Yo he sido siempre un inconforme

Melitón Barba entrevistado por Jaime Barba y Ricardo Roque Baldovinos  
 

    A los setenta y dos años, Melitón Barba sigue activo en la escritura y en la práctica de la medicina. Confiesa que su vida ha estado marcada por la lucha contra sucesivos enemigos: la dictadura militar, el conservadurismo de la profesión médica nacional y, ahora, la hostilidad de ciertos círculos literarios que lo perciben como un advenedizo. Cuando, urgido por un grupo de amigos, publica Melitón Barba su primer libro ya no es un joven. Tiene 58 años cumplidos. Desde entonces, sin embargo, su obra ha ido crecienedo en calidad y en volumen, al punto que, al menos en el género cuentístico, sus títulos pueden compararse con los de literatos de toda la vida. Melitón Barba ha publicado seis colecciones de cuentos -entre los que destacan Puta vieja, Cartas marcadas, Hermosa cosa maravillosa- y un relato semi-autobiográfico, Alquimia para hacer el amor. Tiene otros proyectos en el tintero que comparte en esta conversación.  
    Melitón Barba responde con franqueza y entusiasmo a todas las preguntas, especialmente a las referentes a sus cuentos y su pasada militancia política. Se muestra, sin embargo, un tanto decepcionado al hablar del estado actual de las letras salvadoreñas. Lamenta la indiferencia de los escritores ante la tarea de abrir espacios de comunicación con las nuevas generaciones. Por su parte, añora participar activamente en talleres de lectura y creación de cuentos dirigidos a los jóvenes.  

    Hay una cuestión que nunca se ha expresado explícitamente al hablar de Melitón Barba, el escritor, y es su trayectoria política. Es una cuestión que tiene que ver mucho con su obra cuentística porque en ella hay mucho de su vida personal, de su vida de médico pero, sobre todo, de la vida de alguien en permanente lucha contra los regímenes autoritarios del país. Hay una actitud de perenne rebeldía que se palpa en todos sus cuentos, hasta en los últimos que sólo usted. y yo conocemos -porque están inéditos-. Hablando cronológicamente, su actividad política antecede a su obra literaria, porque su ingreso a la vida literaria es -como sabemos- más bien tardío. ¿Cómo se inicia Ud. en esa vida pública que habrá de hacerlo transitar de la política hacia la literatura? (Jaime Barba)  

    He vivido la época más turbulenta de la historia de este país. Cuando estaba terminando el bachillerato, en cuarto curso, fue la caída de Martínez. Dentro del Instituto Nacional se formó un comité, de cuya directiva formé parte. Todos decían: «hay que botar a Martínez». No sabíamos muy bien por qué, pero sentíamos que había que botarlo. Nos sumamos a las manifestaciones y se botó a Martínez. Al poco tiempo llegó otro dictador, Osmín Aguirre. Ya  |para entonces, nos tenían detectados los grupos universitarios de oposición, y unos dirigentes nos dicen: «Vos has estado en el Instituto. Vos eras de la huelga. Vos podés manejar el fusil. Estamos organizando una guerra desde Guatemala». Yo respondo que eso de matar no va conmigo. Entonces me dicen: «Te vamos a meter por lo menos para que nos enseñés a manejar fusil».  

    En el Instituto, podían manejar fusil porque tenían régimen militar… (JB)  

