Invitación a la lectura

SERGIO PITOL

 

Joseph Conrad es, hay que decirlo de inmediato, un novelista genial, una de las más altas cumbres de la literatura inglesa, y al mismo tiempo un escritor incómodo en aquel privilegiado Olimpo. Es distinto a sus contemporáneos, y también a sus antecesores, por la opulencia tonal de su lenguaje, por el tratamiento de sus temas, por la mirada con que contempla al mundo y a los hombres. Es un moralista a quien repugnan los sermones y las moralinas. Es el autor de extraordinarias obras de aventuras donde éstas terminan por convertirse en experiencias interiores, viajes al fondo de la noche, hazañas que ocurren en los pliegues más secretos del alma. Es un conocedor profundo del mapa inmenso conformado por el Imperio inglés, y un testigo cuya mirada desnuda a cualquier empresa colonizadora. Es un «raro» en el sentido más radical de la palabra. Un novelista ajeno a cualquier escuela, que enriqueció a la literatura inglesa con un puñado de novelas excepcionales, entre otras Lord Jim, Bajo las miradas de Occidente, Victoria, Nostromo, El agente secreto, La línea de sombra, y este El corazón de las tinieblas, que a juicio de algunos es su obra maestra.      Llegar a Conrad marca uno de los momentos inolvidables que puede registrar un lector. Volver a él es, ciertamente, una experiencia de mayor resonancia. Significa poner los pies, una vez más, sobre una infirme tierra de portentos, perderse en las varias capas de significación que esas páginas proponen, postrarse ante un lenguaje construido por una retórica soberbia, agitada, cuando al autor le parece conveniente, por ráfagas de ironía corrosiva. Sobre todo es encontrarse de nuevo ante los Grandes Temas, esos que uno encontró en los trágicos griegos, en Dante, en algunos dramaturgos isabelinos, en Milton. La diferencia estriba en que la obra de Conrad se nos presenta como monumental, conclusiva y totalizadora, y el lector llegará jadeante hasta las últimas líneas de cada una de sus novelas para descubrir que aquello que parecía ser un sólido mausoleo es más bien un tejido que puede hacerse y deshacerse, que su carácter es conjetural, que nada ha sido conclusivo, que la historia que acaba de leer puede ser descifrada de muy diferentes maneras todas, eso sí, desoladoras.

     Si el lector requiere alguna información biográfica, le enteramos de que Joseph Conrad nació en la Ucrania polaca con el nombre de Jozef Teodo Konrad Nalecz Korzeniowski, en el seno de una familia de la nobleza polaca, que su padre fue un revolucionario nacionalista que pagó con el exilio, la cárcel y la muerte sus ideales independentistas, que abandonó Polonia a los dieciséis años, fue marino mercante buena parte de su vida, modificó su nombre, adoptó la nacionalidad inglesa, escribió su primera novela, La locura de Almayer, a los treinta y ocho años, y poco después dedicó por entero su tiempo a la literatura. A los treinta y tres años lo encontramos en Congo, y su estancia allí transforma su concepción del mundo. Vuelve a Europa convertido en otro hombre, como le había ocurrido a Chéjov al regreso de la isla de Sajalín, visitada para conocer los campos penitenciarios de la policía rusa. Ambos conocieron el infierno y descendieron a sus círculos más tenebrosos. Imposible regresar de esas experiencias tal como salieron de casa. Conrad confesaría en una carta que hasta el momento de su viaje al Congo había vivido en plena inconsciencia y que solo en el África había nacido su comprensión del ser humano. Chéjov, en otra carta, se expresa de manera casi idéntica.

     Sin sentimentalismos de ninguna especie, es más, con una dignidad y estoicismo ejemplares, Conrad nos revela en sus novelas el carácter trágico del destino humano, añadiendo que toda victoria moral significa a la vez una derrota material. El héroe conradiano triunfa sobre sus adversarios haciéndose añicos o permitiendo que algún ser despreciable lo haga añicos. Su recompensa, su victoria, consiste en haberse mantenido fiel a sí mismo y a unos cuantos principios que para él encarnan la verdad. Jamás se deja tentar por la mentira ni por la vulgaridad; por lo mismo, es siempre un blanco fácil para los dardos de la morralla humana, el medio pelo, esa mezquina y ruidosa turba que vive sostenida por la falacia, el oportunismo, la sumisión, la oquedad, las trampas, las engañifas sociales, la venalidad y la moda.

