Litigo por mi reclusión: J. D. Salinger y la obsesión por el anonimato

 

Esta es la primera entrega de la serie Litigar para contar.

No conozco de un escritor que haya resistido tanto y tan obsesivamente la fama como J. D. Salinger. La literatura está repleta de historias de quienes han dejado la vida por la difusión de su obra. La fama es una pretensión inconfesable que ha frustrado a generaciones de artistas. El convencimiento de que un texto debe ver la luz y la lucha por la imprenta ha sido una marca en la historia reciente de la literatura. Stephen King –un autor que hoy vende millones de copias– fue rechazado treinta veces antes de lograr ver su rostro en la contratapa de un libro. Algo parecido ocurrió con Agatha Christie, que leyó a al menos cinco editores rechazar sus textos. La resistencia de una editorial a publicar La conjura de los necios llevó a John Kennedy Toole al colapso mental y a, finalmente, poner fin a su vida.

     La historia de la literatura bien puede escribirse como la lucha de quienes dicen tener el talento para mostrarse al mundo y de quienes cuestionan y resisten ese alegato. Por eso es tan extraño el caso de Jerome David Salinger, el hombre que litigó una y otra vez para no ser más famoso.

     Cornish es un pequeño pueblo en el estado de New Hampshire. Es un lugar frío y desolado que ha forjado su identidad y su fama por la extraña casualidad de que muchos artistas decidieron afincarse entre sus calles y bosques. Durante el final del siglo XIX y principios del XX, Cornish fue el refugio para artistas, escritores, músicos y políticos, incluyendo al escultor Augustus Saint-Gaudens, al arquitecto Charles A. Platt, al pintor Maxfield Parrish y a muchos otros creadores que encontraban en Cornish un refugio del ritmo vertiginoso de Nueva York, a apenas cuatro horas de viaje en auto. Ahí vivió J. D. Salinger hasta 2010.

     El fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 coincidió con el lanzamiento de El guardián entre el centeno. J. D. Salinger publicó ese relato en entregas periódicas en la revista Collier’s. Seis años después se publicaría en un libro compacto que pondría las palabras, las comas y los puntos precisos para reflejar lo que una generación sentía frente a la autoridad expresada en padres, colegios, aspiraciones y cánones. El guardián entre el centeno fue una suerte de traducción del pulso de una generación. Se estima que unas sesenta y cinco millones de copias del libro se han vendido.

    El éxito de la novela vino de la mano de la resistencia del autor a la exposición pública. A partir de la tercera edición, su fotografía fue retirada de la contraportada. Le pidió a su agente literario que quemara toda la correspondencia de sus seguidores. A fines de 1955 –el mismo año en que su obra despuntaba– Salinger se mudó a Cornish. Desde entonces, el escritor sería conocido por la obra maestra que es El guardián entre el centeno ypor lo que la reclusión reflejaba sobre su personalidad sombría, intrigante. También por sus dotes de litigante. A falta de nuevas obras literarias, los lectores tendríamos noticias del autor de la mano de diversas demandas que traían un hilo conductor: el mantenimiento de su anonimato, de su vida apacible y parroquiana en Cornish, New Hampshire.

     Como en todo mercado funcional, si un actor económico no ocupa el lugar y el rol que imponen la oferta y la demanda, otros lo hacen. Eso pasó con Salinger. Si él estaba obsesionado por el anonimato y por no responder a cuanta solicitud de nuevas obras recibía, otros lo harían.

    Ian Hamilton, un poeta, crítico literario y biógrafo inglés, decidió escribir la biografía del escurridizo y fantasmal Salinger. Como el escritor rechazó una charlaHamilton tuvo que minar la personalidad, los pensamientos y el carácter de Salinger de fuentes secundarias: conversaciones con quienes lo conocían y una selección de cartas que el escritor había intercambiado con Ernest Hemingway, con sus editores y con una vecina de Cornish. Esos materiales fueron la base para construir una biografía bautizada como Salinger: A writing life.

     Tan pronto el escritor se enteró de la pretensión de Hamilton de retratarlo, llamó a su abogado. En 1986 el equipo jurídico de Salinger presentó una demanda en contra de Ian Hamilton argumentando que no podía usar cartas inéditas para construir una obra literaria autónoma. Hamilton estaba escribiendo una biografía valiéndose de su nombre, de su prestigio y de sus palabras inéditas. Eso, decían los abogados, infringía el derecho de autor que Salinger mantenía sobre esas obras chiquitas que eran sus cartas. La demanda fue dirigida en contra de Random House, la editorial que estaba auspiciando a Hamilton en su pretensión de retratar a J. D. Salinger.