    Mis cinco años en el Instituto fueron de formación militar. Allí hablábamos de mi teniente, de mi capitán y mi no sé qué. Pero volviendo al movimiento contra Aguirre, se formó un grupo de jóvenes, del Instituto y de muchos otros colegios. Había también muchos obreros. Hubo, incluso, militares, los que se habían rebelado contra Martínez y que lograron salvar la vida porque escaparon. Todos ellos se sumaron al movimiento y se fueron a Guatemala. Había entre todos nosotros ese entusiasmo de ir a Guatemala para botar a Osmín Aguirre. Mi grupo sale para allá pero nos capturan en Santa Ana. El viaje era por tren, pero ya en esa ciudad estaba la policía. Llegaban todos los cipotes. Los policías nos preguntaban: «¿Y vos para dónde vas?» «A Guatemala» «No, venite». Entonces allí lo bajaban a uno y lo detenían… Fue una invasión muy cruel… Murieron bastantes muchachos. Hasta un hermano de Hugo Lindo murió allí. Esas fueron las vivencias de mi generación, vivencias de esa violencia. Nosotros que habíamos estado cinco años adentro del Instituto Nacional sabemos lo que son los militares. Algo de eso digo yo en Alquimia para hacer el amor… Poco después, entré a la Universidad donde ya la agitación era mayor porque acababa de ocurrir el golpe del coronel Osorio en el 48. Uno iba entrando a esa agitación universitaria o se quedaba aislado. Poco antes de eso, el rector de la Universidad, el doctor Carlos Llerena -que ahora me doy cuenta que era un buen rector- había decidido reelegirse. A nosotros nos acababan de enseñar aquello de «sufragio libre, no reelección». No eramos capaces de medir que la Universidad es otra cosa. Como ese era el estribillo -«sufragio libre, no reelección»-  se formó un movimiento universitario en el que luchamos para que Llerena no se reeligiera y otra vez volví a estar yo en medio de eso. Mi caso era singular por que los estudiantes de Medicina siempre habían sido más conservadores. Pienso yo que lo eran porque venían de familias acomodadas. Las familias de los médicos de antes eran gente pudiente. Así, en toda la Facultad de Medicina éramos seis los que participábamos en el movimiento. Uno de sexto, dos de quinto, uno de cuarto, y  dos de tercero -nosotros-. Los dirigentes del movimiento nos ponían en puestos clave. En ese movimiento yo era nada menos que el locutor, el que iba a la radio a leer discursos y proclamas. Por supuesto, ¡me hice una de enemigos!. Todos conocían mi voz… Toda esa experiencia de lucha nos llevó -más maduros y la dictadura en pie- a enfrentar una decisión. En esa época o se era del partido de gobierno o se era del Partido Comunista…  

    Pero usted no llega a militar en el Partido Comunista. Aquí surge una pregunta lógica ¿por qué no fue miembro del Partido Comunista, si usted era amigo de los dirigentes de ese partido, y en ese entonces era casi inmediato el paso de oposición a la militancia en el Partido Comunista? (JB)  

    Aquí creo que pesó la herencia de papá. Papá era un republicano español, comecuras y creo que más que republicano era un anarquista. Yo quizá me identifico con su forma de vivir la vida. Algunos compañeros eran militantes del Partido Comunista. Pero en esa época había mucho fanatismo. Entonces ellos se volvían fanáticos. Si caminando con ellos, saludaba a algún amigo, me reclamaban «¿Y por qué lo saludaste si es un enemigo?» «No hombre», les decía, «enemigo mío no es». Un día, uno de mis hermanos me llevaba en un su carrito y le dije a uno de estos compañeros «Venite, te vamos a llevar». «No», me dice, «yo no soy burgués para montarme en un carro». Entonces me decía a mí mismo: «Hombre, yo ser del Partido así, no».  

    ¿Lo buscaban? (JB)  
   
    Sí, porque yo era muy amigo de Raúl Castellanos, secretario general del Partido Comunista. Con Raúl había estudiado kindergarten y primer grado y esa amistad infantil seguía viva. Entonces con Raúl nos visitábamos como amigos. Raúl me invitaba a ingresar al Partido, pero yo me negaba. Por entonces, a mediados de los sesenta, nace la idea de crear una organización que sea de izquierda pero diferente. Ahí nace el MNR.  

