El guardaespaldas

NELSON MARRA

( Montevideo 6 de mayo de 1942- Madrid 3 de diciembre de 2007)

 

Así, con veinte plomos en el cuerpo, claro que no soy nadie, no sos nadie, no es nadie. Ninguno es nadie así, ni siquiera esa manga de hijos de puta que me encerraron con varios coches en la rambla y me la metieron bien de bien. Digo veinte plomos, pero deben ser más, deben ser cincuenta o cien o quién sabe cuántos, porque sólo recuerdo cómo sonaban las tartamudas, cómo se deshacían los vidrios y las caras de bronca con que miraban aquellos tipos, la cara de asco de aquellas minas, también. No aflojaron hasta que me vieron tumbado.

¿Cuándo fue? Carajo. ¿Cuándo fue?, ¿ayer?, ¿hace un año?, ¿hace una hora? Seguramente fue una mañana muy fría, muy temprano, cuando conducía tranquilito mi coche hasta Jefatura, pero ahora debo estar muerto o inválido, porque no me puedo mover, ni reconozco mi cuerpo entre estas vendas, este silencio, estas paredes blancas que me muestran tan solo, en esto parecido a un hospital.

     Aquí no hay nadie, aquí estás solo, hermano; te embagayaron bien de bien y andá que te cure Lola, porque ni siquiera podés gritar, ni ordenar, como estabas acostumbrado, ni pedir que te saquen de aquí, que no te querés morir solo como un perro, porque la cosa no es morirse solo como un perro sino haber sacado el bufoso y haber limpiado a tres o cuatro por lo menos, que no te dieron tiempo los maricas de mierda, ellos son así, te agarraron de sorpresa en plena rambla, desierta, fría, porque hacía frío me acuerdo, y te hicieron frenar contra el cordón y cuando quisiste acordar me vi aparecer qué sé yo cuántos tipos, cuántas minas que se me acercaban y se venían con todo hasta que hice el primer amague y se empezaron a destrozar los vidrios delanteros, empezaste a sentir los primeros impactos y sólo atinaste a ver una camioneta, tres o cuatro autos de donde bajaban los tipos y las putas de mierda y te viste muerto en el piso del auto, no muerto de miedo, que yo nunca les tuve, sino muerto en serio, qué cosa jodida es cuando lo ves en carne propia, cuando sentís el olor a quemado, la sangre que salta a chorros de tu propio cuerpo, la piel ardiendo, las piernas duras, las patas que parecen tomarse el raje mientras estás tumbado ahí y apenas alcanzás a oír la primera que metieron en los motores, que ni siquiera habían apagado, mientras te quedás solo en esa rambla fría, y te quedás mientras rajaron los hijos de puta, te quedás solo, como en esa pieza, solo. Solo.

     Vamos, mové esa mano que no podés, esa pierna que está dura, esa cabeza que no gira, pero no te importe porque la cabeza la estás moviendo, por dentro y eso quiere decir que estás vivito y coleando, bueno, coleando no, pero vivito sí, así que los hijos de puta no pudieron contigo, hermano, si serás grande que aguantás la balacera y ni así te doblegan, si serás fuerte que todavía te vas a recuperar y los vas a ir pescando uno a uno como a chorlitos, como giles que son, en tus garras van a caer y ahí sí que los vas a hacer de trapo, como lo hiciste siempre, metiéndoles zurda derecha, zurda derecha en el hígado hasta dejárselo harina o metiéndoles la picanita en el culo, en los huevos, en las uñas, con la cabecita bien cubierta por la bolsa y después agua helada para que los mariquitas fueran machos y aguantaran y no se desmayaran, y vuelta zurda derecha, vuelta zurda derecha, vuelta picanita, vuelta agua helada, que los vas a ir agarrando uno por uno, claro que los vas a agarrar uno por uno.

