SILVINA FRIERA entrevista a LEONARDO PADURA

El hombre que ama a Cuba se define «cubano por los 64 costados». Leonardo Padura, candidato al Premio Nobel de Literatura en 2020, publicó Como polvo en el viento (Tusquets), una novela en la que cuenta la historia de un grupo de amigos, llamado el Clan, atravesados por el exilio, el desarraigo, la dispersión. La generación de Clara, Bernardo, Elisa, Irving, Darío, Horacio, Fabio y Liuba —que es también la generación de Padura— vivió el fin de las esperanzas cuando llegó el llamado «Período Especial» en los años noventa. Entonces el país se quedó sin aliados políticos, sin alimentos, sin petróleo. La realidad de la isla entró en «un túnel oscuro cuya salida no se vislumbraba». El escritor cubano explora el drama de esos jóvenes que asisten al colapso y desmoronamiento del mundo que conocían y cómo cada uno intentó sobrevivir quedándose o buscando empezar de nuevo en otro lugar.

     El título de la novela Como polvo en el viento es un guiño a la canción «Dust in the wind», de Kansas. La historia —que va de los años 90 hasta 2016— sigue de cerca a los personajes en La Habana, Hialeah (Florida, Estados Unidos), Madrid, Buenos Aires, Barcelona y San Juan (Puerto Rico), entre otras ciudades. Dos fantasmas recorren la trama: el fantasma de Elisa, que un día desapareció y el Clan nunca volvió a saber de ella, y el fantasma de Walter, un pintor que murió «reventado contra el pavimento luego de volar desde un piso dieciocho».

     Leonardo Padura (La Habana, 1955), creador del detective Mario Conde –que apareció por primera vez en Pasado perfecto y ha protagonizado ocho novelas, entre las que se destacan Vientos de cuaresma, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer y La transparencia del tiempo— está viviendo la pandemia de Covid-19 confinado en su casa en Mantilla, la misma casa en la que nació. Como muchos otros escritores y artistas, tuvo que cancelar varias giras, incluida su visita a la Argentina. La virtualidad le ha permitido participar de conferencias y entrevistas. En 2020, recibió la Medalla Carlos Fuentes de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El escritor cubano confiesa en la entrevista con Página/12 que extraña el movimiento, pero el tiempo confinado lo aprovechó para trabajar más. «Para mí el trabajo, mi trabajo, es un júbilo, sobre todo cuando me sale bien, y no tengo obligación onerosa», dice Padura, el autor de El hombre que amaba a los perros, formidable reconstrucción literaria de las trayectorias vitales de León Trotsky y Ramón Mercader.

Una pregunta que aparece en la novela tiene que ver con la diáspora cubana: ¿por qué alguien se aleja de su país sin salir de él?, como sucedió con José María Heredia y tantos otros. Escribir Como polvo en el viento, hurgar en la ficción (como ya lo habías hecho en La novela de mi vida), ¿te permitió encontrar una respuesta a ese dilema de alejarse sin poder salir de Cuba?

—Más que una respuesta a un asunto tan complejo y visceral para los cubanos (y para los ciudadanos de muchas partes del mundo), lo que hice fue encontrar más preguntas, más dudas, más incertidumbres. Las reacciones de los hombres ante los desafíos de la vida social y de las circunstancias políticas son grandes temas de la filosofía, y la literatura, creo, solo puede encontrar y lanzar más preguntas que interrogarán a los lectores y los motivarán. Eso es lo que me propongo: inquietar a los que me leen, obligarlos a pensar. Y ya eso es bastante.

«Entre viajar y emigrar existe un pozo insondable. Y entre emigrar y adquirir un oneroso permiso de ‘salida definitiva’, con la transmutación de ciudadano en apátrida, un horror parecido al desierto», se dice en Como polvo en el viento. ¿Por qué decidiste no emigrar de Cuba? ¿El temor de ser un «apátrida», de quedarte sin material para escribir, hizo que eligieras quedarte?

—En una ocasión le preguntaron algo así a nuestra gran poeta Dulce María Loynaz y ella respondió con contundente simpleza: «No me voy porque yo llegué primero». Yo también. Soy cubano por los 64 costados, desde mis tatarabuelos al menos, y este es mi país y es mi cultura. Y yo necesito esa realidad para escribir. Si no hubiera sido escritor, quizás hubiera emigrado. Pero soy un escritor, un escritor cubano, un escritor cubano que necesita a Cuba para escribir.

El impacto que genera en el Clan la lectura de 1984, de George Orwell, a principios de los años 80, ¿le pasó también al joven Padura, entonces periodista de la revista literaria El Caimán Barbudo?