    Ya que hablamos del MNR, sabemos que usted fue muy amigo de Ítalo López Vallecillos. ¿Sería exacto afirmar que su amistad se fundaba en lo político? ¿Compartían también afinidades en lo literario, en lo artístico? (Ricardo Roque Baldovinos)  

    Esa pregunta suya me gusta. Una vez lo dije en algo que escribí de mi amistad con Ítalo. Mi amistad con Ítalo -a pesar de que yo era algunos años mayor que él- se forjó en la Universidad. Yo escribía artículos y ensayos en el diario universitario y, así, fue naciendo la amistad con Ítalo. Poco después, Ítalo fue director de la Editorial Universitaria. Dos o tres veces por semana, antes de ir al hospital, bajaba yo a tomar un café con Ítalo a una cafetería llamada «La Familiar». Allí llegaban muchos intelectuales a conversar con él. Conocí a Pedro Geoffroy Rivas y a otros. Me bullía la cabeza cuando ellos hablaban de literatura. Ítalo era un hombre extraordinario. A su casa llegaban muchachos, poetas que le llevaban los textos para que los leyera. Jamás vi que sacara a nadie con las cajas destempladas. Inmediatamente se iba a su biblioteca y tomaba uno, dos, tres libros de los anaqueles y, sin conocer a los muchachos, les decía: «Lleváte estos libros. Leélos. Usá diccionario. Cuando ya los hayás leído, venís. Entonces me traés los poemas que has escrito». Ese era Ítalo. Claro, después sufrí muchas decepciones al conocer otros intelectuales: egoístas, roñosos, gente de la que ni vale la pena hablar… No hay comparación con Ítalo que realmente era un intelectual de primera, con un corazón tan grande para ayudar a los que se iniciaban. Yo, por mi lado, me inicié ya viejo, pero eso no quiere decir que no me inicié. Ítalo fue entonces muy generoso, me prestó libros. Me hizo leer poesía porque Ítalo me decía que tenía que leer poesía. Cuando me reuní con mis amigos, allá por 1979, para mostrarles mis cuentos y que me dijeran si debía botarlos o publicarlos, al primero que se los mostré fue a Ítalo, que insistió en que había que publicarlos. Le pedí que me los corrigiera, pero me respondió: «Vos los vas a corregir después. No quiero meter la mano. Dejálos decantar un tiempo y después los corregís vos. Yo te señalo los errores».  

    ¿Fue por esos años que comenzó a escribir literatura? (RRB)  

    Me imagino que se refiere a la literatura de ficción, porque ya antes había escrito un libro de medicina y varios ensayos. Pero entré después a la literatura de ficción porque sentía una necesidad de decir algo. Algo contra un estado de cosas que me tocó vivir desde 1932 y porque siempre rechacé la dictadura de los militares… Pero creo que escribo porque, incluso como médico, yo he sido siempre un inconforme. Y, por ello, he sentido una necesidad de expresarme. Todo eso se venía acumulando en mí hasta llegar ese momento en que reuní a mis amigos -Ítalo, entre ellos- y les leí lo que había escrito. De ahí, prácticamente sin modificaciones, salieron muchos de los cuentos que integran Todo tiro a Jon… un libro que al leerlo retrospectivamente caigo en la cuenta de que contiene principalmente denuncias. Eran denuncias de aquel estado de cosas, de la dictadura, de la miseria,…  

    ¿Por qué elige el género cuento? ¿Por qué le parece el género idóneo para darle cuerpo literario a su protesta contra esos hechos y ese estado de cosas? (RRB)  

    No sé… La verdad es que, por entonces, no tenía la menor idea de cómo se hace un cuento… Unos treinta años antes, mientras hacía mi servicio social, había escrito mi primer cuento sin saber muy bien lo que escribía…  

    ¿»Tucsonville»? (JB)  

    No… de una chica que tiene un aborto y me impactó mucho. Yo era el médico y no pude hacer nada por ella, que murió a consecuencia de un aborto provocado. Entonces quise hacer un relato -debió haber sido espantoso-…- pero se me ocurrió que hacer un cuento era fácil, porque, ya le dije, no tenía ni idea de qué era un cuento, de cómo se hacía… Es hasta después que hago los primeros cuentos que comienzo a buscar en la literatura qué es un cuento, cómo se arma, cómo es el cuerpo, el final, etc…  

