabundos.

     Sin embargo, no todo es en tonos grises, porque en diversos puntos del planeta hay empeños sostenidos por reinventar los modos de estar en el mundo, y ya no están cortados con un único molde.

     Sin duda, no habrá perspectiva de cambio viable, en lo político y en lo económico, si su arquitectura interna no está cosida por el filón socioecológico.

     El planeta Tierra (Gaia) ha sido esquilmado por la voracidad de un capitalismo insaciable, y la única manera de no ir al desastre total es parando esta maquinaria absurda del iluso y delirante crecimiento económico. 

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