Como especie somos estúpidos

JUSTO BARRANCO entrevista a STEFANO MANCUSO

29 junio 2020

 

Su ámbito de estudio es la neurobiología vegetal y sus escritos sobe el comportamiento y la inteligencia de las plantas han influido a numerosos pensadores y artistas, con algunos de los cuáles colabora en exposiciones y espectáculos. Es Stefano Mancuso (Catanzaro 1965), autor de libros como Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetalEl increíble viaje de las plantas El futuro es vegetal, que ahora publica La nación de las plantas (Galaxia Gutenberg), título de la exposición que el año pasado comisarió en la Trienal de Milán y que propone una imaginaria declaración de los derechos de las plantas, la nación más importante, extendida y poderosa, pero también silenciosa, de la Tierra. Ocho artículos para que todos podamos sobrevivir en el planeta.

¿Cómo ha vivido la pandemia?

Lo primero que me vino a la mente estos meses de encierro en casa parados es que nos habíamos transformado en plantas. Porque la característica principal de las plantas es que no se pueden mover del lugar donde nacen, donde crecen. Y hemos podido experimentar qué significa ser una planta. Y en ese sentido hay muchas soluciones importantes que creo que podemos haber aprendido.

¿Cuáles?

Estando en casa como una planta entendemos que nuestro ambiente, en el que vivimos, es fundamental. Hemos empezado a ver cómo es nuestra casa, cuáles son sus problemas, sus ventajas, cómo estaba hecha. Pese a que habitábamos en ella hace tantos años estos meses hemos aprendido que estando encerrados cultivas una mayor atención al ambiente que te circunda. Es una cosa que las plantas hacen. Tienen una atención extrema por el ambiente en el que viven y so depende de que no pueden marcharse, moverse. Si no te puedes mover estás obligado a tener el ambiente en el que vives en las mejores condiciones posibles. La segunda cosa es la atención a los recursos, a lo que tenemos. Encerrados en casa y no pudiendo salir muy fácilmente estábamos muy atentos a lo que teníamos en casa, lo que consumíamos, cuánto pan, pasta, fruta teníamos. Hemos estado mucho más atentos a los recursos presentes en casa. E incluso el desperdicio de alimentos estoy seguro de que ha disminuido mucho estos meses. No tener la posibilidad de movernos nos ligaba más a la presencia de recursos en casa y hemos debido aprender, como las plantas, que los recursos son fundamentales. Es una óptima indicación para nuestro futuro.

¿Hemos podido aprender algo más?

Una tercera cosa que es algo paradójica. Por estar encerrados hemos empezado a comunicarnos mucho más. Es algo que he estudiado tantos años en las plantas pero no había entendido bien. Las plantas se comunican muchísimo, se intercambian muchísimos mensajes y es la consecuencia de no poderse mover. Como nosotros, sin movernos hemos empezado a usar internet, streaming, skype para suplir, compensar la falta de movimiento con la comunicación. Son cuestiones que han ligado nuestra inmovilidad a la de las plantas.

¿Cómo se comunican las plantas?

Funciona en un bosque a través de las raíces. Todas están conectadas, como internet. Todos los árboles están conectados por las raíces. Y hay otra forma a través de moléculas volátiles que las plantas emiten al aire que se difunden. Cada una tiene un significado preciso.

     Estos días en Barcelona se ha realizado un concierto para plantas. Es la última de muchas manifestaciones donde el arte que siempre hacía naturalezas muertas ahora pone la naturaleza viva. ¿Por qué cree que en tantas obras las plantas se están volviendo centrales?