     La joda es que ahora estás solo y no podés gritar, no podés decirle a los que te metieron en ese cuarto que te saquen, que te sentís mejor, que recobrás fuerza aunque no puedas mover ese brazo que no sentís, ni esa pierna que no te duele, aunque no puedas girar la cabeza vendada, ni abrir del todo esos ojos vendados por una tela que no te permite ver lo que te rodea, pero te sentís bien, me siento bien, me siento bien jefe, como le gritaste al entrenador, ¿te acordás?, de aquel equipo de barrio, allá en los cantegriles , después del bruto trancazo con el entreala que te quiso pasar la pelota por entre las piernas y vos antes de que se te fuera —porque se te iba derechito al área— lo barriste y le quebraste la pata, pero vos te sentís bien y cuando se te vinieron al humo tres o cuatro —no con tartamudas, que eso tiempo— entraste a meter mano y allí vino el desparramo general, que hasta tuvieron que suspender el partido, pero vos dejaste bien sentada tu calidad de macho, de centre-half fuerte, y de capitán del equipo guerrero del Cantegril Norte, que había que ganarles teniendo machos como vos, como el loco Gamboa, como el flaco Ulises, como el chueco Parada y con un entrenador que decía dale pardo meté fierro que a vos con ese lomo no te pasa nadie, y vos, metías, llevabas a puro físico la pelota hasta el medio del campo —te conocías todos los pozos, todos los yuyos sin cortar—, y allí, con una pisadita, para que la hinchada bramara, para que las minas del barrio se marearan por vos, colocabas el pase perfecto o te corrías por el lateral y casi llegando al área —pero desde fuera porque tenías un shot que ni te cuento— sacabas un balinazo, balinazo, balinazo, balinazo, y se la metías en un ángulo al idiota de turno por más golero que fuese. Me siento bien jefe —claro que te sentías bien, aunque se hubiese suspendido el partido después de la batalla general y el entrealita dribleador con la patita rota, sacado entre cuatro— y cuando vos decías eso los muchachos del barrio te rodeaban mientras marchaban cabizbajos a los ranchitos de lata que hacían de vestuarios y las minas te seguían de lejos, pero vos ni piola, que se mueran un poco más, que se aguantaran un poco, que después de tanta pelea y tanto golpe tenías que refrescarte un poco mientras los chicos te seguían y terminaban con los ojos grandotes, mientras te tocaban y vos sabías que te imitaban hasta en la forma de caminar, y el entrenador —siempre a tu lado, cuidándote como una joya—, ¿pero te sentís bien, pardo?, hay que cuidar un poco ese temperamento, pero vos te reías porque ni entendías lo que quería decirte y caminabas orgulloso hacia las duchas —casitas de lata— mientras los chicos, ahora, te seguían de lejos, con la mirada, y las minas —vos lo sabías— te iban a esperar al barrio, cerca del boliche, pero vos te ibas a demorar, que aguantaran la calentura, que sufrieran un poco, que esperaran, que sufrieran, sí, que sufrieran.

     Que sufrieran como sufrís vos mientras creés que te incorporás pero es en vano porque tus músculos no responden ni sentís las piernas ni los brazos y la cabeza es sólo un enjambre de vendas y de pensamientos que te llegan de lejos o de cerca mientras se van atropellando sin que vos puedas hacer nada con ellos.  Te incorporás, pero no, apenas lo crees, porque hay una fuerza superior que te está atrapando como las caricias de la Beba, ¿te acordás?, qué mina, con aquellos pechos imponentes que nunca te cansabas de besar y aquellas piernas que apretaban tu miembro poniendo en juego todo tu aguante varonil para no tener que acabarle enseguida, qué hembra, mientras querías incorporarte pero era en vano, porque ese aroma excitante de restos de mercado que salía de sus axilas, brazos, entrepiernas de la Beba, te vencía de pura calentura, te echaba hacia atrás y te dejabas hacer, qué lindo que te recorriera con sus pechos, con sus muslos, con su lengua, con aquel trasero imponente y blanco que ponía en juego de nuevo tu miembro, hasta que después de tanto sufrimiento te dejaba incorporar y se te quedaba mansita, solapadamente, mientras vos se la enterrabas hasta los intestinos —que parecía que los tocabas— y entonces era ella la que retozaba, se agitaba, sufría, aullaba bajo tu picana de fuego que lanzaba aquella lava hirviente que la dejaba diez minutos tumbada en la cama, hasta que la muy puta volvía por sus fueros y se arrastraba hasta los pies de la cama, y te empezaba a lamer con un hambre que no terminaba nunca, era dolor, dolor ya, dolor, a pesar que te parezca no sentir ese trozo de cuerpo quemado de tanto fuego, fuego, tanto odio, tanta bala. Solo dolor.

     Tendrás que girar ese cuerpo, mover tu brazo enyesado, acercarlo al costado clásico donde se encuentra el revólver y empezar ahí nomás a pura bala, de manera de llamar la atención, despertarlos a todos: enfermeras, monjas, médicos, guardianes. Eso, eso mismo, llamar la atención, despertarlos a todos con las detonaciones que deberían partir de esa arma que ya no está, que no tenés a tu alcance, que aunque tuvieras no utilizarlas porque tus dedos, antes tan agiles, están rígidos, envarados, incómodos, en esa posición expectante —¿de vida o de muerte?— e ingenua.
     No podés llamarlos a balazos, entonces, ni gritarles, porque tampoco tenés voz, y te resulta raro no encontrar ninguna forma para que ellos acudan, te oigan, te respeten, te saquen de una vez de infierno blanco, te devuelvan la vida que no querés perder. Quisieras hablarles, explicarles que es necesario que te revivan pronto, que te devuelvan el derecho a defenderte, que depositen, por última vez, confianza en vos, porque ahora te juramentás a cumplir, a respetar y ser respetado, para encontrarte de nuevo en tu hermosa casa de Carrasco con tu mujer que tanto atormentás y con tu hija Cecilia, que te desprecia, aunque creas que no les hacés faltar nada, y no sabés porqué y ella tampoco lo sabrá, pensás, cuando desde sus trece años te descarga mirada de odio viejo, fermentado, sin concesiones a los regalos o a los caprichos que nunca le negás. Ellas tampoco están ahí, en el infierno blanco, no las podés llamar ni gritarles para que se acerquen y te hablen con ojos sin odio y acaricien esos fragmentos de dedos que sobresalen del yeso. Quisieras explicarles, en fin, que las borracheras de whisky, las mujeres de todo pelo, las denuncias en cualquiera de sus aspectos, son sólo gajes del oficio y que a cambio de eso ellas lo tienen todo: auto, casa confortable, dinero, buena ropa y todo lo que enloquecería a cualquier mujer. Qué importan entonces los moretones que recorren el cuerpo de la Rosa, que te dio a Cecilia junto a su fidelidad de perra dócil, qué importan los dedos y las risas que sobreentienden a Cecilia, en el colegio de monjas, en cuanto la reconocen, qué importan tus subordinados que ostentan sus guapezas por el barrio de manera de vigilar cada paso de todo aquel que se acerque a tu casa, que importan los camiones oficiales que descargan la mercadería confiscada ante los pocos ojos atónitos que todavía quedan, qué importan los maricas, rufianes, ministros que llaman constantemente —atenderá Cecilia; Rosa, a veces vos— a pedir consultas, dar órdenes, comentar episodios, planificar fiestas, pasar cifras, nombres, datos, con voces aflautadas o perversas, qué importa todo eso si Cecilia y Rosa lo tienen todo, si vos defendés la ley y el orden, si la mugre está del otro lado y los diario lo dicen, los canales de televisión lo comentan, las radios lo afirman y tus gobernantes mediatos o inmediatos están de tu parte. Ellos te han dado su confianza. Qué importan, entonces, los demás, qué importaría si ahora también las enfermeras, médicos, guardianes, monjas, Rosa y principalmente Cecilia te devolvieran toda su confianza y con ella la vida que apenas vibra en los fragmentos de dedos encalados, paralíticos, expectantes.
     La confianza y la vida, eso querés. La confianza.

