Ellacuría al atardecer

JAIME BARBA

REGIÓN Centro de Investigaciones

 

 

A las 4:00 pm. había sido anunciada la conferencia de Ignacio Ellacuría. Era quizás a mediados de noviembre de 1985. Es decir, hace 35 años, y el país estaba en la cresta de la guerra. En la revista ECA 446, de fin de año, publicaría Ellacuría un texto de análisis político en realidad esclarecedor: ‘El Fmln, límite insuperable’.

     Pero el tema de la conferencia no remitía al texto que estaba próximo a publicarse, sino que su título era ‘Teología de la liberación y marxismo’. Y, por supuesto, resultaba obligado ir a meter las narices adonde se daría esa disquisición. Tal vez unos años atrás, 1978, por ejemplo, no podría haberse dado esa exposición conceptual. De seguro, porque no había estallado la generalización de la confrontación político-militar en el país y la red de la teología de la liberación en América Latina no enfrentaba aún una situación adversa frente a las posturas oficiales del Vaticano.

     El curso de la guerra, a esas alturas, cimbraba el funcionamiento del país. Sin embargo, en la universidad jesuita que dirigía Ellacuría, la vida universitaria discurría no sin tensiones, pero discurría. Lo mejor es que funcionaban muy bien la biblioteca, la librería, y en UCA Editores se continuaba produciendo material valioso.

     El auditorio se hallaba a medio llenar: completo en los asientos delanteros, pero no así en los de atrás.

     El hombre entró por un costado, vestido de negro, esbelto y de caminar rápido. Y fue directo al sitio que le tenían destinado. Abrió su maleta de papeles y puso algunos enfrente. Se hizo el silencio, y una voz clara comenzó a desgranar la temática.

      Era una conferencia sobre un tema apasionante, pero desde el principio Ellacuría dejó claro de qué se trataba: iba a responder a la acusación que la jerarquía católica del Vaticano (o como decían algunos jesuitas por esos años, la Iglesia de Roma) había hecho, en 1984, ‘sobre las graves desviaciones de cierta teología de la liberación, debidas al marxismo’. Eso convertía a aquella actividad expositiva en todo un acontecimiento. No nos hablaría, de hecho, a nosotros, a quienes habíamos acudido a su convocatoria, sino que hablaría con ‘ellos’, con quienes constituían la autoridad mundial del catolicismo. Y a lo mejor, de manera particular, su interlocutor único era el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. O sea, la cabeza del sector pétreo del conservadurismo católico, y quien calzaba el documento Instrucción sobre algunos aspectos de la ‘Teología de la Liberación’.

     Ellacuría, osado, estaba debatiendo, y lo hacía con la cuchilla quirúrgica del buen filósofo que era. Sin diatribas y sin tergiversar los cargos de la acusación. Al toro por los cuernos.

     Mientras escuchaba, también pensaba en el tipo de discusiones que en el seno del movimiento guerrillero salvadoreño se daban. El último de esos altercados, el del primer trimestre de 1983, había terminado, en Managua, en el brutal asesinato de Mélida Anaya Montes, luchadora social y dirigente de la coalición guerrillera. Como eran tiempos muy complicados, poco supo la ciudadanía, y los mismos militantes guerrilleros, de los términos reales que se dirimieron. Ahora, pasados tantos años, también es posible decir, que fue algo así como dogmatismo frente a flexibilidad. Flexibilidad, de algún modo, era representada por Mélida Anaya Montes.

     En la conferencia de Ellacuría, también podía verse que los términos eran dogmatismo y flexibilidad. Ratzinger era exponente del dogmatismo.

     El modo de avanzar del ponente, de paso, un teólogo de la liberación, fue cuidadoso, pero sin dejar de abordar los principales puntos de la acusación.

     El marxismo al que se refería la acusación, dijo Ellacuría que se trataba de una caricatura (sic). Y explicó con precisión. Abordó lo del ateísmo, lo de la lucha de clases, lo del materialismo histórico. En este último punto fue prolijo e hizo una extensa cita de Lenin, pero para darle un poco la razón a la Instrucción, y palabras más adelante agregar que había una suerte de otros marxismos.

     La Instrucción acusaba a la teología de la liberación de hacer del marxismo la función de un principio determinante. Pero Ellacuría salió al paso de eso, rechazando tal aseveración.

     Era como moverse en una carrera de obstáculos. En unas cosas decía que sí a la Instrucción, pero al poco rato, matizaba y se explayaba y contrastaba.

     No pudo expresar de manera más concreta la pretensión de la teología de la liberación: ‘ser una relectura del mensaje cristiano’, donde los conceptos de historicidad, de liberación, de totalidad y de equilibrio animaban esa relectura.

     Más de una hora y media llevaba Ellacuría y nadie se había movido. Nos tenía cautivos. Atardecía. Seguía aquel ‘desgajamiento exigitivo’ (para parafrasear a Zubiri) de temas y de problemas. Habló del carácter histórico de la esperanza, de la sospecha de ideologización en la teología, de la recuperación de la materialidad, del aporte de la teología de la liberación al marxismo, de la apertura a la realidad de Dios…

     Y terminó. Aplaudimos. Nos levantamos a aplaudir. Se levantó y se fue por la puerta lateral por donde llegó y nos quedamos con la cabeza revuelta de intuiciones.

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