     Tres párrafos extraídos de la correspondencia de Conrad ejemplifican la liga entre sus convicciones literarias y morales:

  1. Una obra de arte muy rara vez se limita a un único sentido y no tiende necesariamente a una conclusión definitiva… A medida que la historia se aproxima al Arte adquirirá un mayor halo simbólico… Todas las grandes obras de la literatura han sido simbólicas, y, de ese modo, han ganado en complejidad, poder, profundidad y belleza.
  2. Mi preocupación fundamental reside en el valor ideal de las cosas, los acontecimientos y las personas. Sólo eso. En verdad son los valores ideales de los actos y gestos humanos los que se han impuesto a su actividad artística… Tengo la convicción de que el mundo descansa en unas cuantas ideas, muy sencillas, tan sencillas que deben ser tan viejas como las montañas. Descansa, sobre todo, en la fidelidad a uno mismo.
  3. El crimen es una condición necesaria a la existencia de una sociedad organizada. La sociedad es esencialmente criminal… La madurez de una sociedad, su aseo moral, la eliminación del elemento criminal en su conformación, sólo pueden ser obra del individuo. Por remota que parezca su realización, creo en la nación como un conjunto de personas y no de masas.

     Una novela de Conrad es, en su aspecto más visible, una historia de acción, colmada de aventura situada en escenarios exóticos, a veces verdaderamente salvajes. Lo normal en ese tipo de relato es contar una historia de modo lineal, con una cronología sin fracturas, y hacerla fluir capítulo a capítulo hasta el desenlace. Para Conrad, eso habría sido una crasa vulgaridad. Él podía iniciar el relato a la mitad de una historia o aun comenzarlo poco antes del clímax final, en fin, donde le diera la gana, y hacer que el relato se moviera en un complicado zigzag cronológico, logrando fijar el interés del lector precisamente en ese sinuoso laberinto, en la ambigüedad de lo narrado, en el lento reptar de la trama por las fisuras de un orden temporal que él se ha esforzado en destrozar. Las continuas digresiones, esas que permiten a los personajes reflexionar sobre moral u otros temas anexos, en vez de entorpecer el ritmo dramático del relato potencian su intensidad y cargan la novela de una vigorosa capacidad de sugestión. Lo que parecía un borroso bosquejo se convierte en una historia misteriosa, donde más que certezas hay conjeturas; en fin, un enigma que puede interpretarse de distintos modos. Eso, entre otros atributos, caracteriza el arte narrativo de Joseph Conrad.

     Pero para que ese tortuoso hilo narrativo pueda alcanzar su plenitud Conrad tuvo que inventar a Marlow, su álter ego, el personaje a quien confía la narración de la historia. Marlow, como su creador, es un hombre de mar, un caballero, una persona con ideas propias y una curiosidad humana reñida con cualquier manifestación de moral cerrada.  Todas esas cualidades y su concepto personal de tolerancia lo convierten en un perfecto refractor de la realidad, para beneficio de Conrad, su creador, y nosotros, sus lectores. Marlow es el testigo que nos refiere las circunstancias precisas de un acontecimiento por ser el hombre que realmente estuvo donde la acción tuvo lugar. Aparece como relator en varias novelas, en Juventud, Lord Jim, Azar; pero en El corazón de las tinieblas rebasa su calidad testimonial para convertirse en un actor de la historia, en un protagonista activo de quien depende la estructura y la trama de la obra.

     Uno de los temas fundamentales de Conrad es la pugna surgida entre la vida verdadera y los simulacros de vida. En El corazón de las tinieblas esa contradicción es titánica y extraordinariamente sombría, ya que la encarnan dos adversarios de estatura desigual. Por una parte, el hombre, o, mejor dicho, la frágil consistencia moral del hombre, y, por la otra, la todopoderosa, la invulnerable, la majestuosa Naturaleza: el mundo primigenio, lo aún no domado, lo amorfo, lo profundamente bárbaro y oscuro con todas sus tentaciones y asechanzas.

     El ensayista colombiano Ernesto Volkening, en un ensayo magistral titulado «Evocación de una sombra», señala: «Como toda genuina obra de arte, esta novela, una de las contadas trascendentales del siglo, y, quizás, la más estupenda contribución a la historia secreta del alma occidental en su fase crepuscular, conserva intacto un núcleo de misterio inaccesible a la sonda analítica».