—Es absolutamente biográfico y también generacional. Nos pasó a muchos. Ver, aun en una novela, a dónde puede llegar la sociedad perfecta, cerrada, uniforme, nos produjo pavor. Y lo peor es que, todavía hoy, me provoca la misma sensación. Cada vez que se proclama la unanimidad y la obediencia, siento el aliento de 1984.

Uno de los personajes del Clan, Horacio, repite una frase de Fassbinder: «El miedo devora el alma». Si como dice Irving, otro miembro del Clan, «cada uno arrastra sus miedos, solo que unos cargan más que otros», ¿qué miedos tenía el joven Padura? ¿Y cómo aparecen esos miedos en la escritura?

—He pasado por muchos miedos… Voy a recordar algunos… En 1983, cuando me sacan de El Caimán Barbudo, la revista donde había comenzado mi vida laboral, tuve miedo de no poder volver a ser persona en Cuba, como les había pasado a muchos intelectuales en los años 1970. En Angola, cuando estuve como periodista, le tuve mucho miedo a la muerte: era la circunstancia más cercana en que había vivido esa posibilidad. Por años he tenido miedo a la marginación social e intelectual. Y ahora le tengo miedo a la vejez, que para un escritor puede ser un estado lamentable.

En la novela se recuerda la demolición que significó el llamado «Período Especial» en Cuba. Uno de los miembros del Clan, Clara, ganaba tres dólares al mes, cuando en el mercado negro un pollo costaba un dólar o un dólar cincuenta, según el tamaño. Es decir que Clara, como se plantea en la novela, «ganaba dos pollos al mes». ¿Cuántos pollos al mes puede comprar hoy un cubano con su salario?

—No puedo sacar la cuenta, menos ahora que se han modificado los salarios y los precios. Lo que sí te puedo decir es que, por años, desde esa década de 1990, la mayoría de los cubanos que ganan un salario del Estado (que aun hoy es el mayor empleador del país), no han podido vivir con su salario. Y eso lo ha reconocido el Gobierno. Y esa realidad ha obligado a la gente a practicar muchas estrategias de supervivencia. Por ejemplo: vivir de remesas que envían de Estados Unidos sus familiares «apátridas». Al vivir de los «gusanos», muchos de los que se quedaron se convirtieron en «garrapatas».

Uno de los personajes femeninos que se fue de Cuba tiene una mirada muy negativa: «Cuba es un país maldito y los cubanos somos su peor maldición. Somos gentes que preferimos odiar y envidiar más que crecer con lo que tenemos», dice. Si esto es una parte constitutiva de la idiosincrasia cubana, ¿de dónde viene esta maldición, este odio?

—Ese personaje, que es muy complejo, tiene sus razones, visibles y ocultas, para tener esa opinión (y como ella miente mucho, pues se puede dudar de lo que dice). En fin, no se trata de un axioma. Es una reacción personal. No obstante, en Cuba y fuera de Cuba los cubanos han practicado demasiado el odio. Desde el odio de clases, al odio del resentimiento, al odio alentado por la envidia o provocado por ella. Y sería bueno poder superar ese odio para tener un país de todos y para todos. En una época pensé que era posible esa superación. Ya no. O porque se ha enquistado ese odio o porque es una maldición nacional, una especie de castigo divino.

Aparece en la novela una crítica del Clan hacia la generación de los padres, hacia una parte de esos padres (el padre de Elisa, por ejemplo) que se decían comunistas íntegros, pero que tenían un accionar público y privado cuestionable. ¿Qué consecuencias tiene ese desencanto generacional?

—La primera consecuencia fue de índole ética. Mientras ese tipo de personas tenía un discurso público, su vida privada iba por otro camino, y eso fue bautizado como «doble moral», cuando en realidad era no tener ninguna. Luego, el desengaño: prometieron muchas cosas que nunca se lograron y, mientras, exigieron obediencia. Muchos de los hijos de esos personajes hoy viven fuera de Cuba. Son parte de la diáspora que hemos vivido.

Desde la perspectiva que despliega la novela, parecería que el desencanto se «radicaliza» y los hijos del Clan, los hijos de Clara, no dudan en irse de Cuba, mientras la madre es la única que se queda. Excepto porque no es escritora, se podría decir que, entre todos los personajes de la novela, Clara es la que más se parece a Leonardo Padura, ¿no?