     Confianza como la que te dio don Carlos, ¿te acordás? ¿Cuánto hace? No importa, era el doctor que visitaba cada cuatro años el comité cercano al Cantegril. Te sorprendió verlo llegar a Jefatura, pidiendo a los gritos para hablar contigo personalmente. Te sorprendió que te llevaran a un cuartito especial para hablar con él. Te sentiste importante, pero le devolvías admiración y respeto a la mirada severa de don Carlos, a esa manera tan segura de hablarte, de dominarte, de decirte que, ahora sí, era demasiado, que sería la última vez que se jugaba por vos, que te daba la última posibilidad de redimirte, y eso vos no lo entendías muy bien. Te podía tolerar lo de las pungas, los escruches, lo de alguna mina que había batido que la cafisheabas, pero que ahora había un muerto de por medio y un par de heridos. Él, ya, se había encargado de demostrar que con la sangre vos no tenías nada que ver, que a los robos menores te había Ilevado el mal ambiente del barrio, que eras un buen muchacho y que había que ayudarte. Mirabas el piso como única demostración posible de agradecimiento, aunque te sentías orgulloso de tu fama de guapo, de tu fuerza física, del arrastre que tenías en la zona y el doctor eso lo sabía, porque se lo habías demostrado llevándole gente al comité, organizando la flota de camiones para cualquier acto público y político, empujando el aplauso, el grito irracional del barrio que estaba al firme en cualquier hecho de ésos y cumplía, aunque fuera muriéndose de hambre. Y algunos —los más vivos, claro— tenían carta blanca para cualquier rebusque.

     A los pocos días, entonces, estabas libre de nuevo, con un muerto a cuestas —era un jodido igual dijiste—, pero libre, respirando fuerte, sintiéndote vivo, llevando las mejores ropas el día de la cita que te dio el doctor en uno de sus escritorios privados —fuera de la gentuza del barrio—, «porque por un tiempo no debés hacerte ver ni por la zona ni por el comité», oyendo, con asombro, la propuesta, que era una manera de devolverte toda la confianza que otros te habían quitado.
Porque ahora serías el guardaespaldas personal del doctor, y eso era guita fuerte, las mejores pilchas, y principalmente el respeto de la mersa que te iba a mirar de otra manera y con quienes no ibas a andar con mano suave, porque ya empezabas a tener poder y entonces tu fuerza y tu guapeza estarían respaldadas por un hombre ilustre, con influencia en cualquier lado. Las cosas te están rodando bien, pardo, pero se te van a dar vuelta enseguida si no me cumplís como te dijo el doctor en aquella imponente sala, llena de cuadros inmensos, alfombras espesas y objetos que vos, inconscientemente, las traducías a pesos. Esa imponente sala—a la que llamaban «el estudio del doctor» los atildados funcionarios que te acompañaban— fue testigo de un verdadero acuerdo de caballeros: por un tiempo serías su custodia personal, día y noche siguiendo sus pasos por ministerios, oficinas, embajadas, fiestas bacanas, porque como él te dijo «los hombres importantes y vinculados como yo tenemos enemigos, sabés, y vos sos un tipo fuerte, impulsivo, que no le tenés miedo a nadie, si me fallás haciendo tus relajos propios te dejo en la vía y en pocos meses más, nadie te saca de la cana, porque ya  sos un caso perdido, pero si me cumplís no te va a faltar nada, al contrario, podés tener los mismos re-busques que antes pero con menos riesgos, con la garantía de nosotros que somos gente bien y que además, tenemos la sartén por el mango». Te sorprendió que te hablara con ese lenguaje —vos que creías que era propio de tu ambiente y que siempre habías oído al doctor hablar en difícil— mientras hacía girar, suavemente, el decorado sillón de cuero, detrás del escritorio. Te extrañó esa sonrisa medio cínica o jodedora, y vos sólo atinaste a tomarte las manos que no sabías dónde poner, a mirar tus zapatos negros, puntiagudos, recién lustrados.
     Claro que aceptaste cuando te lo preguntó, poniéndose de pie, mientras te extendía su mano blanquísima y pulposa que acarició tus palmas. Enseguida vino el golpecito amistoso en tu ancha espalda —reconocible gesto ante los correligionarios del comité— mientras la otra mano te extendía el revólver que, ahora sí, podías llevar tranquilo, como si fuera una prolongación de tu cuerpo, Cuando te retirabas, tomando de las solapas tu saco escaso y gris, te alcanzó un fajo de billetes —la primera mesada— y te dijo que ya empezaba tu trabajo: en principio, pararte junto al auto de chapa blanca que cubría casi toda la entrada del edificio, mirar cada persona que entrara o saliera y aguardar al patrón, nada de violencias todavía. Pero la confianza estaba de vuelta. Alguien creía en vos, había acudido por vos a la cárcel, te empezaba a dar manija para que crecieras. Eso era justamente lo que pensaste mientras aplastabas cigarrillos frente al edificio: ahora estabas creciendo.
     Eso era: te sentías crecer. Crecer