    Hay otro relato que usted no ha mencionado y se nos perdió, «La celda No. 9» (JB)  

    Ese podría ser un antecedente de los cuentos y es el relato que hago yo de cuando estuve preso con otros compañeros en la Policía Nacional. Y es que después de estar en la Guardia, donde me habían metido en una especie de perrera, sin ver a nadie, por tantos días, al llegar a la Policía me sentí en el paraíso. En la Guardia sólo me llevaban la comida, estaba totalmente aislado, desnudo. Cuando -a mí y a mis compañeros- nos sacan de allí y vimos a montones de ladrones, los barrotes, la gente, sentimos una inmensa alegría. Pensamos: «¡Ojalá que me dejen aquí toda la vida!». Ya sabíamos que si nos habían sacado de ese infierno de la Guardia ya se vislumbraba una salida, la más probable era que nos sacaran del país.  

    ¿Hay algún cuentista que, desde el principio, le haya servido de modelo? (RRB)  

    Tal vez Maupassant… que era de los cuentistas que yo leía por entonces. Porque cuando decido publicar mi primer libro ya había leído algunas cosas. Al principio mis modelos eran, además de Maupassant, Poe, algunos libros de aventuras de Jack London. La influencia latinoamericana la siento hasta después.  

    ¿Qué era lo que más le atraía de Maupassant? (RRB)  

    Los personajes femeninos, los problemas amorosos que siempre me han atraído. También me interesaban los libros de aventuras de Jack London que realmente son sorprendentes…  

    ¿Hay algún aspecto de la técnica cuentística de Maupassant en el que usted se reconozca? (RRB)  
   
    Cuando yo era un lector asiduo de Maupassant, no tenía un concepto claro de lo que es cuento. No me fijaba en sus técnicas, sino en lo agradable de su lectura, en la aventura, en el romance… Pero no tenía aún ningún concepto de la técnica de cómo se hacía un cuento. Eso lo voy adquiriendo después ya con lecturas más meditadas.  

    Usted. menciona que sus primeros cuentos nacen de una necesidad de denuncia, ¿quiere decir esto que suele haber en sus cuentos una vivencia personal que usted luego reelabora literariamente? (RRB)  

    Siempre he sostenido que lo que uno escribe es vivencial. Sea porque lo ha visto, se lo han contado, lo ha leído o porque lo ha sufrido. Todo es como una especie de catarsis. Pero otras cosas son producto del arte literario, son puramente ficción como cuando uno trata de burlar las expectativas de los lectores u otros oficios parecidos… Pero, primariamente, todo es vivencial.  

    ¿Podemos decir que de Todo tiro a jon Cuenta la leyenda que tenemos la etapa en que predomina la denuncia, donde los juegos literarios son menores? Porque en Olor a muerto ya hay algunos textos, con el que le da el nombre a la colección, «Carpa de circo», «El vitalar traquelúbrico», donde ya no hay una intencionalidad política explícita sino que se trata de jugar con la imaginación. ¿Es cierto que hay una primera etapa antes de llegar allí? (JB)  

    Creo que sí. Por eso decía que los primeros dos libros los hago para explotar, para sacar lo que tengo dentro. Después, los cuentos de colecciones posteriores, van saliendo pero no con intencionalidad de hacer un relato de denuncia o de carácter fantástico, siguiendo determinadas reglas. Estos cuentos van saliendo -como salen- alimentados por nuevas lecturas ya con propósitos claramente literarios.  

    ¿Cuáles serían las lecturas de esa segunda época? (JB)  

    En esa época yo estoy leyendo ya a muchos autores latinoamericanos. Leo mucho a Jorge Luis Borges, por quien he sentido admiración desde siempre… También a Julio Cortázar y, por supuesto, a Gabriel García Márquez.  

