Krampus y la Navidad

RODRIGO BARBA

 

Mi nombre ha sido, es y será San Nicolás de Bari, Pere Noel, Nikolaus, Sinterklass, Joulupukki, Ded Moroz, Krampus, Olentzero, Jultomtem, Babbo Natale, Klaus, Weihnachtsmann, Nicolacho, Father Christmas, Santa Claus o Viejito Pascuero.

     Me conocen en todas las tradiciones míticas de la Tierra y la fe que depositan en mí a veces es más poderosa que la que tienen en otros dioses mejor posicionados.

     No soy un dios, no se confundan.

     Tampoco soy inmortal.

     Sí, tuve renos y los amaba. 

     También tuve un hermoso trineo y una propiedad gigantesca en el Polo Norte.

     Pero todo eso ya no existe.

     Decidí cambiar mi vida y convertir mi existencia en una poderosa corporación multimillonaria.

     ¿Por qué creen que mi rubicunda cara aparece al lado de todas las industrias que destruyen la vida del planeta?

      Llevo bregando desde el siglo III en este mundo.

     ¿Creen que ha sido fácil?

     ¡En lo absoluto!

     Pestes, guerras, destrucción ecológica, pandemias, crímenes, persecuciones, injusticias, oscuridad…

     Y mi única misión en la vida ha sido transmitir la luz de la estrella de Belén, como le llaman las religiones semitas, a la existencia de millones de personas.

     Les juro que me esforcé, pero la maldad está en todas partes y una parte de mí, una pequeñísima parte de mí, empezó a consumirme por dentro.

     Krampus.

     No soy un dios y no soy inmortal, pero por un motivo que desconozco no he podido morir, mi cuerpo envejece cada ciento cincuenta años y luego vuelvo a ser un bebé que crece y se desarrolla con la consciencia de milenios en su interior.

     Esta noche cumplo ciento cincuenta años de vida.

     Y es que este último siglo y medio que he vivido, lo confieso, no he sido mi mejor versión, he dejado que la maldad tome el control de mi ser y he entregado mis días a promover el consumo y la alienación.

     Me harté, saben, hice todo lo que pude por ayudar a la Humanidad, pero pareciera que la mediocridad, la estupidización y la avaricia están muy por encima del amor, el honor y la gloria.

      A quienes ayudé, terminaron despreciándome.

      A quienes amé, terminaron odiándome.

      A quienes apadriné, terminaron pidiendo mi cabeza.

      Por eso Krampus se hizo cargo de vengarse de todos y cada uno de ellos.

      La gratitud y la bondad están sobrevaloradas.

      Pero como dice el dicho, no hay mal que por bien no venga.

      Y se preguntarán desde cuándo Pere Noel es escritor.

      Es cierto, contesto muchas cartas al año, pero no lo soy.

      En esta ocasión, he decidido poseer el cuerpo de un escritor enfermo para redactar este testimonio y que el mundo sepa lo que he hecho.

      Yo también estoy a punto de fenecer… o de volver a comenzar, en realidad no muero, solo renazco, ya estoy viejo y cansado y espero que todos se enteren de mis crímenes para que Krampus no vuelva a tomar las riendas de mi alma.

      Todo comenzó en la Edad Media, no recuerdo el año exacto, ni el siglo, pero si la región septentrional europea donde sucedió, sin embargo, los detalles están de más, lo que importa son los hechos.

     Recuerdo, eso sí, que era diciembre, 5 o 6, me hacía llamar Nikolaus y unos mal agradecidos a quienes había ayudado, violaron, mataron y lanzaron a mi esposa al Danubio.

     No pude perdonarlos, no pude contenerme y de mi interior brotó un demonio: Krampus.

     Me salieron cuernos, mi pelo se volvió oscuro como mi espíritu y mi lengua se volvió puntiaguda y larguísima. Salí de mi casa esa noche y maté, aniquilé, destrocé y deshuesé a todos los seres oscuros que mis ojos veían.

     Luego, avergonzado, desaparecí de la vista pública.

      Desde entonces, Krampus empezó a manifestarse cada vez que las cosas iban mal o que me sentía decepcionado del mundo y hacía de las suyas. Logré controlarlo por unos siglos, pero cuando la Humanidad se enzarzó en dos guerras mundiales y sus subsiguientes sucesos sanguinarios, no pude más y me sumé a los rituales del capitalismo sin ningún pavor.

      Fundé mi corporación que en poco tiempo se volvió multimillonaria porque me di cuenta que yo era el perfecto incentivo de consumo para los niños y sus padres si adoptaba la apariencia de un viejo gordo, barbudo y bonachón.

      De ese modo, ayudé a la consolidación de un estilo de vida hecho para la degradación total del ser humano, promoviendo productos cancerígenos creé millones de narcodependientes, la industria farmacéutica se convirtió en mi aliada, como también la industria armamentista y, por supuesto, los bancos, generando créditos y deudas para que nadie nunca progrese en realidad.

      Si la gente no muere por un accidente de tránsito o por violencia social, muere por enfermedades autoinducidas en la alimentación y el consumo.

      Esa fue mi fórmula mágica de muerte.

      Los grandes magnates, hasta el día de ahora, están fascinados conmigo, son los máximos creyentes de la Navidad, porque todo es parte de un horrendo plan que implica hacer de la existencia humana un simple retortijón, nadie vale nada para las élites mundiales, mucho menos para los gobernantes, solo son números, dígitos en una pantalla que pueden ser sustituidos por otros sin piedad, porque además, existe una industria cultural y pornográfica que inyecta hipersexualización para que la gonorrea, el papiloma, el SIDA, los hongos y cualquier enfermedad autoinmune tome el control del cuerpo de las personas y, en el mejor de los casos, para que se reproduzcan como conejos y esos niños se conviertan en futuros adultos que reemplacen a los muertos en sus puestos de trabajo.

      Si no te gobiernan con la Constitución, te gobiernan con la Biblia y, si no, con la lógica de consumo del mercado y si eso no llegara a funcionar, entonces crean ideologías baratas para enemistar a unos con otros, mientras te anestesian con drogas y sustancias y te matan lentamente como a un hambriento ratoncito que cae en una sanguinaria trampa.

     Ya no quiero formar parte de esto.

     Ya no más.

     Se acabó.

     Además, si no salgo del cuerpo del escritor, voy a matarlo.

     La advertencia está hecha, el testimonio ha sido declarado, volveré a nacer y les juro que esta vez será diferente.

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