     Crecer como ahora está creciendo ese dolor penetrante y agudo, casi vacío de sentido, que no podés localizar pero que debe partir de alguna parte de tu cuerpo, presumiblemente de tu vientre perforado, rojizo, palpitante. Junto al dolor parece que intuyeras una extraña humedad, pausada y creciente, parecida a la sangre, y te imaginás las vendas que te cubren tornándose de un color morado, despidiendo el pestilente aroma de la carne chamuscada y podrida. Ahora sí conjeturás que nada ni nadie podrán salvarte, recuperarte, devolverte la vida, los coitos rutinarios con Rosa, seguidos del castigo corporal a que te llevaba la borrachera de la madrugada, la cara de odio y de tristeza de Cecilia, blanca y enferma, sus vómitos nerviosos después del desayuno, tus whiskies, tus subordinados, tus trajes importados, tus armas de todos los calibres, tus patadas en el culo del primer desgraciado que cayera en tus manos. Patadas en el culo, sí, previa antesala de la tortura a esos degenerados de mierda que debés ir cazando uno a uno como moscas y después como se destruye a las moscas abombadas de calor, contra el vidrio: arrancándoles un ala o apenas cualquier parte de su cuerpo; para que sigan viviendo mutiladas, hasta que te canses de su invalidez y las aplastes contra el piso.
     Pero ya no se puede, porque ahora está el dolor que no cede, la humedad que empapa el vientre de sangre, la cara perlada de sudor, los dedos que parecen moverse de miedo, sí, de miedo. Eso es: miedo. Alcanzás a intuirlo y te asombra.    Es miedo. Miedo.

     Debe ser algo parecido a lo que sintió el Piola cuando le derrumbaste, a patadas, la puerta del rancho. Te falló en un bagayo gordo y te alcanzó con que el doctor te dijera «a él, pardo, ese coso no puede andar suelto, pero lo tenemos que sacar de encima nosotros, ¿entendés pardo?, es una cosa muy privada, y mañana, en los diarios debe quedar como un puterío entre maleantes, después nadie se acuerda de la muerte de un coso de éstos». Vos fuiste, claro, no te iba a importar que, cuando tenían diez años, robaban naranjas en las chacras cercanas del Cantegril, ni que persiguieran gallinas distraídas por las calles de barro, que algo había que comer. Tampoco te importó que las primeras pilchas decentes que usaste en la milonga te las pasara el Piola, que las primeras pungas en pareja las hicieran juntos, como cuando entraban juntos en el área rival vos de centre-half metedor y él de puntero zigzagueante. Todo eso era lejano y no rendía. Ahora estaba, deshecha a patadas, la puerta del rancho, y es jodido que les había fallado, dejando en banda un bagayo de cinco millones. Ese jodido no iba a progresar nunca. Se le veían en el gesto de terror que ostentaba su cara paliducha, cuando se sentó, desnudo y sorprendido, en la cama, cuando amagó, antes que lo miraras fijo, a tomar el revólver del cajón de la mesita de luz. Y todavía se permitía el lujo de estar encamado con una puta barata, que vos sabías que caminaba, aunque ella no te conociera, por eso le perdonaste la vida. Pero a vos no, jodido de mierda, dale, levantate. Y lo mirabas con sonrisa de bronca mientras le obligabas a salir desnudo, a pleno campo, y dale caminá, arrastrado.  Te complacía verlo temblar —frío, miedo— mientras comprobabas en ese cuerpo blanco, tembloroso, gastado, a un tipo muy distante del que pungueaba con vos en pareja o te metía el pase desde el palo del corner para que vos patearas y la metieras entre las piolas. Eso te lo decía, te lo gritaba en voz bajita, te lo lloraba el cagón, creyendo que tu memoria lo iba a salvar, pero, seguí caminando desgraciado. Cuando la luna iluminó plenamente su espalda desnuda, cuando sus pasos fueron cada vez más cortitos, extrajiste el revólver con silenciador y lo semivaciaste en ese cuerpo ajado, flaco, prematuramente viejo, desnutrido. Tu zapato —lleno de polvo y barro— endorsó el cuerpo del Piola y ahí te mandaste la última broma: le metiste un balazo entre las piernas «para que no hagas porquerías». Miedo. Como tenía miedo esa prostituta, que ya se había puesto el vestido —¿verde?— con rapidez profesional, mientras se te quería escapar del rancho. El miedo se lo viste en la cara despintada, en el hedor a perfume de contrabando, cuando le tapaste la salida con tu inmenso cuerpo, cubriendo el vacío que dejó la puerta del rancho. Sin decir nada la fuiste empujando hacía el auto, metiéndola finalmente, adentro. Te acordás bien lo que le dijiste «rata, ahora te encamás conmigo toda la noche y después no entrás más en este barrio con ningún atorrante de aquí por más guita que te ofrezca y así vas a poder yirar tranquila, a este coso no le pasó nada, ¿entendés?, porque si le pasó algo a él a vos también te va a pasar». Se rio nerviosa, asintió, mientras se estrechaba contra tu pecho, cuando conducías el auto hacia la casa de citas. Gran fiesta: esa puta cogió como en sus mejores noches. «Y ahora desaparecés, atorranta».
     Esos dos sintieron miedo, como vos ahora en ese cuarto blanco, sin Rosa ni Cecilia, con tus ojos entrecerrados, con una tela que los cubre, como si ellos también estuvieran enyesados. Por eso ya ni siquiera ves las paredes blancas y apenas intuís que alguien se acerca. Entonces deberías gritar perdón, pedir perdón, hacerte entender, explicarles que tenés fuerza, que alcanza con que ellos te levanten de esa incómoda posición para que vos puedas caminar, puedas volverte a sentir seguro, devuelto al hogar, comentándole a Rosa y Cecilia que todo fue una broma de mal gusto, que hay que festejar la resurrección con una buena cena en esos bonitos lugares donde, a veces, las llevabas, y que Rosa deje su amargura de lado, porque vos estarás vivo, porque a ella nunca le faltará nada, que Cecilia no muestre su carita enferma, sin vida, ni destroce las miguitas de pan, ni te mire con odio y limpie, por fin, esa lágrima, para no terminar escapando de la mesa como en un acceso de terror, que estamos rodeados de gente importante, con ustedes nunca se puede salir tranquilo.