    Quisiera que habláramos de algunos de sus cuentos más conocidos y mejor logrados como «El lecumberri». ¿Qué historia hay detrás de ese cuento? ¿Se esconde detrás de él algún personaje de la vida real? (RRB)  

    Volviendo a lo de las vivencias… cuando yo era niño, vivía con mi familia cerca de la Penitenciaría Central y una de las formas de diversión de los niños era visitarla los domingos. Nos dejaban entrar y nos íbamos a platicar con los reos. Pasaba uno al lado de aquellos a quienes llamaban «los rematados», que eran los que ya estaban cumpliendo una condena. Allí había marimba y los reos tocaban la marimba. Para nosotros ir a la penitenciaría era como entrar a un cine… Por entonces, hubo un crimen que impactó a toda la sociedad salvadoreña. Tres delincuentes conocidos como el Pabellón, el Catrín y Magaña asesinaron a un par de ancianos y creo que les robaron un colón porque no tenían más. Aquello fue un escándalo. Estando dentro de la penitenciaría, el Pabellón, que era el principal inculpado, cayó enfermo -con los años, me vine a dar cuenta que lo que este hombre tenía era paludismo- y ,¡cosas inverosímiles, los de la penitenciaría comenzaron a cobrar cinco centavos a los niños y quince centavos a los adultos para ir a verlo. Pabellón estaba acostado sobre una cama, rodeado de todo el público. El hombre se sacudía de los fríos y de las fiebres. Siguió así hasta morir. Pienso que fue una manera de fusilarlo antes de llevarlo al paredón. Entonces ya con los años, levantando recuerdos, me di cuenta que no había escrito un cuento sobre la penitenciaría. Saqué el cuento de estos personajes y sale «el Lecumberri». Bueno… también está inspirado en los burdeles de Puntarenas, en Costa Rica.  

    Es de su estancia en el 72, cuando lo exiliaron, después de la intervención militar de la Universidad de El Salvador… (JB)  

    Sí, estuve exiliado allí. En Puntarenas, como lugares de diversión, había: un cine sin aire acondicionado y donde sólo pasaban películas de Pedro Infante y Libertad Lamarque; un lugar donde se jugaba lotería con granos de maíz… El resto eran cantinas y burdeles. Había muchos burdeles donde se bailaba y todo lo demás… Todos mis amigos médicos -pero todos, allí no se escapaba nadie- después de salir de la consulta en el Seguro Social iban a tomarse una cerveza a uno de estos burdeles. Allí estaba la gente bailando. Muchas veces nos quedábamos a beber o a bailar con las muchachas. Ese es el ambiente natural del puerto, porque esos bailongos usted los encontraba en todos los barrios. En cada cantina que cupiera una rocola, se bailaba y allí llegaban las putas. En el cuento el ambiente está recreado de esos lugares de Costa Rica.  

    Pero la aventura propia del personaje ¿es invención suya o tiene también un antecedente real? (RRB)  

    Tal vez no es ningún caso en especial… Durante mi niñez, San Salvador era muy pequeño, todo el mundo se conocía y en el barrio donde yo vivía muchos de mis amigos eran delincuentes. Algunos de ellos eran ladrones a los que les decían «fichados». Estaban señalados: «Fulano es ladrón, Zutano es ladrón»… Pero eso no quiere decir que fueran enemigos nuestros. Había uno que recuerdo que se llamaba Amadeo que invitaba a los otros niños -él ya era mayorcito- a tomar gaseosas o refrescos. Los mayores nos decían que no nos metiéramos con él porque era ladrón, pero nosotros lo veíamos tan normal. Por entonces era muy frecuente oír que dijeran «anoche acuchillaron a Fulano de tal… tal día mataron a Fulano… Fulano está preso porque le metió la cuchilla a Zutano». La gente misma del barrio que acuchillaba y se dejaba acuchillar forma parte también del entorno de ese personaje.  