    Una corte federal de Nueva York escuchó el alegato del escritor que, en esencia, argumentaba que Hamilton no podía escribir una biografía con base en una selección de correspondencia inédita. El inglés estaba usando aquellas cartas injustamente para un fin para el que no fueron escritas. Con ello, contrariaban el sentido del autor y, además, le generaban un perjuicio económico, pues si él decidiera publicarlas a futuro, ya no tendrían el mismo valor.

    En primera instancia Salinger perdió. La corte encontró que “el uso que hace Hamilton del material protegido por derechos de autor de Salinger es mínimo e insustancial”. La biografía que estaba construyendo era suficientemente original como para estar protegida en sí misma. Pero, además, Salinger mantenía la oportunidad de lucrar con esas cartas. En cualquier momento podría publicarlas. La biografía en nada disminuía su potencial literario y comercial. Las ansias de anonimato del escritor de El guardián entre el centeno no podían impedir a otros escribir sobre él, con o sin su consentimiento.

     Una corte de apelaciones tuvo una opinión distinta. Ian Hamilton no estaba usando incidentalmente las cartas de Salinger, sino que eran, de hecho, un vértice de la biografía. Aunque las citas textuales no dominaban el libro, el parafraseo y las referencias indirectas eran numerosas y marcaban el carácter de la obra. Eso, según la corte, infringía el derecho de autor de Salinger. Y aquí un detalle interesante. La protección legal a las obras no se restringe al conjunto de palabras. La literalidad es solo una capa, pues la asociación, ideación, la imaginación detrás de las obras literarias, ese intangible también está protegido. Entonces, el parafraseo y el uso indirecto de la correspondencia de Salinger era una forma de integrar ese universo del autor a la biografía. Por eso había una infracción. Porque Salinger mantenía el control sobre el destino literario de esas cartas.

    La corte enfatizó que el hecho de que la correspondencia fuera inédita cambiaba el panorama del juicio y limitaba las posibilidades de Hamilton de usarla con libertad. Salinger ganó. Ian Hamilton tuvo que rescribir el libro y replantearlo. Ya no era una biografía, era una búsqueda. Una exploración de quién era ese personaje anónimo detrás del mítico nombre J. D. Salinger.

     Pasaron veinte años. J. D. Salinger mantuvo su reclusión y en 2009 regresó a los estrados. Esta vez para demandar a un escritor que creía que aún quedaba mucho por decir de El guardián entre el centeno. Él estaría dispuesto a enfrentarse con Salinger por contar la vida del protagonista del libro  seis décadas después de su debut.

     Se trataba de Fredrik Colting, un sueco que osó perturbar la quietud de las rutinas de Salinger en 2009 con 60 years later: Coming through the rye (que puede traducirse como “Sesenta años después: atravesando el centeno”), una novela que se promocionaba como la continuación de El guardián entre el centeno. Esta secuela se publicó bajo el seudónimo John David California. En esta ocasión, como en su biografía no autorizada, Salinger no se quedaría quieto, ¿con qué derecho este fulano había escrito la continuación de su obra maestrasesenta años después de su publicación?

     La demanda de J. D. Salinger llegó al despacho de la jueza Deborah Batts, que se encontró con un juicio sobre los usos y destinos legales de la ficción. ¿Podía un escritor hacer una continuación de la novela de otro?

    La literatura es un territorio pantanoso para la ley.

      El guardián entre el centeno es una invención de la imaginación de Salinger. Esas miles de palabras compiladas en un libro construyeron un universo de escenas, personajes, de diálogos, ambientes y experiencias, ¿podía otro escritor tomar ciertos rasgos de esa obra y darle continuidad con sus propios recursos intelectuales? La respuesta rápida –la posicionada por Salinger– era que no. El universo literario de El guardián entre el centeno le pertenecíay solo él estaba autorizado para controlar el destino literario de esos personajes.

     La propuesta de Fredrik Colting desafiaba la propiedad del autor sobre ese devenir. Según la jueza, el libro en disputa “cuenta la historia de un Holden Caulfield de 76 años, conocido como “Mr. C”, en un mundo que incluye al autor de Mr. C, de 90 años, un “Salinger ficticio”. La premisa de la novela es que Salinger ha sido perseguido por su creación y ahora desea devolverlo a la vida para matarlo”. Fredrik Colting tomó al personaje principal de El guardián entre el centeno y desarrolló sus periplos sesenta años después, incluyendo una relación conflictiva –de víctima y asesino– con su autor Salinger. Este rasgo extraño de la novela que encuentra al autor, Salinger, con su personaje más famoso, Holden Caulfield, le da a la obra un tinte de parodia, que Colting usó para defender su derecho a recrear y repensar la obra.

     El demandado argumentó que la recreación de la suerte de Holden Caulfield sesenta años después era válida y no infringía el derecho de autor que Salinger mantenía frente a su obra. Colting estaba estaba reinventando escenarios, personas, diálogos, conflictos y, con ello, estaba imaginando un nuevo universo. Uno que, si bien compartía los cimientos de El guardián entre el centeno, no por ello dejaba de ser original y, sobre todo, no dejaba de ser una obra nueva, producto del intelecto de Fredrik Colting, no de Salinger.