     Pero no, no se lo podés decir, porque nadie te arranca de esa posición horizontal. El cuerpo blanco que se acerca —una enfermera, supongamos— prepara, con su gesto profesional, una jeringa, mueve sus manos eficaces, no escucha tus palabras que nacen de tu garganta, y, descubriendo una zona limitada de tu brazo, donde se encuentra la vena, introduce la aguja con fuerza, hasta que el líquido te penetra, te refresca, porque ya casi no sentís dolor, no sentís. No vienen a levantarte. Es sólo una inyección, ni siquiera dolor. Dolor.

Aquellos también se desmayaban de dolor, pero la inyección servía para otra cosa, para mantenerlos vivos, aparentemente lucidos, para que, en un principio, vinieran las preguntas suaves, convincentes, hechas para ablandar, y cuando el tipo no se ablandaba venían los golpes, las amenazas gritadas por cualquiera sentado detrás del escritorio destartalado, rodeado de «tiras» expectantes, ansiosos de meter el primer trompazo, el más duro, el más fuerte, el decisivo acaso. Pero allí estabas vos, parado, mirando desde lejos, con la impunidad que te daba la tarjeta plastificada, la que te atribuía la noble condición de velador de la patria, de las instituciones. Estabas vos que, en un principio, no mirabas ni pelo ni marca, pero que, con el tiempo, te enseñaron a distinguir entre comunistas y tupamaros, entre gremialistas y subversivos, entre machos y hembras casi, te enseñaron a distinguir, animal.
     Te enseñaron tipos que hablaban inglés y que tenían caras inteligentes, para que supieras cómo se iba a desarrollar la tortura, cuánto tiempo iba a durar, si era a muerte o no, porque vos no sabías nada de eso, vos sólo sabías meter mano y todo era igual, uno dos, uno dos, al estómago, al hígado, unas cuantas patadas en los huevos a los hijos de puta que te bajaban de los carros celulares —eso ya, cuando vos eras jefe— y a los que vos esperabas, con tus bigotes anchos, con tu dentadura picada, con tu aspecto de lumpen venido a más, con tus tics de boxeador guapo, amigo de presidentes y maricas.