    «El Lecumberri» es de Cartas Marcadas, que es el libro, a mi juicio, que marca su maduración literaria. Ya hay en él un estilo preciso que no es de los cuentos anteriores. Tenemos un comienzo impactante, un desarrollo coherente y un desenlace mejor conseguido. Ese estilo es ya un salto adelante respecto a la cuentística anterior… (JB)  

    Sí, pero no es deliberado. No es que yo me proponga hacer un cuento de esa manera. Esta influenciado por las últimas lecturas que he tenido. Es muy probable que yo hubiera estado leyendo a Borges. Borges tiene muchos cuentos de cuchilleros, de muerte, de burdeles… Es probable que toda esa influencia más todas las experiencias que recojo de la niñez, más el pobre Pabellón que se murió hacen todo es menjunje…  

    Hay otro cuento por el que mucha gente pregunta, «Puta vieja». ¿Cómo se fragua ese cuento? (JB)  

    Volvemos nuevamente a la niñez, a la adolescencia. Yo estudié en el Instituto Nacional. Allí íbamos a parar todos los estudiantes de escasos recursos. Llegaba de todo. Cuando tratábamos de enamorar a chicas de colegio, del Guadalupano, del Sagrado Corazón, de la Asunción jamás nos aceptaban. Porque había una clara división de clase. Nos decían «la broza» del Instituto. Porque la verdad es que muchos de nuestros compañeros eran burdeleros redomados y eran gigolos desde cipotes. Teníamos un compañero, que aún muy joven -muy niño- vivía con una señora mayor. Una señora de unos cincuenta años, cuando el muchacho tendría unos dieciséis o diecisiete. La señora lo adoptó como hijo, como amante, le pagó los estudios, etc… Esa es la base del cuento. Luego me inventé que era una prostituta. Pero nace de ese ambiente en que nosotros nos sentíamos marginados. Ahora hay «maras» en el Instituto. Pero ya desde entonces no faltaban los alumnos del Instituto metidos en cualquier pleito después de un partido de basquetbol. Eran los que provocaban los pleitos. Porque todos éramos de barriada y los que no eran de barriada llegaban allí de castigo…  

    ¿De dónde viene ese personaje femenino, con esa psicología, que se complace de ver que el hijo de su antiguo amante obtenga su propia condena? (RRB)  

    Ese compañero que les digo llegó a ser abogado. Ya murió. Y es que aquí salta la cuestión de la denuncia. Cuando escribí este cuento estaba exiliado en Nicaragua. Pensaba que todo el mundo tiene derecho a un retiro, con lo del Seguro Social. Todo el mundo que trabaja llega a una cierta edad en que se retira. Pero las ahora llamadas trabajadoras del sexo, a ellas se les acaba la mercancía que ofrecen en venta. No hay nadie, ninguna organización que se llame organización de protección a las putas. Terminan, como dice el cuento, llenas de llagas, viviendo en la miseria, alcoholizadas… ¿Y quién ve por ellas? Cuando a esta mujer que sigue enamorada de su amante, le rompen la foto de éste, ella mata… A lo mejor, pensando que va a estar mejor en la cárcel, porque allí tiene comida, tiene casa, tiene asistencia médica y la vida miserable que llevaba era deprimente…  

    Pero también hay otra vertiente humorística en su obra. Hay otro cuento «Hermosa cosa maravillosa». ¿De dónde salió ese cuento? (JB)  

    Otra vez regresamos a la niñez, a la adolescencia. Frente a nuestra casa estaba una iglesia, con una casa anexa donde vivían los sacerdotes. Claro, nosotros estábamos despertando a la vida y entre las pocas diversiones que teníamos estaba ir al cementerio, a la penitenciaría, a la iglesia, al puente Araujo. Por esos años, íbamos a la iglesia para ayudar a dar misa porque nos regalaban un vasito de vino de consagrar. Nosotros observábamos a los curas, sus movimientos, las conquistas amorosas que hacían. Saltaba a la vista porque no se cuidaban mucho. Así, fuimos descubriendo que eran tan hombres como nosotros. Esos señores curas nos pasaban hablando siempre de esa lucha entre el bien y el mal; pero veíamos que ellos no eran santos, que no convivían con eso que decían, que había mucha picardía entre ellos. Por eso, en el cuento retomo esa lucha eterna entre el bien y el mal, el cielo y el infierno, dios y el demonio; y me invento un cura que va a ser santo, que tiene vocación de santo, pero lo gana la lujuria, lo gana el demonio, el amor…  