     Hoy muchísimos artistas utilizan las plantas o trabajan con ellas. Yo mismo en los últimos años trabajo con muchos artistas contemporáneos sobre las plantas. Creo que es una cuestión de centralidad. Los artistas han comprendido antes incluso, como suele hacer el arte, que suele percibir los cambios de las ideas y de la conciencia colectivas antes de que resulten evidentes para todos, y el arte ha entendido antes que los científicos que las plantas son nuestro futuro. Una de las pocas posibilidades que tenemos como especie humana de tener un futuro es en parte imitar a las plantas, entender cómo se relacionan con nuestro planeta, y en parte utilizar las plantas. Pueden ser la solución de nuestro futuro, no sólo ayudarnos a disminuir el calentamiento global, también mejorar nuestras condiciones de vida en las ciudades y, a la vez, creo que todo esta atención que el arte tiene hoy por las plantas se debe también a las investigaciones de los últimos 20 años que día a día demuestran cómo las plantas son seres no inferiores a los animales, sino diferentes, pero capaces de hacer cosas extraordinarias.

Por cierto, ¿la música del concierto del Liceu ha podido ayudar a las plantas?

No, las plantas no están preparadas para apreciar la música. Sí perciben muchos sonidos, sobre todo algunas frecuencias, en torno a los 200 hercios, bajas, las reciben las raíces de las plantas. Pero no la música, funciona sólo sobre el hombre. Cuando oímos decir que las plantas prefieren Mozart o Iron Maiden, no es verdad.

¿Poner las plantas en el centro es una cuestión de cambiar la mirada, sacar al hombre del centro del universo?

Exacto, sí, estoy muy convencido de que el problema principal para nuestro futuro es comprender que el hombre no es el centro de la vida. Es fundamental. Estamos en un momento como en el siglo XV cuando se pensaba que la Tierra fuera el centro del universo, que todo rotaba en torno a la Tierra. Luego Copérnico nos explicó que no, que era un planeta pequeño que giraba en torno a un sol. Y lo mismo debe suceder hoy con el hombre. No es el centro de la vida del planeta, Es una de los cientos de miles de especies que pueblan el planeta y tiene la misma importancia, no es una especie viviente más importante que las otras. Hemos de entender que la vida es una red y debemos mantener intacta toda la red para que nuestra especie pueda pensar en sobrevivir. Y a la vez toda esta atención por las plantas de estos años es una consecuencia de esta necesidad. Las plantas representan casi la totalidad de la vida. Todos los animales juntos, incluido el hombre, representan sólo el 0,3% de la vida en peso. Todos juntos. Las plantas son el 85%. Es necesaria una concepción diferente y nueva, un poshumanismo que vea la posición del hombre no en el centro sino como parte de una red.

¿Por eso ha escrito La nación de las plantas, para mostrar esta nación inmensa que no valoramos?

He imaginado que las plantas escriben su carta de derechos, desde su punto de vista. Y lo que sucede cuando se mira el mundo no desde la centralidad humana sino de la centralidad de la vida cambia todo. También las soluciones para nuestra prosperidad y supervivencia. Se hacen muy evidentes.

¿Qué soluciones?

En La nación de las plantas se habla mucho de organización. Todas las organizaciones humanas son animales, estudiadas sobre nuestro cuerpo. Imitamos en nuestras organizaciones la estructura de nuestro cuerpo, con un jefe que es la cabeza, una estructura piramidal en la que el jefe gobierna los órganos especializados. Nuestro cuerpo está hecho así y hemos replicado esa estructura por todas partes en nuestros gobiernos, nuestras empresas, nuestras universidades, los periódicos, las bibliotecas. Esta organización no funciona. Su única ventaja, porque son animales, sobre cuerpo animal, es la velocidad. Los animales se pasan la vida en movimiento, y la organización de su cuerpo está hecha para garantizar la mayor velocidad. Pero cuando nosotros replicamos la estructura de nuestro cuerpo en la organización de nuestra sociedad perdemos esa única ventaja, porque inevitablemente nace la burocracia para transportar las órdenes. Las plantas tienen una organización muy diferente: son organizaciones difusas, descentralizadas, y mucho más robustas. No son frágiles como las nuestras. Puedes quitar el 80% del cuerpo de una planta y sigue vive. En las organizaciones animales basta que un órgano fundamental sea dañado para que todo el organismo muera. Uno de los grandes temas que deberemos imitar de las plantas es la organización.

¿Hay más?