     No te asustaban las amenazas, qué te iban a asustar. Por algo el doctor te metió en Jefatura y te dijo que allí no tendrías problemas. Ya no estabas para ladroncitos de poca monta, porque la cosa política venia brava y allí se necesitaban machos como vos, valientes, sin escrúpulos, dispuestos a liquidar a n subversivo de éstos —eso cuando se formaron los cuadros parapoliciales: tus recompensadas horas extras— en cualquier lugar de la costa, en la rambla, en el mar o entre las rocas, aunque fuera, que bien conocías el terreno por aquellas largas esperas en otras guardias parapoliciales, esperando a los prohombres del régimen que tenían sus fiestas privadas porque «nosotros, los hombres públicos, también tenemos derecho a divertirnos, con discreción, naturalmente», como decía el doctor aquella noche de maricas y de verano en la que vos fumabas en la costa, con una putita que les habían distribuido a cada uno, junto con los dulces, los sándwiches y la bebida. Y tenías una bella pendeja, muy cachonda, que te hacía de todo y mozos que les traían la comida y el whisky hasta la arena, mientras los hombres públicos —o putos, como dijo el Toto— cantaban y reían a una cuadra del mar, a una cuadra de tus coitos, de besos sucios, de los sándwiches, de esas pendejas que sólo habías visto en revistas pero que ahora, en el cambiazo, eran todas tuyas a la orilla del mar.
     Una de esas noches te sorprendieron las luces del auto del doctor, que se encendían y apagaban casi con furia. No vacilaste en dejar a la muchachita con las piernas abiertas y a los otros con la mirada absorta. Corriste, pues, perro fiel, a la llamada del amo. Cuando llegaste al automóvil lo viste —como siempre en el asiento trasero— llorar y ordenar que lo llevases a casa. Metiste la primera y lanzaste el coche por la serena calidez de la costa. No preguntaste —es no era tu función— y no pensaste mucho cuando te dijo que no deseaba ir a la casa familiar sino al apartamento privado que tenía en el centro. Nunca lo habías visto así, tan débil, indefenso, enfermizo, desamparado, en fin.
     Cuando subían por el ascensor se te arrimó sin vacilaciones, mientras echaba encima de tu pecho todo su cuerpo blancuzco. Sus manos babosas desabotonaron tu camisa y sus labios gruesos y untuosos comenzaron a besarte y poco a poco fue descendiendo hasta que lo viste arrodillado frente a vos, desabotonando ahora el pantalón y arrancando casi, con voracidad de fiera, tu miembro. Fue todo tan rápido que no se te ocurrió pensar nada, sólo que eras más fuerte, que debías cotizar esa fuerza definitivamente. Por eso, cuando el ascensor se detuvo en el séptimo piso le golpeaste el mentón de un rodillazo hasta que el labio comenzó a sangrar. Lo levantaste con toda tu fuerza, lo arrinconaste contra un ángulo y luego de una cantidad de cachetadas —que gozaba con una sonrisa nerviosa— empezaste a besar sus mejillas rosadas —y no te dio asco—, a meter tu lengua en su boca reseca, alcoholizada —y no te dio asco—, a tomar su cabellera sedosa entre tus manos ásperas —y no te dio asco— y, en ese acto final, él se abrazó de tu cintura, mientras apoyaba su cabeza sobre tu camisa entreabierta y te pedía en su total debilidad «llevame a la cama, pardo, por favor», obviando un mundo de sobreentendidos que nunca te cuestionaste, menos ahora en que tu fuerza crecía, en que todo tu poder se ejercitaba en esos duros golpes de tus manos rugosas sobre su rostro pulposo, levemente ensangrentado, que no vacilaste en sostener dentro de la pileta, ya en el baño, semidesnudos, ya en el apartamento privado.
     Luego no te costó mucho llevarlo a la cama —cuántos sucios o sucias como vos se habrían puesto, ahí, debajo suyo-, desnudarlo lentamente, para quedarte luego boca arriba, mirando el techo, con tu miembro semierecto, con su boca en él, hasta que apagó la veladora, puso en posición flagelable su dócil trasero y llevó, con sus manos pulposas, tu pene hasta el orificio que le penetraste sin asco ni piedad, mientras él daba alaridos y vos transpirabas. Lo que sucede

—¿recordás?— es que se movía tan bien esa putita vieja recalentada, que, descubriste en esa noche insólita la facilidad de abrazar sus falsos senos y en uno de sus tortuosos movimientos le vaciaste tu semen que le llegó a las entrañas más ocultas, según su grito de puta desenfrenada, el doctor. La inyección había cumplido su función. Porque, luego de un instante de tenerte dentro suyo, encendió la veladora para mirarte con ojos deformados de marica alegre mientras derramaba su sangre y sus lágrimas sobre tus labios. La inyección, pues, había cumplido su efecto y ahora era el descanso. El descanso.