—Me identifico mucho con Clara, y también con el personaje de Irving, uno de los que se va de Cuba sin irse por completo de Cuba. Pero Clara es la resistencia, la permanencia, dos actitudes que yo he practicado. No solo porque yo haya llegado primero, sino porque tengo ese fuerte sentido de pertenencia. Como Clara, vivo en la casa donde nací, en el barrio en que nací, y he hecho de mi lugar, mi caracol. Desde aquí me asomo y veo el mundo, y de vez en cuando, salgo a recorrerlo, pero con mi casa a cuestas.

Hay un tema que aparece a través de la historia de uno de los personajes y es la vergüenza por el origen de uno de los miembros del Clan, cuya madre fue violada, nunca supo quién fue su padre y tuvo una infancia marcada por la marginación y la pobreza. Y su bisabuelo fue un negro esclavo. ¿La esclavitud es negada por una parte de la sociedad cubana?

—Ese es un tema muy complejo, diría que medular de la historia cubana: el papel, la existencia del negro en la conformación del cuerpo nacional. Como en cualquier país de Occidente, en Cuba ha habido racismo. Por suerte, desde hace décadas no hay discriminación racial y las manifestaciones de racismo son muy combatidas, pero no han desaparecido, por razones históricas, culturales, psicológicas incluso. Pero la integración del negro a la sociedad cubana es hoy mucho más plena que nunca en nuestra historia, por políticas domésticas y por el mismo peso de la evolución social. Y, entre los más jóvenes creo que casi no es un problema. Ojalá sea así.

Uno de los personajes, hacia el final de la novela, se pregunta si «es posible la reconciliación nacional luego de tanta ofensa cruzada, de tanto odio acumulado y muy bien preservado». ¿Qué respuesta podría barajar Leonardo Padura hoy?

—Algo te adelanté… Hoy soy muy pesimista al respecto. Los fundamentalismos parecen ser más fuertes que la racionalidad, incluso que el pragmatismo, y hay cabezas que se dedican a alimentarlo. Y hoy mismo está muy bien alimentado.

 

Se anunció que Cuba tendrá una sola moneda de curso legal, el peso cubano (CUP), con una tasa de cambio de 24 unidades por dólar, desde el 1° de enero. ¿Qué ventajas traerá esta unificación a la economía cubana?

—La ventaja de que se unifiquen monedas y tipos de cambio, y eso provocará reacciones hacia el muy deformado y poco eficiente sistema económico cubano, es que a la larga puede ser favorable. La medida era muy esperada, era necesaria, pero hacia la vida cotidiana de los ciudadanos va a ser complicado, y no sé si podrá afectar hasta asfixiarlo al pequeño sector privado… Pero apenas se ha iniciado ese tránsito y sería necesario ver su desarrollo para hablar de efectos permanentes.

¿Cómo creés que serán las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos a partir de la asunción de Joe Biden el próximo 20 de enero?

—No lo sé, la verdad. Solo creo que no podrán ser peores de lo que han sido en estos cuatro años de Trump. Esperemos a ver…

¿Estás escribiendo una nueva novela de Mario Conde?

—Sí, es una historia con dos líneas más o menos confluyentes. Una en el presente de 2016, con una investigación policial que realiza Conde, y otra alrededor de 1910, centrada en una figura mítica, Alberto Yarini, el más famoso y polémico proxeneta cubano. Es otro intento de reflexión sobre los destinos y desafíos de la cubanía. Siempre escribo sobre mis obsesiones.

Más de 300 jóvenes protagonizaron una manifestación frente al Ministerio de Cultura en La Habana, el pasado 27 de noviembre, como reacción al desalojo de miembros del Movimiento San Isidro (MSI) que estaba realizando una huelga de hambre en protesta por la detención del rapero Denís Solís. Esa manifestación, en la que se exigía libertad de expresión y creación, contó con el apoyo de figuras como el músico Silvio Rodríguez. El actor Jorge Perugorría y cineastas como Fernando Pérez y Ernesto Daranas expresaron su respaldo a la necesidad de dialogar. El Movimiento San Isidro, que está integrado por artistas, intelectuales y periodistas alternativos, nació en 2018 para cuestionar el decreto 349, que regula la actividad cultural en Cuba. Entre los integrantes está el escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez, el artista Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo, entre otros.

¿Qué efectos está generando este movimiento en la cultura y la política cubana?

—El Movimiento San Isidro fue una expresión de descontento y disidencia y el grupo que se manifestó el 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura fue una expresión de una necesidad y de una inconformidad. Lamentablemente creo que los efectos generados por ambas manifestaciones son los previsibles, los de siempre, al menos hasta ahora. Es como si dialogar fuera ceder y no avanzar. Y lo cierto, creo, es que sin diálogo no hay progreso.

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