    Su carrera profesional y su modo de vida es la medicina, ¿ha influido en su obra literaria su condición de médico? (RRB)  

    Eso siempre lo he hablado con Jaime y con el grupo de médicos que acabamos de formar una sociedad de médicos escritores. Nos hemos dado cuenta que la vivencia del médico no la tienen los demás escritores. Muchos escritores que no son médicos escriben sobre medicina. La enfermedad tiene un gran atractivo para el escritor. Pero a nosotros cada persona que llega al consultorio y nos cuenta su historia da material para un cuento o una novela. Cada historia es totalmente diferente. Sin embargo, no he escrito muchos cuentos de médicos. Algunas pinceladas en mis cuentos dejan traslucir que soy médico, pero no he sentido -no sé por qué- la necesidad de meterme a trabajar literariamente mi experiencia como médico. A pesar de ello, tengo una serie de historias verídicas, de casos clínicos, que pienso trabajar literariamente. Llevo unos diez casos documentados de enfermedades por amor. Casi todas son nerviosas, algunas de la piel. Algunas de las enfermedades nerviosas han llevado al paciente al manicomio. Uno de estos casos, desgraciadamente no se pudo curar, y el paciente murió. El paciente murió por amor. Todos sabíamos el diagnóstico, todos los especialistas que lo vieron sabían que su enfermedad era por amor, pero el paciente se fue llenando de medicamentos que lo fueron empeorando. Apareció una diabetes, apareció una locura que los llevó a meterlo al manicomio, hasta que murió en cosa de ocho meses. Todo comenzó cuando un día, llegando a su casa, encontró a su esposa con otro y ahí empezó la debacle. Pero se desató la debacle al regresar donde la esposa -al ver que no puede vivir sin ella- yy decirle «Mira, yo te perdono». «No», le respondió, «ya no hay nada que hacer» y ahí empezó la muerte del chico. Tengo diez historias de esas.  

    ¿Ha pensado juntarlas en un libro? (RRB)  

    Sí, haciéndolas ficción porque, además de auténticas, son muy interesantes. La gente dice que nadie se muere por amor. ¡Cómo no! La gente se muere por amor.  

    -¿Nos podría decir algo sobre lo que está trabajando actualmente? ¿Está escribiendo otro libro de cuentos a parte de esas diez historias de enfermos de amor? (RRB)  

    Sobre todo cuentos. Me he dado cuenta que quizá en ese género me siento más cómodo. Sin embargo, también estoy trabajando con material narrativo donde intento rescatar -y para eso le he pedido ayuda a Jaime- al ingeniero Araujo. El ingeniero Araujo fue el presidente que el general Martínez botó. La historia oficial nos pinta al ingeniero Araujo como un hombre adinerado, borracho, parrandero y que arruinó el país. Yo he llevado a cabo un proceso de investigación no sólo por mi simpatía hacia Araujo y mi antipatía hacia Martínez, sino para ver qué hay de cierto en todo lo que se dice. No pienso hacer una biografía histórica sino recoger todo lo de Araujo y novelarlo, descubriendo la verdad. Pero para eso hay que profundizar mucho en toda la época de don Pío Romero y los Meléndez-Quiñónez y la verdad es que tiempo ya no tengo. Por eso, he pedido ayuda. No hay nada escrito sobre Araujo y es una de las figuras que debemos rescatar porque he descubierto que era un buen hombre y un gran presidente, y lo ha hundido la historia oficial. La historia tenemos que cambiarla por medio de la literatura. 

1998

Melitón Barba San Salvador (26 de octubre 1925 – 29 de junio 2001)

Deja una respuesta