     El descanso es el mundo de los sueños, de los sueños muy vagos, muy lejanos, sin gritos de torturados, ni llantos de mujeres jóvenes, ni balaceras, ni redadas, ni picanas, ni entrenamientos con inspectores expertos.
El mundo del relajamiento muscular, mental, en el que los sueños se atropellan muy lentamente, sin golpearse, sin hacerte vivir cosas infelices que torturen o, simplemente, te recuerden que estás allí abandonado, agónico, pero sobre todo solo. Esos sueños tan lánguidos, tan refrescantes, tampoco te proponen la vana idea de abandonar esa postura cómoda y laxa en la que estás envuelto. Definitivamente envuelto. La inyección tiene sus efectos como el gradual despegue de un avión que te hace recorrer diferentes presiones, como una calle desierta con algún farol encendido a punto de morir y una llovizna que no moja, como una caña bebida recostado en un mostrador de madera olorosa, con olor propio, quiero decir, y distante. El mundo de los sueños del que no querés salir, porque los pedazos de vida te vienen dulces, agudos como alfileres que apenas rozan tu piel, no como brasas de cigarrillos apagadas en las espaldas de aquellas jovencitas delgadas con quienes tú y los muchachos se ensañaban cuando tenían carta blanca para el bien, para el mal. Tú, siempre, elegías el mal, qué más remedio, en eso estabas, además redituaba y ya no hay tiempo de preguntarse cuántas cosas te fueron conduciendo allí.
     Pero no importa, ya no, porque ahora está el sueño, el dulce entredormirse que hace tanto tiempo no gozabas. Solo ahora lo comprobás y vale la pena aferrarse a él, al dulce olor a mar que viene junto al incitante aroma de tormenta y peces muertos que te reconciliaban con un mundo parcialmente tuyo: la casa del Buceo —porque ya los ranchos habían sido demolidos— donde te acostaste por primera vez con Rosa, con su cuerpo blanco, fresco, sin moretones aún. Podías dejar tu revólver lejos de allí, porque ése no se te aparece como un momento de violencia, porque deseás pensar que en el medio de la noche apareció Cecilia, delgada y alegre, en el cuerpo de Rosa, entre un aroma de acacias movidas por el viento y piernas serenadas por el temblor de tus manos, esa noche que se detiene flotando cercanísima en el medio del sueño, al cual llegarán rápidas pero respetuosas otras noches, con pescadores silenciosos, sentados en pequeños banquitos de madera sobre la arena empapada, entre los humildes faroles encandilando el mar, con algún brevísimo grito de algarabía que apenas alertaría a los peces en su nocturna y ritual derrota. Noches de pescadores, noches muchas, monótonas, bellas, con el chico que no conoce, aún, su destino de policía, tira, milico, chivato, mientras alcanza recipientes —abolladas latas de aceite— semilleros de agua salada, carnada fresca y jugosa con alguna alga entrometida en el medio. Luego son manos ásperas y cálidas que acarician la cabeza del pardito descalzo, que luce orgulloso la camisilla de su equipo preferido, levemente rasgada en el espaldar, y un pantaloncito oscuro, de color indeciso, de color carnecita sucia e irresponsablemente magullada, escuálida pero feliz.
     Debés dejar entrar a Cecilia que tan tímidamente lo pide, sin un gesto, bailoteando en el balancín de mimbre, con la misma blancura de su madre, con el color de Rosa, con las acacias movidas por el viento, entre las que se escabulló una sonrisa que no sabés si es de perdón, de ironía, de tristeza, o simplemente de mirar por primera vez al padre. Debés optar por la amnistía que significa esa sonrisa igual a sí misma, llevarla al parque de diversiones, verla en su vestidito rosado, montando aquel pequeño caballo adornado de petates rojos y amarillos con los que deseaba jugar Cecilia, aunque sus manitas no alcanzaran. Recogerla luego, llevarla en tus brazos a otros juegos: ruedas giratorias, carros guiados por control remoto en los que ambos simulaban acciones físicas, mientras el cuerpecito de Cecilia, oculto en tu pecho, mientras los carros nunca llegaban a golpearse sino que una fuerza de repulsión, que Cecilia no entendía, los apartaba hacia la luz, hacia la salvación, hacia tu mano protectora que la transportaba, luego, a la calesita y, finalmente, al tren fantasma, donde gritaban juntos, donde reían nerviosamente juntos, ante aquellas macabras escenas luminosas que aparecían de golpe, en medio de aquel útero oscuro que era el miedo, el terror por cinco minutos, la frescura de Cecilia cerrando los ojos ante el espanto de aquellas figuras que siempre representaban la muerte pero que nunca los llegaba a tocar, porque al salir del útero oscuro está la luz, el grito nervioso de los chicos, la fiesta de helados, de azúcar quemada que se soplaba al aire, refrescos entre el viento del atardecer que los fue llevando con los últimos remotos pájaros a otro sueño, después de la tarde preciosa, de la tarde Cecilia, a otro sueño.
     Pero todavía, inyección sabia y última, te podés afincar en éste, en la fiesta familiar de empanadas y cerveza, en el vestido blanco y cursi de Rosa, simulando su gordura sin pretextos, tus bigotes enérgicos, tu atuendo solemne y azul, tu corbata gris-perla, como la de los ministros, como las que usaban en las fiestas que miraban desde fuera, los abrazos, los gritos de alegría, los llantos previsibles, las canastas de flores que al anochecer ya se habían tornado mustias, el empapelado de la casa de la tía de Rosa, las bromas groseras, las gravas del terreno manchado de vino, algún clavel sucio y pisoteado, las infaltables canciones de moda, los manteles de nailon, la imponencia de la carne asada sobre brasas y herrumbre, los tíos borrachos, la luna menguante, tranquila como esta Rosa iniciada ya en algún moretón, Cecilia jugando con los chicos, sintiéndose feliz de ver casar a sus papas y gritándolo ingenuamente, entre risas guarangas de cuarentonas vulgares —ya sí, ya sí— la presencia de algunos tiras que empiezan a proteger tu seudo importancia, pero alcanza con pegar algún tinguiñazo y echarlos al diablo, que ya son las doce y hay que meterse en el imponente automóvil alquilado, esquivando numerosas rondas de vecinos, amigos, parientes, borrachos, chicos, seres felices, irresponsables, Cecilia, enredaderas, claro de luna con paquetes de arroz que impiden la salida, mientras los granos se introducen en los cuerpos transpirados, mojados, áspero, que sólo se verán satisfechos al presenciar procaz y suciamente la intermitencia de besos que suceden en el automóvil iluminado que arrancará finalmente, dejando las rondas que bailan en la calle asfaltada, manchada de cerveza, de vino, de indecencia, hasta llevarlos a la casa del balneario donde cumplirán la otra parte del rito, alejados, tristes, rencorosos, con la antestésica felicidad que imprime el alcohol y los cuerpos de verano, castrados de Cecilia, pero además sin acacias movidas por el viento. Porque eso ya está en otro sueño. Claro, en otro sueño.