     El demandante, en cambio, sostuvo que el nuevo libro era promocionado como una continuación de la obra de Salinger, beneficiándose de la reputación y del misticismo de la obra. Además, el mundo sobre el que Colting escribía no era propio. Se asentaba, en sus aspectos más íntimos y esenciales, en El guardián entre el centeno. De hecho, si no fuera por esa relación, la obra no tendría ninguna relevancia.

     Colting insistía en que había novedad y que la pregunta de si la obra valía o no estaba reservada para los lectores, no para la corte. Los abogados de Colting enmarcaron el caso en la libertad de expresión. Este desconocido y osado escritor tenía el derecho de parodiar a su maestro, de criticarlo y de juzgarlo en todo campo, incluido en la ficción. Para Salinger, en cambio, Colting no era más que un escritor sin mayor fama que se cruzó con una buena idea de mercadeo para elevar su visibilidad usando a su obra como caballo de batalla. Por eso, los abogados de Salinger le pidieron a la jueza que emitiera una medida cautelar urgente que impidiera que los libros se comercializaran en Estados Unidos.

    La jueza así lo hizo. La recreación de Fredrik Colting infringía los derechos de autor de J. D. Salinger. No solo usaba personajes y escenas que estaban en su esfera de propiedad, sino que, desde una perspectiva puramente económica, la publicación de esta obra minaba la oportunidad de mercado que Salinger tendría si, eventualmente, decidiera escribir una continuación de El guardián entre el centeno. Entonces, habría incluso un potencial detrimento patrimonial del escritor. Por eso, las fantasías de Colting sobre la suerte de Holden Caulfield sesenta años después no se leerían en Estados Unidos –o al menos su venta estaría prohibida democrático.

     Para un sistema judicial que se precia de ser y de privilegiar la libertad individual, la censura de un libro es alarmante. El New York Times reportó que, ante la sentencia, Colting respondió: “Llámenme sueco ignorante, pero lo último que creía posible en Estados Unidos era que prohibieran libro” y su abogado Edward Rosenthal anunció que apelarían la sentencia porque “se priva al público de la oportunidad de leer el libro y decidir por sí mismo si contribuye a su comprensión de Salinger y su obra”.

     Colting apeló la decisión y el caso llegó a una corte federal en Nueva York que sorprendió revirtiendo la medida cautelar ordenada por la jueza Batts. Para esta Corte, los argumentos sobre la falta de novedad de la obra, así como la de la pérdida de oportunidad de Salinger para explotar una potencial continuación de su novela eran insuficientes en contraste con lo que significa censurar un libro. Una medida tan grave como la prohibición de circulación de una obra no podía sostenerse con interpretaciones maleables. Para los jueces, solo si Salinger demostraba que la difusión de la obra le causaría un daño irreparable podría concedérsele el privilegio de que un libro estuviera prohibido en Estados Unidos. Y eso no ocurría, pues si alinger se sentía afectado, podría demandar luego a Colting y, en último caso, eran los lectores los autorizados a valorar ese universo –más o menos nuevo– que, según el demandado, escribió en tono de parodia o de crítica.

     La suerte de la continuación apócrifa de El guardián entre el centeno coincidió con la muerte de J. D. Salinger, el 27 de enero de 2010. El escritor falleció recluido en su hogar en Cornish y habiendo sido exitoso en la pequeña empresa de mantener su anonimato luego –o a la par– de ser leyenda.

     No queriendo mantener un pleito abierto, los herederos negociaron con Fredrik Colting. Él no podría publicar su libro en Estados Unidos hasta que El guardián entre el centeno pase al dominio público, algo que tardaría unos setenta años. Colting, sin embargo, podría comercializarlo en el resto del mundo.

     La portada del libro es un bosquejo de los rascacielos de Nueva York dibujados con un marcador azul sobre un fondo blanco. Justo en la mitad, un anuncio rojo con letras blancas dice Banned in the USA, prohibido en los Estados Unidos.

     Hace poco traté de comprarlo en internet, sin éxito. Primero, estaba agotado, luego un aviso legal me impidió exportarlo. Finalmente, desistí. La crítica que se ha escrito sobre la novela es escasa. Como preveía Salinger, la fama del libro y del autor estaban conectados con El guardián entre el centeno y, en esa medida, la vara quedó muy alta. Dentro de unos cincuenta y siete años, Fredrik Colting podrá repatriar la obra a su natal Manhattan para que entre al campo de batalla de las librerías. Al último y más importante juicio, ya no de la ley, sino de los lectores, un pleito que tiene pendiente.

13 diciembre 2023

www.letraslibres.com

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