Otro fundamental es el sentido de la comunidad. En los animales, que son predadores y tienen necesidad de comer otros seres vivos, la competición continua con los otros individuos y especies es importante. Pero eso no funciona en términos de eficiencia. Por eso las plantas son el 85% y nosotros el 0,3%. Las plantas utilizan un sistema completamente diferente. En vez de competir cooperan. La simbiosis, la comunidad, es consecuencia de estar paradas. Imagine que una planta empieza a competir con las plantas con las que pasará toda la vida al lado. Sería una enorme pérdida de energía. Así que las plantas han aprendido a construir comunidades. Y una vez las han construido hacen de todo para mantenerlas con vida. Es una lección extraordinaria. En un bosque si un árbol por cualquier motivo no tiene nutrición, agua, es mantenido en vida por los otros árboles que lo circundan. No tiene que ver con categorías morales. No hay en la naturaleza. Lo hacen porque es lo más eficiente posible para garantizar su vida. Hemos de aprender que la cooperación funciona mucho mejor que la competición.

En su libro habla también de otra estrategia de las plantas: la seducción en vez de la fuerza.

La seducción forma parte de no poderse desplazar. Imagine ser una planta. No puede moverse, dar vueltas. Y es parte de una red de seres vivientes, necesita otras plantas entorno y convencer a animales para que hagan cosas por ellas, mover el polen, comer los frutos y distribuir las semillas. ¿Cómo los convencen? No a través de la fuerza, como hacen los animales, sino a través de la seducción. Los colores, los olores, las formas. En cierto sentido, la belleza. El modo en el que las plantas convencen a los otros seres vivientes. La frase de Dostoyevski “La belleza salvará el mundo” es cierta. Las plantas usan la belleza para salvar su mundo. Y esa podría ser otra gran lección para nosotros.

¿Este desplazamiento de las personas del centro del mundo será fácil o es algo lejano y no estamos listos?

Aún necesitaremos tiempo. Será una revolución que necesitará más tiempo que el desplazamiento de la centralidad de nuestro planeta con Copérnico. Tomará más tiempo porque cada uno de nosotros, y es un problema enorme, está convencido de ser mejor que los otros seres vivientes. No existe una persona que no piense ser mejor que una vaca o un helecho o un albaricoquero. Las personas están convencidos que son mejores. Y creo que no es verdad. La idea de que somos mejores que el resto de seres vivientes viene de que podemos hacer cosas que otros seres vivientes no pueden. Hemos escrito La divina comedia, el Quijote. Hemos imaginado la teoría de la relatividad. Y nos hace creer que somos mejores. Pero no quiere decir nada. El primer objetivo de la vida es la propagación de la especie. Si decimos que somos mejores, si hacemos una competición o un partido de fútbol entre dos equipos, el que vence es mejor. Si corro los cien metros en diez segundos y tú en 9 tú eres mejor, no hay duda. En la vida, el objetivo que se puede medir es la propagación de una especie. ¿Cuánto dura una especie?

¿Cuánto?

De media, cinco millones de años. El hombre apareció hace 300 000 años. Para tener una vida media como los otros seres vivientes deberíamos continuar por 4 700 000 años. Creo que nadie piense que sea posible. Si piensa todos los desastres que hemos hecho en los últimos 15 000 años, ¿cómo pensar que el hombre pueda sobrevivir cuatro millones de años más? Imposible de imaginar. Y debería ser posible para hacer la media de los demás. Mirada la vida así, no somos mejores que las otras especies. No tienen esas dificultades para sobrevivir. Somos la única que destruye el ambiente que ayuda a su supervivencia. No somos mejores, somos peores, estúpidos como especie. Pero soy optimista. La revolución llegará. Somos una especie joven que aún no hemos entendido bien cómo utilizar nuestras potencialidades, nuestro cerebro. Somos como niños que usan el maravilloso instrumento que nos han regalado, el cerebro, de la peor manera posible. Es como cuando das a un niño un martillo. Con él se pueden construir casas, pero los niños suelen destruirlas. Soy optimista, pero se necesitará tiempo. ■

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