El peretete

 

SALARRUÉ

 

Sonzacate, 22 octubre 1899 – San Salvador, 27 noviembre 1975

 

Después de la lluvia oblicua y rápida, con paso alígero de volaltín aplaudido, de debajo de la parra florida que había tendido su sombra blanca de pétalos desgajados, surgió el peretete dorado y se irguió pedante en medio del patio. El cielo enrojecía; el patio se había hecho cielo. En el mástil de sus patas, sacudió sus emplumados nervios y enarboló una mirada. El patio miraba. Sus ojos enjoyaban la hora cansina. Como centinela de un mundo «alegre y confiado», el pájaro hierático escuchaba atento el latido vital del Cosmos, desconfiando con su intuitiva precocidad. La esponja descolorida de la tarde iba absorbiendo imperceptiblemente las sombras amoratadas. Las gotas desprendidas del tejado chasqueaban arrugando en círculos dorados la seda vespertina. Fiel a su consigna, el ave de bronce hipeó agorera ante el misterio de las formas disueltas.

     El mundo cayó en el hoyo de la noche. A medida que descendía en el abismo frío, el silencio chiflaba más y más a su rededor. En torno, mariposean estrellas en desparpajo. En el cenit, la luna llena era como un brocal del pozo, que dejaba ver el día espléndido, perdido para siempre. El aire desalojado se apartaba encabritándose y enredando sus crines en la arboleda; coceaba en las paredes y se choyaba el lomo contra el suelo, levantando hojarasca y polvareda. Los brazos luminosos del Sol entraban por el agujero de la Luna, intentando en vano asir la Tierra que se escurría jabonosa, ebria de un triunfante terror. Mangas oscuras tapaban a ratos la claridad, poniendo congojas como lastres y asustados aromas que huían sin dirección.

     El centinela dio por fin su grito de alarma. En la hoquedad azulante, su grito largo se desenrolló como una cuerda, buscando asidero, y cayó flojo en los acantilados del eco. Volvió el grito de alerta a cruzar el espacio y a caer exangüe como un lazo flojo en las pampas del contorno.

     El reloj, desde la torre lejana goteó las doce lentamente. Caían las horas arrugando en círculos sonoros la capa del silencio.

     Volvió todo a la quietud; tan solo un grillo, como una gotera de ruido persistía. Entonces el peretete entró de un sobón al corredor oscuro cortando su propia sombra con los patines y se quedó fijo en alguna parte. No se veía, pero palpitaba, no se movía, pero vibraba, no gargariaba, pero escuchaba… La casa escuchaba. Llegó la hora de los fantasmas. Pasó la noche; dieron las cinco.

     Los chorros de la pila gargarizaban enjuagándose las acideces del mutismo. La noche agonizó aleteante en los focos eléctricos. Por la luz azulona. desde el salón tenebroso. el peretete irrumpió en alharaca optimista; llegó al centro del patio, tragó un último grito, como un gusano de vidrio. enderezó sus perfiles hieráticos, sacudió sus emplumados nervios y enarboló sus ojos.

 

[AGEUS, revista de cultura, Año 6, No. 6, septiembre, 1936, p. 32]

 

 

 

 

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