Este sueño parece querer abandonarte, aunque te resistas, evitando mover el brazo o la pierna que amenazan despertar, rechazar la fecunda obturación de la anestesia que ha dejado mover sólo tu mente. Pero el terco orificio de la memoria te ofrece, ahora, sólo relámpagos luminosos, crueles, sirenas lejanísimas, metralletas febrilmente empuñadas, cacerías, ratoneras, balazos por la espalda, que te llevaron a una feroz carrera ascendente o aquel adolescente malherido, con su pierna quebrada y sangrante, que había arrojado su arma de caño corto y al que ordenaste quemar por todas las balas de tus mastines ciegos, que también querían escalar hasta llegarte.
     La Policía te había prestigiado mucho. Ya no eras un vulgar perseguidor de delincuentes comunes —con los cuales te entendías muy bien—, eras el jefe, el inspector, el amo de una brigada siniestra y negra que ya tenía nombre propio y se mencionaba con terror cuando tu veloz coche negro —de fajina, claro—, sin chapa identificatoria, devoraba, irracionalmente, el asfalto, imponía su presencia letal, por sus ventanas emergían relucientes caños que atronaban las calles, vulnerando puertas, ventanas, cristales, muchachos, mendigos. Y ustedes siempre amparados por un poder enfermo y vicioso que, en su vacilación, en sus contradicciones, apelaba a juglares del odio y del resentimiento, como vos, que estabas gozosamente —sádicamente— dispuesto a cantar cualquier canción de venalidad y muerte.
     Por eso es en vano que intentes recobrar el sueño, por eso es absurdo que trates de serenar tus manos y piernas quemadas, baleadas, amortajadas por una venda cada vez más roja, como antes era en vano que tu fiebre criminal se detuviera en aquellas noches largas en tu «SS» southamericana, con jóvenes mancilladas, obreros castrados, piernas y brazos quemados, toneles de agua donde se introduce la cabeza de la víctima hasta alcanzar el límite con la asfixia, hasta revivirlo y volverlo a introducir hasta que eras vos quien quedaba agotado, enrojecido, insatisfecho, y comenzaban tus puñetazos, tus patadas, a deshacer todo lo que tuviera aliento, lo que se llamara vida. Las sombras te ampararon siempre, la extraña desaparición de perturbadores del orden, la muerte de algún subversivo de quien nadie obtendría respuesta, las amenazas personales, el poder político, el terror, la noche, el asco difícil de penetrar porque es gratuito encontrarle un nombre.
     Pero sobre todo el anonimato, la sólida conciencia de que el sistema no tiene nombres propios. La cobardía organizada también: todo eso te volvía invulnerable. Hasta que llegaron las primeras advertencias, las primeras cartas, las primeras luces que, como un espejo retrovisor, te mostraban la cara de animal estúpido, feroz, cazable en fin. Pero continuabas más irritable e inconsciente, más fácilmente condenado o vulnerable, más miserable acaso. Las torturas se multiplicaban, el auto negro corría a mayor velocidad, expeliendo más balas. Rosa era un estropajo de moretones, lágrimas, vergüenzas y hasta un hilo de sangre llegó a nacer en el labio de Cecilia, como una vertiente que no se detenía nunca, la noche que tu mano la golpeó por primera vez. Pero ya no te arrepentiste. Qué importaba, qué importaba nada, cuando uno corre furioso, seguro, cuando el coche rojo, personal, reconocible, desciende suavemente por la costa en la mañana fría y uno conduce como siempre, equilibradamente y sin despertar sospechas, como un pulcro ejecutivo que iniciará, distraído de cualquier problema marginal, la jornada redituable en su empresa. Uno guía su auto rojo entre otros autos que se le cruzan velozmente, uno enciende el primer cigarrillo del día, siempre por la costa desierta y fría, se acerca a su trabajo, pero uno advierte de golpe, entonces, que algunos autos se le aparean y le compelen a atracar sobre el cordón de la vereda, si no quiere volcar, y advierte también una camioneta lenta que le impide recobrar velocidad, mientras todos, maquinalmente, se van deteniendo, cuando vos te detenés, y bajan de sus autos, se acercan con tus mismas armas y todo intento de defensa es vano, porque ya las metralletas y los revólveres se vacían en tu cuerpo y aunque uno quiera ser un héroe del cine de los twenties, en vez de la basura que realmente es, sería aferrarse a una idea estúpida, porque ya todo es sangre, olor a carne quemada, chamuscada, podrida, y aferrarse a otra idea que no sea esa realidad es gratuito, como lo es ahora aferrarse al sueño a la anestesia que ya no sirve, al sueño en la sala vacía en que el hombre estira el brazo para poder levantarse pero parece que se le rompe y en una nueva locura en la sala de soledad, estira la pata para poder caminar, pero es en vano. Estira la pata, y es eso, así, sólo eso, vulgar, sucio: estira eso, la pata.
     Estira la pata.
     La pata.

 

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