Libros en la selva

 

REGÌS DEBRAY

 

Una heladera jodida, la memoria. Puede dejar derretir los grandes relatos épicos de una época pasada de moda, pero conserva intactos, como congelados, detalles ínfimos juzgados en el momento, incongruentes o raros. El pequeño hecho verdadero, inexplicablemente, adquiere relevancia, sin respeto por nuestra escala de valores ni el alcance de los acontecimientos. Cincuenta años después de haberme ido del campamento guerrillero de Ñancahuazú, en Bolivia, recuerdo bastante mal los mensajes orales que el Che me pidió transmitir a Fidel Castro, su jefe y amigo, pero todavía queda en mi mente el pedido que me hizo de traerle, después de mi gira por los países vecinos en la que realicé un estudio sobre el campesinado alrededor de Santa Cruz, el libro Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, del historiador inglés Edward Gibbon. Yo conocía a este venerable autor solo de nombre; en Francia se lo evoca a Montesquieu para el estudio de este tema de la historia. Enseguida esto me ocasionó problemas triviales de tipo material (peso, volumen, dimensiones). Me pregunté cómo y dónde encontrar una buena traducción en castellano, y sobre todo, una edición de bolsillo. La perspectiva de tener que recorrer librerías y, más grave aún, llevar después esta carga erudita en mi mochila, me dejó perplejo. Puede parecer delirante cuando uno sabe cómo fueron desarrollándose los acontecimientos, pero en esa etapa, el proyecto estaba bien: hacer emerger en el sudeste boliviano una base de retaguardia estable, al estilo chino de Yunnan, donde poder instalar una pequeña biblioteca, propicia para las idas y venidas de visitantes o combatientes que provenían del mundo exterior. Mi inesperado arresto me liberó de esta pesada tarea bibliográfica. Lo que en el momento me pareció un pedido insólito, casi antojadizo, resultó ser con el tiempo una rara perspicacia. Está claro que la cuestión clave de nuestro mundo contemporáneo es saber en qué momento de la historia romana se encuentra hoy el imperio americano, ya que el único predecesor plausible de la hiperpotencia del norte, repleto de analogías fecundas, es sin duda el Imperio romano de los primeros siglos de nuestra era. A pesar del incoherente y destructivo trabajo del tiempo, las décadas transcurridas han dado toda su significación a la búsqueda premonitoria de Ernesto Guevara. Sustrayéndose en los pliegues de su curiosidad intelectual, veía más lejos que nosotros, que teníamos las narices sobre la coyuntura en lugar de considerar las largas y pacientes perspectivas del tiempo. Hay una paradoja del trastocamiento de las mentalidades dominantes: lo visto predomina sobre lo leído. El Che era un gran lector, un hombre de escritura, cuyos textos sobre economía, política, sociología y filosofía ya no se leen, pero su silueta visual es omnipresente. El introvertido que siempre tenía libros para sus compañeros de ruta —El Canto general de Neruda era uno de ellos en Bolivia— y que se preocupaba muy poco de las cámaras, tan poco exhibicionista como le era posible, se encuentra sacralizado por una gama infinita de imágenes que van de la remera al póster. La tipografía lo ayudó a vivir y a pensar (así como sirvió de base al socialismo, con los obreros del libro que fueron el latido de esta tradición secular), pero es la fotografía la que lo hace sobrevivir entre las juventudes del mundo. Este reformateo, esta conversión póstuma de un lector en ícono ha sido, por así decirlo, impuesta mediante la transición, hoy terminada, de la grafósfera a la videósfera. Esta última tiene la ventaja de perpetuar, a menor costo, el recuerdo de los grandes que se han ido, pero también el inconveniente de sustituir una personalidad por otra, cambiando el sentido mismo de la palabra “leyenda”. Esta designaba, en su sentido exacto, “lo que debe ser leído” (legenda en latín); actualmente engloba todo lo que llega a la retina y sabe hacerse ver. Para corregir un lamentable error de traducción, es necesario honrar a la vez el origen de una palabra y la verdad de un hombre.

 

Traducción de Patricia Castro

 

Fuente: click aquì

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