     El inicio es extraordinario por la audaz simetría que prefigura. Marlow, sentado en la cubierta de un barco anclado en el Támesis, espera a que cambie la marea para poder zarpar. Es de noche. Unos cuantos amigos lo rodean. De pronto, inicia uno de esos vagos, larguísimos relatos a los que sus amigos seguramente están ya acostumbrados. Se trata de una evocación del bosque extendido frente al río donde está anclado el barco, diecinueve siglos atrás, cuando en aquel país reinaba la más absoluta oscuridad, y adonde en un cierto momento llegaron las legiones de Roma. Marlow imagina a un joven legionario arrancado de cuajo de los refinamientos romanos, plantado de repente en un escenario primitivo; imagina también la sensación de espanto sufrida por aquel joven ante la vida primaria y misteriosa que se agita en el bosque y en el corazón del hombre. «¡No hay iniciación posible para enfrentarse a esos misterios!». Aquel muchacho tendrá que vivir en medio de lo incomprensible, y en ello encontrará una fascinación que comenzará a trabajarlo: la fascinación de lo abominable. «Podéis imaginar —dice Marlow a sus contertulios— su deseo de escapar, su impotente repugnancia, su claudicación, su odio».

     En la evocación de ese pasado remoto se encierran todos los temas de El corazón de las tinieblas. Hay ahí un poder imperial que no cesa de anexarse nuevos territorios, hasta entonces inaccesibles. Fuerza bruta, conquistadores, y entre ellos un joven sensitivo aterrorizado, viviendo en su interior una lucha denodada para al fin ceder ante lo abominable, una lucha donde el odio hacia los demás se entrevera con el odio a sí mismo. Encapsulado en una nuez, junto al tema de la conquista imperial se halla otro más individual, el de la fragilidad del hombre, su ansia de vincularse al mundo primario, la añoranza adámica que rechaza la tenue capa de civilización que lo envuelve y lo lanza a vivir experiencias salvajes. La historia del joven romano trazada en unas cuantas líneas prefigura el destino de Kurtz, el joven brillante enviado de Bélgica diecinueve siglos más tarde al corazón del África como avanzado del progreso, y su atroz transformación.

     En tiempos de Conrad el término «imperialismo» era un mero tecnicismo para designar la relación entre las grandes potencias y el resto del mundo. La connotación peyorativa es posterior. En la literatura inglesa, hasta la Primera Guerra Mundial, la saga imperial se describe en términos heroicos. El corazón de las tinieblas, publicada en 1902, es uno de los primeros actos desacralizadores de las hazañas imperiales, aunque por lealtad a Inglaterra, que le ha otorgado su ciudadanía, se abstiene de mencionar el imperialismo inglés. ¡Da lo mismo! En el transcurso del narrador —porque Marlow pasa del legionario romano de inicios del milenio a sus propias experiencias en el Congo—, su barco, al deslizarse por el litoral africano, pasa frente a centros comerciales llamados Gran Basam o Little Popo, nombres que parecían pertenecer a alguna farsa representada ante un telón siniestro […]. En una ocasión nos acercamos a un barco de guerra anclado en la costa. No había allí ni siquiera una cabaña, sin embargo disparaban contra los matorrales.     Había un aire de locura en esa actividad, su contemplación producía una impresión de broma lúgubre. Y esa impresión no desapareció cuando alguien de a bordo me aseguró con toda seriedad que había un campamento de aborígenes —¡los llamaba enemigos!— oculto en un sitio fuera de nuestra vista […]. Hicimos escala en algunos otros lugares de nombres grotescos donde la alegre danza de la muerte y el comercio continuaban desenvolviéndose en una atmósfera tranquila y terrenal, como en una catacumba ardiente, a lo largo de aquella costa informe, bordeada de un rompiente peligroso, como si la misma naturaleza tratara de desalentar a los intrusos.

     En la Conferencia Geográfica Africana de 1876, en Bruselas, Leopoldo II de Bélgica pronunció un discurso donde dijo: «Llevar la civilización a la única parte del globo adonde aún no ha penetrado, desvanecer las tinieblas que aún envuelven a poblaciones enteras, es, me atrevería a decirlo, una Cruzada digna de esta Era del Progreso». Conrad creyó en su juventud en esa hazaña civilizadora. Hizo todo lo posible por incorporarse a ella y en 1890 lo logró. Fue la experiencia más desastrosa de su vida. Posteriormente, en el artículo «Geography and some explorers», calificó la empresa colonial belga como «la acción de rapiña más vil que jamás haya desfigurado la historia de la conciencia humana y la exploración geográfica».

     La degradación humana de la que Conrad es testigo en el Congo ha de atribuirse en parte a las brutales prácticas coloniales y otra, sumamente poderosa, al influjo insano de la selva. La selva transforma y enloquece a quienes la mancillan, aunque sea con su presencia. La literatura hispanoamericana ha producido un clásico a este respecto: La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera, donde se narra la lucha desigual entre el hombre y la naturaleza avasalladora. Todo es enorme y majestuoso, las plantas y los animales, menos el hombre que va disminuyéndose con su contacto, hasta acabar siendo devorado por la selva. Otro colombiano, Alvaro Mutis, en La nieve del almirante, pone en boca del capitán de una lancha estas palabras: «La selva tiene un poder incontrolable sobre la conducta de quienes no han nacido en ella. Los vuelve irritables y suele producir un estado delirante no exento de riesgo».

     Kurtz, el misterioso protagonista de la novela conradiana, llena el libro con su leyenda, y casi al final, en una breve parte, con su aparición y su muerte. Su figura aparece fragmentada y los fragmentos casi nunca concuerdan. Se nos dice que es uno de los avanzados del progreso, instalado en una estación de recolección de marfil en el corazón del Congo. Un joven brillante a quien se le augura en Bélgica un futuro extraordinario. Se le concibe como un joven ardientemente idealista capaz de introducir la civilización, la prosperidad y el progreso hasta los pliegues más recónditos de ese continente aún no conocido por entero. Un cruzado de las causas más nobles, un fiero caudillo de la filantropía, y, a la vez, el director de la estación comercial que ha producido los más extraordinarios resultados económicos.

     Marlow, el testigo de su final, ha sido contratado como capitán de un vapor que debe recorrer las distintas estaciones comerciales a lo largo del río Congo. La primera misión que le es encomendada es buscar a Kurtz, sobre cuya salud corren alarmantes rumores, y, en caso de ser necesario, transportarlo a la costa. El viaje es pospuesto durante varios meses. Cuando al final el vapor llega a recogerlo, Kurtz es casi un cadáver. La novela, ya se ha dicho, está permeada por entero por el fantasma de Kurtz. Algunos lo admiran, otros lo aborrecen, y siempre por razones diversas y contradictorias. Hacer coherentes estos informes fragmentarios resulta una labor imposible; lo es para Marlow, y, desde luego, para nosotros sus asombrados lectores.

     Marlow nos describe el efecto que le produce contemplar, a través de su catalejo cuando el vapor se aproxima a la casa de Kurtz, las estacas que la rodean rematadas con cabezas humanas en distintos estados de putrefacción. Algo de lo demás, pero no demasiado, lo vamos sabiendo atropelladamente a partir de ese momento. Por ejemplo, que en la región es respetado como un rey, adorado como un dios, que ha participado en ritos innombrables, en orgías descomunales presididas por el sexo y la mugre. Ha vivido una experiencia inimaginable para un europeo. Los comerciantes belgas que van en el barco lo tratan con odio, por considerar que ha ido demasiado lejos, que sus métodos han arruinado la región para la recolección del marfil, que ha acostumbrado mal a los nativos, y por lo mismo durante largo tiempo nadie podrá reemplazarlo. Marlow es el único en solidarizarse con el despojo humano que a duras penas puede subir al barco, más por el desprecio a la pandilla de rapaces depredadores que envidiaban la fortuna amasada por Kurtz, pero que jamás hubieran soñado vivir las aventuras de un espíritu atormentado, que jamás conocerían el horror, la embriaguez, la comunión con las fuerzas primarias que él había conocido, paladeado y sufrido. «En realidad yo había optado por la selva, no por el señor Kurtz», explica Marlow.

     Kurtz, como arquetipo junguiano, encarnaría el papel de un ángel rebelde, a cuya fascinación satánica es difícil resistirse. Desde ese punto de vista la historia se convierte en un viaje nocturno al subconsciente, un contacto con las energías criminales que permanecen latentes en el ser humano y que la civilización no ha logrado reprimir. Por momentos, Marlow se identifica con Kurtz en el sueño de poder aún integrarse a un mundo germinal, arcádico, y conocer intensas ceremonias iniciáticas. Algo aún podrá vislumbrarse aunque la oscuridad, parece pensar Marlow, nunca revele las fuentes últimas de ese misterio. Y allí aparece ya el sustrato remoto de un inconsciente colectivo que de pronto se reactiva: el reencuentro con el mundo conocido por hombre millones de años atrás e irremisiblemente perdido. El deseo de volver a ese tiempo inicial no obstante saber que la Oscuridad se vengará de cualquier transgresión cometida en sus dominios.

     El corazón de las tinieblas es un relato poseedor de un misterio inagotable. De ahí nace su poder literario. Podemos estar seguros de que este libro mantendrá un núcleo inescrutable defendido para siempre. Cada generación tratará de revelarlo, en ello consiste la perenne juventud de la novela.

 

Sergio Pitol, Xalapa, junio de 1996

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